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La Coctelera

La bitácora de Vandalio

Temas variados sobre humanismo, sociedad y religión

3 Enero 2009

OJOS QUE NO VEN (3)

 

La ciencia biológica, a la que debemos sorprendentes avances en la explicación de la vida orgánica, se mueve siempre entre el optimismo y el pesimismo. Cuando el científico inglés Paul Davies comenzó a escribir su citado libro El quinto milagro. En busca de los orígenes de la vida (Crítica, 2000) "estaba convencido de que la ciencia estaba próxima a desvelar el misterio de la vida", pero pronto se convenció de que no había ni unanimidad en los criterios, ni una línea segura de investigación científica que permitiera salir airoso en esta controvertida y todavía misteriosa cuestión esencial. Aunque algunos años antes los científicos proclamaran "tenemos derecho a ser muy optimistas", la realidad es que, al finalizar el siglo XX, a pesar de avances tan significativos como los retos del Proyecto Genoma, la secuenciación de seres vivos o la biotecnología,  todavía las sombras no dejaban ver en toda su intensidad la luz, buscada con ansiedad por filósofos, teólogos y científicos durante 2.500 años.

Desde Aristóteles, más dos milenios atrás en el tiempo, se ha venido trabajando con la idea de una "fuerza vital" que anima al cuerpo (llámese alma, aire, fuego, sangre, karma, electricidad o cualquiera otra). Es el "vitalismo", doctrina defendida, entre otros,  por el filósofo Henri Bergson y sus discípulos, ya desacreditados porque "no necesitamos una fuerza semejante para explicar lo que sucede dentro de los organismos biológicos", sostiene Davies, para quien, sin embargo, existe ‘algo' no material dentro de los seres vivos, que él identifica con la ‘información' biológica: "Dentro de todos y cada uno de nosotros hay un mensaje, escrito en un código antiguo que contiene instrucciones para construir un ser humano. Nadie escribió el mensaje; nadie inventó el código. Nacieron espontáneamente. Su diseñadora fue la Madre Naturaleza".  Esta tesis, deudora de ilustres materialistas, como el Barón de Holbach, tuvo su eclosión en la segunda mitad de siglo XVIII, época de las apasionadas polémicas que enfrentaron a ‘preformistas' (Bonnet, Malpighi) con ‘transformistas'  (Needham, Bufón, Maupertuis, Holbach) cuyas teorías filosóficas resultaron vencedoras y abrieron el camino a las más científicas y evolutivas de Lamarc y Darwin (Jean Rostand, La genèse de la vie, Hachette, 1943).

Ninguna persona culta que haya vivido en las postrimerías del siglo XX ha podido sustraerse al atractivo intelectual de las diversas respuestas de la ciencia a los antiguos interrogantes sobre el origen y finalidad de la vida, sobre el misterio de la condición humana y la necesidad de un ser creador que haya fijado los límites de su existencia, el orden moral y social que los premie o castigue en una vida posterior. Nuestros antepasados estaban tan acostumbrados a la idea de un Ser Supremo espiritual,  creador omnipotente y salvador de los suyos, única especie destinada a una vida ‘celestial', que resultaron conmocionados cuando la ‘nueva biología' ilustrada y la teoría de la selección natural del siglo XIX vino a destruir las ideas creacionistas, al unificar todas las especies en una misma familia orgánica. Ya el ser humano no sería ‘creado' directamente, sino un miembro más de esa familia, destinado como todos a la muerte y al olvido. Desde que en 1859 se comenzaran a difundir las nuevas ideas de Charles Darwin sobre "el origen de las especies" (sin atreverse, de momento, a extender su teoría al origen de los humanos) las viejas teorías religiosas del creacionismo comenzaron a derrumbarse, removidas por las certezas de la ciencia. Varios años después, en 1868, su discípulo Ernst Heinrich Haeckel ya se posicionó claramente en su favor, promulgando en su Historia natural de la creación que Darwin había superado el concepto finalista tradicional. Eliminado este prejuicio, los hombres de ciencia podían estudiar los fenómenos de la vida en su globalidad y explicarlos por causas naturales puramente mecánicas. "Evolución es de ahora en adelante, escribió Haeckel, la palabra mágica, merced a la cual podemos aclarar, o por lo menos empezar a aclarar, los misterios que nos rodean. Pero pocos han entendido realmente esta consigna, y pocos se han dado cuenta de que su importancia transforma el mundo". La ‘selección natural' propuesta por Darwin como la explicación del misterio de la vida orgánica, abrió la puerta a la genética, hasta entonces oculta en la penumbra.

