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La Coctelera

La bitácora de Vandalio

Temas variados sobre humanismo, sociedad y religión

8 Enero 2009

OJOS QUE NO VEN (8)

 

Nuestras células ‘saben' que tienen los días contados si son sanas, pero muy pocas personas conocen que las células cancerosas, es decir, las enfermas, son prácticamente inmortales, porque se multiplican en clonaciones que sólo cesan con la muerte, cuya llegada facilitan. La responsable, según los biólogos, es una enzima de nombre ‘telomerasa', en cuyo estudio se vuelcan hoy numerosos científicos, para retrasar, que no borrar, la fecha de la putrefacción corporal. La biomedicina nos puede ayudar a seguir viviendo el máximo posible, ya que los estudios más actuales se encaminan  a la prolongación de la juventud, actuando sobre los genes, de los que hablaremos más adelante. Pero, pese a todo, el angustioso sentir y vivir es inseparable de la condición humana.

Las diferentes doctrinas de ‘salvación' no han hecho más que multiplicar las causas de la angustia existencial, convertida en ‘angustia de la culpabilidad' La entrada del pecado en la cultura humana, sobre todo con la fantasiosa doctrina cristiana del pecado original, ha supuesto un nuevo origen de angustia para el creyente, que vive temeroso de su culpa y de su probable expulsión del edén imaginado. La filosofía existencialista del siglo XX, encabezada por el fiel protestante danés Sören Kierkegaard (El concepto de la angustia, Espasa-Calpe, 1979) , para quien "la angustia es consecuencia del pecado original",  ha significado un revulsivo agónico para las personas angustiadas por su futuro eterno, dependiente de la propia culpa, real o imaginada. En las redes de la filosofía de la angustia han caído ilustres pensadores, como el español Miguel de Unamuno (El sentimiento trágico de la vida), en perpetuo balance entre la esperanza en un dios salvador y la angustia de una culpa irredenta, que destruye esa esperanza. El no-creyente vive con más libertad de pensamiento, sin que la angustia -que siente como los demás- llegue a destruir la emoción de sentirse vivo, disfrutando del presente.

Las firmes creencias en los mitos cristianos han golpeado con fuerza en el corazón de los creyentes hasta límites de crueldad,  basando las causas de la angustia en el miedo al castigo más que en la posible pérdida de la unión mística con la divinidad. A ello han contribuido las obras de arte sufragadas por el estamento eclesiástico, que desde la Edad Media, tras las fallidas profecías acerca del fin del mundo al finalizar el primer milenio de nuestra Era, se volcaron en plasmar en mármoles y pinturas los imaginados castigos del infierno. El arte románico, primero, y después el gótico, pusieron delante de los ojos las más atroces escenas de sufrimiento que debían padecer los esclavos de sus pasiones. No hay más que darse una vuelta por las catedrales francesas de los siglos XII y XIII para evidenciar esta nueva pedagogía del castigo impulsada por la Iglesia del misericordioso Cristo. Nôtre-Dame de París es la primera, pero no hay que desdeñar las fachadas de la catedral de Amiens, en la que un monstruoso dragón devora a los condenados, como en la bellísima Santa María Magdalena de Vézelay. El dragón es sustituido por un Satanás hambriento devorando a los pecadores en la iglesia parroquial de Conques y en el baptisterio de San Giovanni, en Florencia, entre otros monumentos de toda la cristiandad.

Obsesionado por la angustia del pecado, un grandioso cuanto enigmático pintor del Renacimiento, el Bosco, dejó plasmados en sus imaginativas obras, tanto los placeres del cielo (El jardín de las delicias) como los actos pecaminosos a que se entregan los humanos (La mesa de los pecados capitales). Aunque sería interminable la simple nómina de este tipo de obras artísticas, tan intimidatorias como falaces, no quiero dejar de recordar una pintura mural de la bella biblioteca del monasterio español de San Lorenzo del Escorial, del siglo XVI, en la que se retratan fielmente los horrores que sufren los pecadores en las ‘calderas de Pedro Botero', según la enseñanza católica.  Tan activa ha sido la Iglesia Católica (y también la puritana Reforma) en su estrategia de lucha contra el pecado que alguien ha podido catalogarlos en un volumen de más de quinientas páginas (Jorge Vigil Rubio, Diccionario razonado de vicios, pecados y enfermedades morales, Alianza Editorial, 1999). 

El miedo al pecado, causa de la condenación eterna, ha llevado a los más extremistas creyentes a la reclusión total en la soledad del desierto, de las cuevas roqueñas o de los monasterios de vida regular, dando origen al fenómeno del monacato, tanto oriental como occidental, cuya motivación no puede ser otra que la angustia existencial llevada a sus últimas consecuencias (Juan María Labra, Atlas histórico de los monasterios, Ed. San Pablo, 2004). Incongruencia sobre incongruencia en la doctrina cristiana. El Creador de todo lo es también de la sexualidad humana, con los placeres que conlleva, pero, al mismo tiempo, condena el sexo como el pecado más abominable, alentando la abstinencia como la mayor de las virtudes.  En definitiva, el sexo, predicado como causa del pecado, es el culpable, a su vez, del delirio angustioso que conduce a los más extravagantes  comportamientos, como la castración ‘por amor de Dios'. Una noticia actual, fechada en Salamanca, nos hace saber que "un hombre de 30 años de edad se mutiló el pene y lo tiró posteriormente al retrete de su domicilio, asegurando que lo hizo para no pecar más". El muy ignorante no sabía que el deseo sexual no procede del pene, sino de los testículos, cuya emasculación constituye la verdadera ‘castración'.

En suma, la angustia existencial, que tiene su raíz en la realidad de la muerte, se aumenta hasta límites grotescos cuando interviene la religión, con sus falsas promesas y sus nefastas amenazas. Aunque todavía un cuarenta por ciento  de los científicos dicen creer en algún dios (según la encuesta realizada por E.J.Larson y L.Withman, publicada en la revista Nature, 1996) la soterrada batalla entre fe y ciencia algún día tendrá que inclinar la balanza del lado de la segunda, definitivamente, como parece razonable, contra la opinión de Ian G. Barbour, que propone  en Religión y ciencia (2004) una religión descafeinada, que asuma tanto la fe como la ciencia, en una especie de ‘consenso', incompatible con los postulados científicos y con la esencia doctrinal de las religiones.  Aunque no se descubran nunca todos los misterios de la naturaleza, lo realizado hasta hoy es suficiente para admitir que la idea de un dios creador, providente y amoroso juez es absurda y pueril, incompatible con la razón, por más que se sustente en poderosos sentimientos y la apoyen los sumos pontífices. La religión no es verdadera porque sus militantes estén en mayoría, ya que la religiosidad es íntima y personal, y en muchos casos cuestión de costumbre y apariencia social. Quien  sea feliz aceptando una fe, que se abrace a ella, pero sin impedir que los demás puedan buscarla en otra parte.  (Continuará).

 

 

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Soy filólogo ya jubilado, me gusta escribir y deseo mantener mi propia bitácora para ofrecer mis experiencias, ideas y sentimientos sobre la vida a quienes -jóvenes o viejos- las quieran compartir.
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