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16 Enero 2009

OJOS QUE NO VEN (16)

 

 

Los avances en el  estudio genético son tan rápidos y espectaculares que ya puede hablarse de la "genómica individual", dando por superada la genómica de la especie. El estudio lo ha realizado el propio investigador Craig Venter, el primero en establecer el Genoma Humano, que ha secuenciado y analizado, en el año 2007,  su secuencia genética íntegra a partir de unos 32 millones de fragmentos de su ADN, dando por demostrado que las diferencias entre los individuos es mayor de lo que se creía, desde un punto de vista genético. Los 300 genes descubiertos en el genoma de Venter que están asociados a diversas enfermedades le permitirán hacer frente a su salud futura. Lo mismo ha de ocurrir a la totalidad de la especie cuando cada individuo conozca su genoma personal, en una hipotética humanidad solidaria. En todo caso, ya la ciencia ha establecido como verdad indiscutible la existencia de los genes, que tienen un doble trabajo: transmitir la herencia y regular las funciones celulares, activando y desactivando mecanismos moleculares en el laboratorio. Un paso importante se dio en el año 1998, cuando se descubrió la forma de manipular,  bloquear o silenciar un gen.

Más de medio siglo ha transcurrido desde que dos jóvenes investigadores de Cambridge, James Watson y Francis Crick (fallecido éste en 2004), anunciaron en la revista Nature (abril de 1953) el descubrimiento de la estructura molecular de casi dos metros de larga, en forma de doble hélice, del ácido desoxirribonucleico (ADN) que vive enrollada en el interior del núcleo de cada célula de todo organismo vivo, hasta el anuncio de haberse completado, mucho antes de lo esperado, la secuencia completa del genoma humano (abril de 2003). Ambos científicos, profesores de la universidad inglesa de Cambridge, obtuvieron en 1962 el premio Nobel de Química, en unión del tercer descubridor de la doble hélice, Maurice Wilkins, del King's College londinense, lo que consagró su descubrimiento ante los ojos de todo el mundo. Desde entonces, las investigaciones sobre biología molecular se han ido sucediendo sin descanso, en una apasionante carrera para penetrar en los recónditos arcanos del ‘secreto de la vida'. No han faltado los tropiezos, pero tampoco los brillantes hallazgos que han permitido avanzar en esta competitiva carrera de obstáculos.

La vida sobre el planeta Tierra, según las más recientes teorías científicas, apareció una sola vez, por un azar físico-químico que es casi imposible vuelva a repetirse. Y esa vida inicial se ha ido replicando y reproduciendo, a través de individuos, especies y generaciones, a lo largo de millones de años, mediante la información genética contenida en las células. Los genes ni piensan ni toman decisiones, sino que dirigen automáticamente la construcción de un cuerpo, desde la primera célula hasta los trillones que fabrican durante una vida, estableciéndose como un director de orquesta en cada una de ellas. Al replicarse, las células se dividen continuamente, incluso con errores que producen las mutaciones en el individuo (Si se muta demasiado se produce el cáncer). La vida es una, aunque diversificada en miles de millones de especies distintas, originadas por azarosas mutaciones genéticas. ¡Qué gran humillación para el hombre saber que el despreciable ratoncillo comparte con el ser humano el 99% de sus genes! Envejecemos cuando ya los genes no necesitan nuestro cuerpo, porque nos hemos reproducido, que es lo único que les interesa para su supervivencia. Quien resista, y llegue a la vejez lúcida, se dará cuenta de que es ‘un lujo vivir'.

A comienzos de los años 90 se vio la necesidad de estudiar en su conjunto y de forma coordinada el papel de la Genética en la transmisión de la vida. Primero se estudiaron los organismos más simples (levaduras, bacterias, gusanos) hasta centrar las investigaciones en un insecto de fácil estudio y pronta reproducción, la mosca del vinagre, como queda escrito. En pocos años se consiguieron secuenciar los genomas (conjunto de genes) de más de treinta organismos vivos, tanto animales como vegetales. Pero quedaba el más complejo, y el que más nos importa, nuestro propio Genoma. Como afrontar su estudio excedía los límites de una sola institución, se formó un Consorcio internacional (Estados Unidos, Alemania, Gran Bretaña, Francia, China y Japón) para la investigación genética del hombre, al que se puso por nombre Proyecto Genoma Humano, y al cual se sumaron algunas compañías farmacéuticas privadas, cuya primera fase (meramente descriptiva y estadística) concluyó con éxito en abril del año 2003. Así pues, nos encontramos al principio de una nueva era científica, la 'Era Genómica'. Conocidos los genes humanos, quedan por estudiar sus funciones y aplicaciones, que han de ser continuadas por el estudio de las proteínas, a nivel molecular, responsables de las transformaciones metabólicas, en un nuevo Proyecto Proteoma Humano, que dará ocupación a los biólogos y médicos de las futuras generaciones. Aunque a las puertas de la ciencia está llamando otra investigación no menos sorprendente: el Proyecto Ideoma Humano, basado en el estudio de los memes .

