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La Coctelera

La bitácora de Vandalio

Temas variados sobre humanismo, sociedad y religión

24 Enero 2009

OJOS QUE NO VEN (24)

 

Pero, sin duda, debo comenzar por un libro cuyo solo título me seduce: El cerebro: manual de instrucciones, publicado en español en 2003, de John J. Ratey,  catedrático de psiquiatría de Harvard, donde me informo de la estructura básica y la actividad química de mi cerebro, que da vida a nuestras emociones, percepciones, ideas y pensamientos, acciones y reacciones.  Acabo de terminar su lectura y ya saco dos conclusiones que no deberé olvidar: 1.Para mantener el cerebro en forma es necesario forzarlo a una actividad constante (como los músculos del cuerpo, pero sin necesidad de ir al gimnasio). 2. El lenguaje ha cambiado sustancialmente. Si los psicólogos, desde Freud, han venido hablando del "yo" (la conciencia), del "superyo" (el subconsciente), del "ello" (el instinto animal) o el "sí" de Young (superconsciente) y otras palabras difíciles de entender, ahora ya podemos hablar de hormonas, de sustancias químicas observables y manipulables que están en el origen de la actividad cerebral, como la serotonina, la oxitocina, la dopamina, la vasopresina y otras muchas palabras a las que tendré que ir acostumbrándome, si quiero profundizar en la realidad de mi cerebro.

En mis años de estudiante aprendí algo sobre los ‘instintos', que satisfacen los impulsos animales, como los de nutrición o reproducción, tan necesarios para la vida. (El instinto ‘gregario', tan común por la desidia humana, ha sido el enemigo a abatir en cada instante de mi vida). Pero ya los estudios psicológicos han superado esta etapa del conocimiento, para acercar la lupa a otros conceptos más modernos. De momento, me basta con saber que "el yo" consciente, que supera al instinto, se caracteriza por el conflicto entre imaginación y razón, "lo que se convierte, según Diel, en causa de la desorientación angustiada en su forma específicamente humana".La angustia se produce cuando el hombre tiene conciencia de su fin. Entonces, la imaginación la convierte en sentimiento ‘sagrado', que no teme a la muerte. La eternidad será una  imagen onírica del ‘más allá', tanto más atractiva cuanto mayor sea la angustia ‘sagrada'. La imaginación excita la emoción religiosa, que se encarga de conjurar la angustia mediante el culto, que asegura el favor de las divinidades. La imaginación no lo sabe, pero su caldo de cultivo es la ignorancia. Hay que esperar a la Ciencia para que ésta sea superada y aquélla dominada.   Cuando el príncipe Hamlet sostiene la calavera del bufón Yorick, en el acto V de la tragedia shakesperiana,  recuerda con nostalgia su gracia, sus chanzas y sus piruetas, pero no elogia al cerebro que se alojaba en su interior, ahora convertido en podredumbre que le revuelve el estómago por su hedor insoportable. Ni Shakespeare, con su portentosa fantasía, podía imaginar que esa masa informe cerebral que daba vida al bufón era una tupida red de neuronas, cuyos secretos la ciencia no lograría descubrir hasta pasados cuatro siglos.

Hoy sabemos, gracias a la rápida evolución de las neurociencias, que el cerebro humano es el objeto más complejo del universo, compuesto por más de cincuenta mil millones de neuronas o células nerviosas. Supongo que nadie las ha podido contar una a una, pero yo me fío de los cálculos difundidos por los neurólogos, quienes me aseguran, además, que cada una de ellas puede tener, a través de sus prolongaciones  (axones y dendritas) miles de conexiones sinápticas instantáneas con otras neuronas (traslado de información de unas a otras en las sinapsis o puntos de encuentro). Lo cual quiere decir que en mi cerebro, en teoría, se cuentan por billones las conexiones, enlaces o sinapsis, las cuales ocasionan unos impulsos eléctricos que viajan por el cerebro a una rapidez de 320 Km/s configurando mi personalidad. Los números marean y parece increíble que tal actividad se produzca dentro de mi cabeza sin yo darme cuenta. Pero el doctor Riley es taxativo: "Es mayor el número de formas posibles de conectar las neuronas en el cerebro que el de átomos del universo". (Otros, más prudentes, las comparan con las estrellas de la Vía Láctea). Para el Nobel de Medicina (1972) Gerald Edelman, "contar el número de neuronas y sus conexiones nos llevaría unos 32 millones de años". En todo caso, el cerebro es el gran "disco duro" humano, metáfora informática que nos ayuda a entender algo mejor su estructura y funciones, y al que José Antonio Jáuregui define como "el ordenador emocional del hombre" (Cerebro y emociones, Maeva, 1997).

Esas conexiones conforman una red neuronal que sirve para controlar las funciones físicas y químicas del individuo, cuyas reacciones se producen a causa de los neurotransmisores, hormonas que son mensajeros químicos, con estimulación eléctrica. Las neuronas (células del cerebro) que, por cualquier causa, no se conexionan, mueren por falta de actividad (sin conexión no hay vida). Estas conexiones se realizan gracias a los largos ‘axones' (como los brazos del pulpo) de cada neurona, que se acercan a las células vecinas para ‘comunicarse', formando una intrincada ‘red' cargada de electricidad que determina mis pensamientos, deseos y movimientos. Mueren si no las activo, pero en cambio, nuevas experiencias pueden activar las células creando nuevos axones, sobre todo en el período de la pubertad y juventud, y cuantas más veces se repita una conexión, más fuerte será la ruta (o autopista) informativa. La pedagogía actúa, sin saberlo, de acuerdo con esta máxima: repite y repite hasta que quede "grabada" la información. Podemos aumentar nuestras capacidades, porque "tenemos pruebas", dice Riley, de que el desarrollo es un proceso continuo, gracias a la sucesión de imágenes que nos van proporcionando los sentidos. Todo un misterio apasionante.

Esta actividad  se da en todos los cerebros de mamíferos, pero lo que nos hace humanos es la corteza cerebral, cada día mejor estudiada. Es,  en definitiva, el triunfo de la carne sobre el imaginado espíritu, porque como dice el profesor Karl Vogt, "el cerebro humano segrega pensamientos como el estómago jugo gástrico, el hígado bilis y el riñón orina". Con todo, las neuronas y sus sinapsis son sólo piezas de una unidad mayor: los circuitos neuronales o ‘sistemas de neuronas' cuya actividad es todavía objeto de estudio. Los experimentos neurológicos son complicados y exigen tiempo y paciencia: hemos de tener presente que solamente en un milímetro cúbico de corteza cerebral puede haber un millón de neuronas y más de diez mil millones de sinapsis, como nos asegura el doctor Mora (El problema cerebro-mente, Alianza Editorial, 1995). Toda la información se codifica en el cerebro como en un ordenador: entrada, procesamiento y salida de la información. (Continuará).

 

 

Tags: instinto, cerebro

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Soy filólogo ya jubilado, me gusta escribir y deseo mantener mi propia bitácora para ofrecer mis experiencias, ideas y sentimientos sobre la vida a quienes -jóvenes o viejos- las quieran compartir.
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