OJOS QUE NO VEN (12)
Para quienes, como Paul Davies, no respaldan ninguna de estas teorías, la más plausible hipótesis es la ofrecida por la mecánica cuántica, ya que "La vida no puede estar inscrita en las leyes de la física, porque son, por definición, simples y generales. No cabría esperar que ellas solas conduzcan inexorablemente a algo a la vez altamente complejo y altamente científico". El primer ser vivo pudo haber surgido por azar, pero gracias al ‘extraño comportamiento' de la materia en el nivel subatómico. Volvemos a las partículas como el inicio misterioso de la todos los organismos. Lo que vino después, calor, respiración, fotosíntesis, evolución, diversidad, son etapas conocidas de la vida. Este breve recordatorio me sirve para destacar la absoluta importancia para nosotros, seres macromoleculares, de esa estrella que nos ilumina, da calor y vida a la Tierra, a la que podemos llamar, sin eufemismos, nuestro padre el Sol. Porque la luz solar fue la que, por fotosíntesis, activó la producción del oxígeno atmosférico. Fotosíntesis es la palabra que acompaña siempre al mantenimiento de la vida. Para nosotros, los profanos, la fotosíntesis puede ser un proceso más de los que se producen a millares en el seno de la naturaleza. Pero creo que es el mágico y definitivo catalizador del proceso vital.
La fotosíntesis, que fue descubierta en 1779 por el médico holandés Jan Ingenhousz, se limita a un proceso químico en las hojas de las plantas, donde se encuentra un pigmento de color verde, la clorofila, que es el encargado de transformar la energía solar en alimento (almidón y azúcar), absorbiendo el dióxido de carbono del aire y expulsando el oxígeno sobrante. Esta sencilla transformación química es la que ha permitido la evolución de la vida. Y todo gracias al sol, sin cuyo concurso no existiría la vida orgánica. ¡Cuánta razón tenían los primeros humanos al rendir adoración al Sol como fuente de la vida! En realidad, el sol es una gigantesca masa de gas incandescente, que está consumiéndose desde sus comienzos, convirtiendo hidrógeno en helio a razón de 600 toneladas por segundo. La enorme cantidad de energía así producida se propaga por el espacio, haciendo posible la fotosíntesis y la vida en nuestro planeta. Puede decirse, sin exageración, que el Sol, nuestro padre, se destruye a sí mismo para darnos la vida. Es un sacrificio sin posible recompensa.
Dicen los antropólogos que todos venimos de un mismo tronco africano, que toda la humanidad actual desciende de los primeros homínidos que pudieron prosperar gracias a su mente creativa y a la invención del lenguaje articulado. Pero ¿cómo apareció el primer homo de la nueva especie? Hay quien responde con rotundidad, en defensa de una tesis revolucionaria: "Un mono drogado podría haber dado origen al Homo sapiens" porque fueron "las sustancias alucinógenas las responsables del salto evolutivo del primate al hombre". Según Terence McKenna, las sustancias alcaloides de los vegetales que llevan al éxtasis pudieron ser las responsables de la evolución, al ser consumidas con fruición y como dieta principal por un grupo de simios que, inconscientemente, por el simple placer de la drogadicción originaron, al cabo de varias generaciones, la evolución cerebral que permitió el acceso al pensamiento simbólico propio del homo sapiens. Entre estos posibles alcaloides cita la psilocibina, la dimetil-triptamina y la harmalina, como los catalizadores de la "emergencia de la autoconciencia" (El manjar de los dioses, Paidós, 1993). El autor se apresura a especificar que "las exoferomonas de las plantas alcaloideas actuaron como agentes mutágenos sobre los primates que las incluyeron en su dieta, pero no produjeron la nueva conciencia, sino que catalizaron la conciencia animal a niveles superiores". A la psilocibina, derivada de un hongo, se la cree responsable de la repentina expansión del cerebro (de los 500 a los 1.000 gramos) y del desarrollo de la imaginación, fundamento indispensable de las creencias religiosas.
Así nacería el hombre, en un largo proceso de superación de la animalidad, pero en permanente contradicción entre el altruismo y los instintos egoístas, en los que predomina la destrucción y la muerte. De lejos viene el olor a sangre. Llegados al estadio presente, en que los humanos mantenemos en alto el hacha de guerra, tribus contra tribus, hermanos contra hermanos, sin motivo aparente que lo justifique, tendremos que preguntarnos con Juan Luis Arsuaga, director de las excavaciones de Atapuerca: "¿Nos habrá conducido la evolución hacia un callejón sin salida?". Él mismo se responde, sin demasiada esperanza: "La respuesta está en el viento". La teoría de la evolución, que Darwin sistematizó, puso en pie de guardia a quienes, dogmáticamente, defendían la singularidad de la especie humana, creada directamente por Dios con un destino muy diferente al de las demás criaturas. Como sentenció Bertrand Russell en 1935 (Religión y Ciencia), "es imposible ser darvinista y cristiano al mismo tiempo". (Continuará).