Dejando de lado las consecuencias económicas y políticas, éticas y sociales de tales descubrimientos, será preciso profundizar en la significación genética de la herencia para  entender mejor la condición del hombre, su esclavitud física y los límites de su responsabilidad. Los genes estudiados permiten asegurar (noticias que aparecen casi a diario en los medios de comunicación) que a ellos se debe, sin intervención ajena, la formación de órganos y tejidos, incluido el cerebro y sus funciones mentales, malformaciones y enfermedades puramente físicas y psíquicas, como la esquizofrenia, el síndrome de Down, el Alzheimer, la diabetes, la tensión arterial y las cardiopatías, la dislexia, los oncogenes (diversos tipos de cáncer), las alergias, la aterosclerosis, la distrofia muscular, la meningitis, la sífilis y tantas otras enfermedades infecciosas, incluido el envejecimiento del organismo, que se debe al deterioro progresivo que provoca la combustión energética en el seno de las células.

En efecto, cada vez que respiramos morimos un poco. Es el alto precio que tenemos que pagar por vivir. Se están investigando los efectos de la dieta vitamínica en el ritmo de la vejez (Tom Kirkwood, ¿Por qué envejecemos?, Tusquets, 2000) así como la causa química, que no es otra que el exceso de oxidación de las células. El consumo de oxígeno está ligado a la longevidad, ya que, por una parte, produce la energía necesaria para la actividad de las mitocondrias, pero, por otra, el sobrante, los llamados ‘radicales libres', se acumulan como basura en las células, que sólo se neutralizan por los antioxidantes contenidos en algunos alimentos, en especial los que portan las vitaminas C y E, más los carotenos. (Katty Keeton, El secreto de la longevidad, Ediciones B, 1993).

La búsqueda de la ‘eterna juventud' es una quimera a la que la ciencia no ha podido resistirse, buscando fármacos apropiados: antioxidantes y terapias hormonales, algunas con resultado incierto, como la melatonina, por sus efectos colaterales. A los 30 años, dice el doctor Mora, hay que despedirse ya de la juventud, porque el cuerpo comienza a envejecer. Y eso ocurre, precisamente, por los efectos químicos de una hormona, la DHEA (de-hidro-epi-androsterona), que va disminuyendo a partir de esa edad, y que es una hormona específica de los primates. Hay mucha gente que cada mañana se aplica un parche de DHEA con la esperanza de prolongar su juventud. ¡Sueño inútil y falaz!  Ni parches ni productos de cosmética, tan publicitados, podrán detener más que superficialmente el paso del tiempo. Ciertamente, se han encontrado algunos genes que ayudan a la formación natural de antioxidantes, pero con ello no desaparece su ‘tiranía vital'. Dependemos absolutamente de nuestro genoma, que, si no nos señala la hora de la muerte, sí es el responsable de que nuestro organismo funcione correctamente, mediante la intervención de unos pocos genes, combinados entre sí, pero fáciles de manipular.

En cambio, nadie piense que a cada actividad humana corresponde también un grupo pequeño de genes, lo que permitiría modificar nuestra conducta. Como asegura el científico italiano Edoardo Boncinelli, "los caracteres complejos, como la inteligencia, la docilidad, la bondad y la voluntad, no son controlados por un solo gen, ni tampoco por cientos o mil, sino probablemente, por miles de millones". Se podrán controlar algunas características, pero no podemos esperar que cambiando uno o diez genes se obtendrán grandes resultados. Incluso la ideología política o religiosa tienen algún componente genético, que no se puede controlar a voluntad, como tampoco el azar o la suerte... "Lo único que se puede controlar, y sólo dentro de ciertos límites, es la educación", afirma Boncinnelli en una entrevista concedida al periódico El Mundo, en diciembre de 2008. En la práctica, dada la enorme cantidad de grupos de genes que intervienen, resulta difícil luchar contra la ‘tiranía vital' de los genes. (Continuará).

 

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Soy filólogo ya jubilado, me gusta escribir y deseo mantener mi propia bitácora para ofrecer mis experiencias, ideas y sentimientos sobre la vida a quienes -jóvenes o viejos- las quieran compartir.
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