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La bitácora de Vandalio

Temas variados sobre humanismo, sociedad y religión

4 Enero 2009

OJOS QUE NO VEN (4)

 

 

La biología ha de fundamentarse en la química y en la física, si descartamos por ilusoria la tesis de la divinidad creadora. Para saber lo que es la vida hemos de partir de los ácidos nucleicos, las proteínas, el agua, el azúcar, las grasas y demás componentes que integran un cuerpo vivo. Todos ellos siguen las mismas pautas en el resto de la materia del universo. En 1944 Erwin Schrödinger, uno de los padres de la física cuántica, después de Max Planck y Werner Heisenberg, escribió un libro titulado ¿Qué es la vida?, donde invitaba al abandono de la antigua teoría ‘vitalista', pues estaba seguro de que la vida podría explicarse en términos de átomos y partículas. Frente a esta postura iconoclasta, los ‘animistas' aún piensan que, aunque todo pueda explicarse en clave de física y química, es muy difícil establecer los límites de lo viviente. (¿Son seres vivos los espermatozoides, las semillas, las células de nuestro cuerpo?). Una de las claves del problema consiste en decidir si existe o no una frontera definida entre lo vivo y lo inerte. Los que optan por una respuesta afirmativa reconocen implícitamente la existencia de un alma que alienta y vivifica a todos los organismos.

Aristóteles dudaba ante la llama, que nace, se alimenta, crece y muere como un ser vivo, mientras exista suficiente combustible. Igual que los organismos, la llama de la vela respira (toma oxígeno del aire), se alimenta (de cera), excreta (gases), responde a estímulos (como la corriente de aire) y desaparece con el final de la combustión. Este ejemplo y algún otro pueden engañar al común de los mortales. De aquí la importancia del descubrimiento y estudio de los genes, inequívoca expresión de la vida orgánica, que se reproduce mediante un código de información genética.  El mismo Darwin se admiraba de lo descubierto cuando escribía: "El organismo más humilde es algo mucho más elevado que el polvo inorgánico que pisamos, y nadie con una mente imparcial puede estudiar una criatura viva, por muy humilde que sea, sin maravillarse de su estructura y propiedades". Claro que esta declaración, en sí, no conduce necesariamente a la creación sobrenatural, más bien al reconocimiento de nuestra impotencia: "El misterio del principio de todas las cosas es insoluble para nosotros" (Darwin).

A día de hoy, la cosmovisión planteada por los descubrimientos de la mecánica cuántica no admite otro mundo que el percibido por los sentidos, con la sorprendente conclusión de que el universo puede haber aparecido espontáneamente, sin necesidad de un dios creador. Y el organismo más maravilloso que ha surgido de este nacimiento espontáneo, es decir, el cerebro humano, con todos sus productos mentales, desde los sentimientos a la volición o el pensamiento, no necesitan para actuar a ningún ser sobrenatural, según dictamina el científico español Francisco J. Rubia en su libro ¿Qué sabes de tu cerebro? (Temas de Hoy, 2006). Por imposible que pueda parecer, todo se ha de explicar por la materia, lo único existente como insisten una y otra vez los materialistas, encabezados por Holbach. Dios y mi alma son ‘entes' imaginados. Mi conciencia existe porque existe mi cerebro. Fuera de él no podría existir. Para entender su existencia ‘natural', el hecho de que "hay una base física en la conciencia similar al funcionamiento de los ordenadores", debo acudir a las palabras de una especialista en física cuántica: "La materia y la conciencia están tan íntimamente unidas que, o bien la conciencia es una propiedad de la materia, o más aún, surgen ambas de la misma fuente: los fenómenos cuánticos. Cada uno de estos puntos de vista saca a la conciencia del dominio de lo sobrenatural, y la convierte en materia apropiada para la investigación científica" (Danah Zohar, La conciencia cuántica, Plaza-Janés, 1990).

El misterio de la vida no podrá ser desvelado mediante fantasías oníricas de videntes que presuman de contactar con una  divinidad invisible, ente sagrado que sirve de poderosa espada  para cortar el nudo gordiano del misterio inexplicable. Por el contrario, la ciencia experimental va abriendo cada día más puertas conducentes al sancta sanctorum del templo misterioso de la vida, que parece estar cubierto por el velo de la mecánica cuántica, ‘metafísica experimental' que no está al alcance de una inteligencia normal, pero que hace exclamar a un ilustre valenciano, Doctor en Física teórica, que "Sin la mecánica cuántica todo es falsa ilusión" (Ramón Lapiedra, Las carencias de la realidad, Tusquets, 2008). Después de la teoría de la relatividad, diseñada por Einstein,  la otra gran revolución científica del siglo XX fue la física cuántica, que aspira a describir las leyes fundamentales de la naturaleza a escala microscópica. Los resultados son contrarios al sentido común, pero están respaldados por numerosos y creíbles experimentos. El conocido filósofo Paul Kurtz, profesor emérito  de filosofía en la Universidad Estatal de Nueva York, y autor de libros básicos, como Defendiendo la Razón: Ensayos de Humanismo secular y escepticismo  (Lima, AERPFA, 2002) asegura en su revista Skeptical Inquirer, que "todo tiene una explicación científica, ya que la ciencia va descubriendo las causas de lo que ocurre, desde que se liberó de la revelación, de la sumisión a lo absoluto".

