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La Coctelera

La bitácora de Vandalio

Temas variados sobre humanismo, sociedad y religión

7 Enero 2009

OJOS QUE NO VEN (7)

 

 Soy consciente de que la vida es, también de forma tópica, un camino que lleva a un final, siempre nebuloso, que no me permite ver más allá. El horizonte es algo que no termina, que siempre está ahí, alejándose mientras más avanzo, seduciendo a mi curiosidad, pero sin entregarse jamás. Sé que soy mortal, aunque "mi inconsciente se cree inmortal", como enseñó Freud, porque sólo una creencia muy fuerte en mi propia inmortalidad permite destruir la angustia que me produce la idea de mi desaparición. Esta es la razón de ser de todas las religiones, que han predicado la existencia de un ser espiritual, independiente del cuerpo, al que denominaron alma, derivado del latín ‘ánima', con el sentido de ‘hálito', ‘soplo', algo tan invisible como el aire que respiramos. Pero a la que no sólo hacen responsable de  la actividad del cuerpo, sino que, además, la imaginan como la esencia de la persona, destinada a la inmortalidad.

Algunos pensadores, incluidos eminentes filósofos de otros tiempos, han supuesto que, aunque el cuerpo sea perecedero, su alma no perecería jamás, ya que gozaba del privilegio de la inmortalidad, por el mero hecho de su esencia ‘espiritual'. Algunos han llegado a pensar que el alma individual no era más que una parte del alma universal. Opinión muy antigua, compartida por egipcios, caldeos y hebreos y sabios de Oriente. Por supuesto, las tres religiones del ‘Libro' no dudan al afirmar que el alma individual, obra máxima del creador,  está destinada a la vida eterna. De esta forma, el hombre, en su ignorancia, se ha creído con derecho a formar parte de la ‘familia' divina, y vive angustiado pensando en la expulsión del paraíso soñado.

Sin embargo, siguiendo las enseñanzas de Sócrates, recogidas en el Fedón del filósofo griego Platón, he de enfrentar el momento de la muerte sin angustia ni temor al más allá. El filósofo "debe estar alegre ante el rostro de la muerte". ¿Por qué? Oigamos al poeta nicaragüense Rubén Darío, que escribe en el Diálogo de los centauros:

¡La Muerte! Yo la he visto. No es demacrada y mustia,

ni ase corva guadaña, ni tiene faz de angustia.

Es semejante a Diana, casta virgen como ella;

en su rostro hay la gracia de la núbil doncella

y lleva una guirnalda de rosas siderales.

En su siniestra tiene verdes palmas triunfales,

y en su diestra una copa con agua de olvido.

A sus pies, como un perro, yace un amor dormido.

Los mismos dioses buscan la dulce paz que vierte.

La pena de los dioses es no alcanzar la Muerte.

Si la muerte es una virgen atractiva, su abrazo es el fin del deseo, el momento álgido de la felicidad. La paradoja es evidente. Si por un lado, deseo fervientemente la inmortalidad, por otro, como buen filósofo (es decir, alguien que usa su razón para preguntarse por las causas últimas), he de reconocer que soy esclavo del tiempo y que hasta los dioses me envidian porque ellos están condenados a la inmortalidad, ese eterno ‘aburrimiento' del que nunca podrán escapar. La muerte es la condición de la vida. Sin ella en el horizonte no hubiéramos tenido la posibilidad de existir. Pero, a la hora de la verdad, el deseo de seguir con vida es universal, hasta el último suspiro, como escribía Cervantes poco antes de morir, "puesto ya el pie en el estribo de la muerte", en la dedicatoria de su Persiles al conde de Lemos: "El tiempo es breve. Las ansias crecen, las esperanzas menguan, y con todo llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir". Angustia que es privilegio reservado al ser humano, ya que sólo él sufre el terror de imaginarse su propia muerte. "Vivir, dice un filósofo francés, es un reino de sombras habitado por la angustia...aunque no hay más angustias que las imaginarias", para después añadir que "la desesperanza es el mejor remedio contra el pesimismo, ya que conduce ‘sin angustia' a la celebración alegre del presente" (André Compte-Sponville, El mito de Ícaro, A. Machado Libros, 2001). ‘Desesperanza'. Es decir, lo contrario de la esperanza. Quien nada espera, nada teme, ningún sufrimiento angustioso enturbia su existencia. La ciencia lo confirma, al decir que "hay pruebas sustanciales de que la angustia puede manifestarse sin dolor" (David Bakan, Enfermedad, dolor, sacrificio, 1968).

Las reflexiones y los problemas filosóficos, por supuesto, no acaban aquí. Reconociendo la temporalidad como algo consustancial a mi vida, mi primordial interés debe ser el conocimiento de mi condición humana, para huir del dolor, del engaño, de la falsedad de tantas palabras, de la crueldad, del egoísmo insolidario y de la vanidad destructora de creerme un ser necesario, hijo de no se sabe qué dios, destinado a no se sabe qué paraíso. La distinción que hace el filósofo Gustavo Bueno entre ‘individuo' y ‘persona' llega al extremo de distinguir entre ‘muerte' y ‘fallecimiento': la persona no nace ni muere; hay cadáveres de individuos, pero no de personas. La persona sigue viviendo, después de la muerte del individuo, en la memoria de los demás, siendo su recuerdo y sus creaciones una forma de permanecer vivo. Aunque esta reflexión pueda ser muy filosófica y alentadora, no creo que ayude gran cosa a la percepción de la muerte.

 (Continuará).

 

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Soy filólogo ya jubilado, me gusta escribir y deseo mantener mi propia bitácora para ofrecer mis experiencias, ideas y sentimientos sobre la vida a quienes -jóvenes o viejos- las quieran compartir.
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