Los progresos de las ciencias biológicas abrieron nuevos horizontes, insospechados para anteriores generaciones, al colocar en el centro de la cadena evolutiva a unos misteriosos organismos microscópicos, contenidos en los cromosomas, nunca estudiados con anterioridad, a los que los científicos llamaron genes, cargados de la información hereditaria responsable de la transmisión de la vida. Es más, todos coinciden en que la vida misma está encerrada en los genes. El organismo no serviría más que para transportar, alimentar y proteger a los genes, que se replican (reproducen) a gran velocidad ¡Maravilla de las maravillas! Yo no soy quien creo ser, sino un simple portador de ‘algo' microscópico que ni veo ni entiendo, pero que vive y su multiplica en cada una de mis células, dejando en ellas mi ‘huella genética'. Soy algo que busco y no encuentro: el misterio de la vida.

Tomo en mis manos un libro de título enigmático y atrayente: El gen egoísta. Las bases biológicas de nuestra conducta (Salvat, 1993) del etólogo de Oxford, Richard Dawkins. Conforme iba leyendo las amenas y convincentes páginas del libro, me sentía impulsado a exponer por escrito mis antiguas ideas sobre las vivencias religiosas que han marcado de forma indeleble mis creencias y mi conducta, pero también mi rebeldía intelectual cuando pude liberarme de las ataduras del aprendizaje cristiano y guiar los pasos de mi corta vida fiándome sólo de mi propio juicio crítico, después de alcanzar el horizonte último de mi formación. Liberarme de tanta doctrina piadosa, aprendida en cientos de libros acríticos y dogmáticos, hubo de ser mi más seria batalla intelectual.

En el camino de esta liberación, como es lógico,  he seguido las consideraciones de brillantes autores, filósofos, comentaristas científicos y notables humanos ‘razonantes', que han preferido atenerse al propio raciocinio frente al cúmulo de supuestas ‘revelaciones', supersticiones, prejuicios y sinrazones que, a lo largo de los siglos, han impedido al ser humano conquistar la verdadera meta de la libertad de conciencia. Como es obvio, me refiero a los ateos o no-creyentes, escépticos o simplemente ‘laicos', siempre marginados, estigmatizados y condenados por el fanatismo religioso. No los he de mencionar a todos, aunque ya irán apareciendo en estas páginas, desde Tito Lucrecio Caro (De rerum natura) en la antigüedad, hasta el español Gonzalo Puente Ojea (Elogio del  ateísmo) en nuestros días, sin olvidar a los filósofos materialistas de la Europa moderna, como mi autor de cabecera el Barón de Holbach, cuya valentía intelectual en medio de las pantanosas aguas del dogmatismo, son el orgullo de la civilización humana.

Todavía algunos de los hombres de ciencia, según las encuestas, se declaran supeditados al prejuicio de una fe en verdades supuestamente ‘reveladas' por un ser extra-terreno, creador de cuanto existe (creacionistas). La mayoría de ellos, sin embargo, comprenden que los avances científicos del último medio siglo convierten a las religiones tradicionales en algo absolutamente incompatible con la verdad científica. Frente a las ‘verdades inspiradas' por una invisible divinidad, se han de alzar con toda la dignidad de la experimentación científica y del juicio crítico, las verdades conquistadas por el esfuerzo del hombre, sin sometimiento a ninguna otra autoridad, ni humana ni presuntamente revelada.   Tanto el científico como el filósofo necesitan, para sus investigaciones y razonamientos, sentirse libres de todo prejuicio religioso. Sin libertad no hay ciencia posible

Existe un libro titulado En qué creo yo. Religión y ateísmo en el umbral del tercer milenio (Yalde, 1992), en el cual cincuenta intelectuales de todo el mundo responden a la cuestión, presumo que con sinceridad, declarándose la mayoría no creyentes en ninguna religión positiva. De los ocho españoles encuestados, sólo dos admiten su fe irracional. Para Gabriele Veneziano, uno de los padres de la teoría de  cuerdas, la creación es impensable. Si esta teoría física es cierta, como parece, la idea de un dios creador es pura fantasía, ya que de ella se deduce que "el cosmos habría existido siempre y no acabará nunca". La misma existencia del universo sería anterior al Big-Bang, que sólo sería el comienzo de una nueva etapa en la vida eterna de la energía, según el postulado más reciente de la física. La eternidad de la energía-materia excluiría, por innecesaria, la figura de cualquier ‘creador' que se presentase como eterno, ya que el problema no haría más que cambiar de nombre. Sobre el origen material de la vida se puede consultar con provecho el sustancioso estudio del catedrático español Luis Garzón Ruipérez Historia de la materia. Del Big Bang al origen de la vida (Oviedo, 1994) aunque desde entonces se han abierto más caminos de esperanza en la búsqueda de la verdad.  (Continuará).

Tags: religion

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Soy filólogo ya jubilado, me gusta escribir y deseo mantener mi propia bitácora para ofrecer mis experiencias, ideas y sentimientos sobre la vida a quienes -jóvenes o viejos- las quieran compartir.
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