Sin embargo, también en los últimos años se han multiplicado las voces contrarias a la investigación científica, amparadas en la dignidad de los sentimientos religiosos y los valores morales. "El tiempo sólo cobra sentido si lo consideramos sub especie aeternitatis (Laura Bossi, Historia natural del alma, La balsa de la Medusa, 2008). El creacionismo del ‘diseño inteligente' es la doctrina de los más puritanos, que defienden la interpretación literal de la Biblia, con un dios creador de toda vida compleja, en oposición a las teorías evolucionistas. Más actual es la doctrina del creacionismo ‘cognitivo-conductual, que admite la evolución solamente hasta la creación ‘divina' de la mente humana, imposible de explicar por la evolución. A pesar de las múltiples investigaciones que las respaldan, estos ingenuos fanáticos creen que la Tierra  fue creada hace sólo diez mil años y que los dinosaurios son de anteayer. Los seguidores de esta "Ciencia de la Creación" son mayoritariamente norteamericanos, aunque su mensaje ha llegado a Europa, con bastantes adeptos en el Reino Unido y en Holanda, incluso a Rusia, donde el Movimiento Creacionista Ruso busca evidencias que confirmen la exactitud del Génesis. Pero, a pesar de tanto ataque despiadado, el darwinismo, aunque modificado, sigue vivo en la conciencia científica, gracias a los numerosos descubrimientos paleontológicos, que confirman la estrecha relación biológica que hubo entre todas las especies hace millones de años. "Ningún científico que lo sea de verdad puede admitir el creacionismo", asegura el Doctor en Neurociencia Cognitiva Manuel Martín-Loeches en su libro La mente del homo sapiens (Aguilar, 2008).

Aunque quiméricas, las creencias irracionales, tanto novedosas como tradicionales, van en aumento, en perjuicio de la verdadera ciencia. La credulidad, inherente a la condición humana, se fundamenta en la ignorancia, se sostiene en la  ingenuidad y se acomoda en el error y en el abandono, por comodidad, del juicio crítico. Así lo reconoce el psicólogo Michael Shermer, que comenta todas las ‘falacias' de la credulidad (Por qué creemos en cosas raras. Pseudociencia, superstición y otras confusiones de nuestro tiempo, Alba, 2008). La consecuencia es el autoengaño, alimentado siempre por la fascinación del misterio, que la ciencia intenta desvelar, pero que todas las religiones han defendido como algo ‘sagrado' que se debe proteger de la mirada inquisitiva de los fieles. Lo ‘sagrado' es un ente abstracto, sin realidad fuera de la imaginación, que las religiones han inventado para atemorizar a los humanos y tenerlos sometidos a las inventadas divinidades, poderes invisibles que son admitidos por los pusilánimes sin dudar ni un instante en su realidad ‘espiritual', que los han de ‘salvar' de la muerte eterna. Creencia que es deudora de la esperanza, sentimiento que nos ilusiona con la inmortalidad, como ya dijo el poeta inglés Alexander Pope en un conocido verso "De la esperanza nace lo eterno en el corazón del hombre" (Ensayo sobre el hombre, 1733).

Aceptar las monstruosidades, errores y engaños de la Biblia, como hacen los creacionistas, es una muestra más de la ‘ceguera voluntaria' con que tantas personas, inteligentes en mayor o menor grado, se dejan convencer por la seductora superstición. Lo dijo sabiamente el filósofo Pascal, al comprobar la irracionalidad humana, deudora de unos sentimientos que nos mueven al compás del viento ideológico: "los hombres son unos juncos pensantes".  La fe religiosa, en mayor grado cuanto más fanática, puede ser explicada, simplemente, por esa credulidad irracional que calma la intranquilidad y la angustia de una  existencia sin sentido que sólo conduce a la certeza de la  muerte. (Continuará).

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Soy filólogo ya jubilado, me gusta escribir y deseo mantener mi propia bitácora para ofrecer mis experiencias, ideas y sentimientos sobre la vida a quienes -jóvenes o viejos- las quieran compartir.
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