OJOS QUE NO VEN (25)
Ya estudié las partes y funciones del cerebro, pero era muy joven para comprender toda su complejidad. En esa trama y urdimbre de la red neuronal, la masa total no es uniforme, ni todas sus partes tienen la misma función. Me bastará con una consulta a una base de datos o al Atlas del sistema nervioso, para recordar nombres y funciones, pero no es suficiente ese conocimiento. Lo fundamental es que, por ejemplo, mi respiración depende del bulbo raquídeo, y mi equilibrio del cerebelo; que la pequeña amígdala genera las emociones; que el hipotálamo regula mis deseos de hambre y sed; que no podría soñar sin el mesencéfalo en buenas condiciones; que mis sentimientos de amor, odio, envidia, tristeza o alegría son productos elaborados en mi sistema límbico. Así, como enseñan los neurobiólogos, no se necesita ningún "espíritu" invisible que los ponga en marcha.
De sorpresa en sorpresa, de asombro en asombro, voy constatando que los experimentos científicos lo reducen todo a impulsos eléctricos, originados por las combinaciones químicas de las hormonas. En la naturaleza no existen los colores ni los sonidos, ni los olores, tal como los perciben nuestros sentidos. Son longitudes de onda que nuestro cerebro traduce en las correspondientes sensaciones, como nos aclara el catedrático F.J. Rubia (Qué sabes de tu cerebro? Temas de Hoy, 2006). Descartes pensaba que el alma humana residía en la glándula pineal, escondida en lo más profundo del cerebro. Pero ya sabemos que esta glándula es sólo la productora de una hormona, que bautizaron como "melatonina", con la singularidad de que esa fabricación sólo se produce por la noche, huyendo de la luz. Esta melatonina pone en marcha el reloj biológico de los animales, es decir, que rige el ritmo vital de todos los vertebrados. Esto explica mis "depresiones de invierno" y la euforia primaveral, ya que la luz frena la producción de ese componente químico. ¿No es maravilloso? Ya sé por qué "la primavera la sangre altera": porque hay menos melatonina en mi sangre.
No obstante, aún no he llegado a comprender por qué pienso, razono y puedo ser creativo. Una cosa son las emociones y las reacciones involuntarias de mi personalidad, pero ¿qué me hace diferente de los demás mamíferos? ¿qué hace diferentes a hembras y varones? Leo en algún libro que los cerebros de hombres y mujeres presentan algunas diferencias, y por tanto sus funciones también difieren. Por ejemplo, los dos hemisferios del cerebro femenino "charlan" continuamente entre sí, lo que les produce un flujo de dopamina, la productora del placer neurológico, mientras que los masculinos pueden guardar silencio durante horas. Es sabido que los fetos empiezan teniendo un sexo femenino pero, a las ocho semanas, los incipientes testículos de los varones comienzan a producir testosterona, que se multiplica con la pubertad, quedando esclavizados a ella el resto de la vida, como nos enseña el doctor Brizendine, neuropsiquiatra americano. Por su parte, asegura el mismo profesor, las hembras son las que en realidad seleccionan al macho que les conviene. El feminismo podría tener una base científica. "La condición sexual básica o primaria en el ser humano es la femenina. La naturaleza masculina es fruto de un trabajo de corrección de esa estructura básicamente femenina", asegura Hugo Liaño, Jefe de Neurología de la Clínica Puerta de Hierro, en su obra Cerebro de hombre, cerebro de mujer (Ediciones B, 2000). La identidad de género sólo se puede explicar por el cerebro. Están en un error tanto los que hablan de enfermedad como los que acusan de viciosos a los homosexuales. Está demostrado, por ejemplo, que el hipocampo es mayor en el varón que en la hembra, que la homosexualidad masculina está fijada en una zona específica del cromosoma X y que los transexuales masculinos tienen el hipocampo tan pequeño como las mujeres. Todos los secretos residen en el cerebro.
La ciencia neurológica me dice que no tengo un cerebro, sino tres. A saber: un cerebro heredado de los primeros reptiles, donde están situados los mandos para controlar la vigilia, el sueño y las reacciones automáticas. Otro, superpuesto, paleo-mamífero, similar en todos los mamíferos, que coordina la memoria y las emociones. Un tercero, plenamente humano, que envuelve a los anteriores y que constituye la corteza, fábrica del pensamiento abstracto. Si los dos primeros me recuerdan que soy animal, el tercero me dignifica como poseedor del intelecto (aunque no todos los humanos pueden presumir de una conducta inteligente). El cerebro, al contrario que el resto del cuerpo, no siente dolor. Se le pueden clavar miles de agujas sin que el paciente sufra. Pero todos los científicos coinciden en que la actividad del cerebro depende de las órdenes recibidas de genes y memes, que interaccionan constantemente en las diferentes zonas neuronales. En la actualidad, su capacidad se ha multiplicado en forma exponencial, gracias a Internet, porque, como dice Damasio, los programas informáticos "ayudan al cerebro a ser más creativos y capaces". (¿Alguien lo pone en duda?).
Ya en 1924 el profesor Ribot enseñaba que "los conflictos del psiquismo son el resultado de un antagonismo entre ‘emociones' y ‘reflexión' (La psicología de los sentimientos). Todos los experimentos posteriores confirman que los tres cerebros que nos constituyen se pueden reducir a dos mentalidades: una emocional (más antigua, de origen animal) y otra racional (más moderna, exclusiva de la especie humana). Ambas dependen de las informaciones recibidas por la percepción sensorial con cuyos datos el cerebro construye una especie de holograma, que la memoria conserva, como indica Karl Pribran, neurofisiólogo de la Universidad de Stanford. Los dos hemisferios cerebrales están compuestos de cuatro lóbulos (temporales, frontales, parietales y occipitales) donde se procesan las informaciones sensoriales, pero están recubiertos por algo mucho más importante: una fina piel de pocos milímetros de espesor, la corteza cerebral (también conocida como "cortex", del latín "cerebral cortex"), que cubre las circunvalaciones de los lóbulos. Esta corteza integra las funciones mentales más superiores, la movilidad general, la percepción y el raciocinio. ¿No podríamos llamarla "la piel de la conciencia"?
Creo que estoy en el buen camino, porque, según el tópico, "la pasión por aprender es la herramienta para sobrevivir". Hace cien mil años, el cerebro humano era igual que el de hoy en su estructura, aunque las experiencias lo van modernizando constantemente en sus funciones. El sistema nervioso surgió y evolucionó a partir de la necesidad de moverse, por eso sólo tienen cerebro los animales que lo necesitan. Según el profesor Gregory, "el cerebro no se ha diseñado para buscar la verdad, sino para sobrevivir". Antonio Damasio, por su parte, repite que nacemos con un mandamiento que se lleva en los genes: "Cada operación de nuestro cerebro gira alrededor del problema de mantener la vida". En otras palabras, yo diría que nos pasamos nuestra corta vida luchando siempre con la muerte, batalla cuyo final ya conocemos.
¿Por qué me llevo la mano al corazón cuando estoy alterado emocionalmente? Los egipcios creían que en el corazón tenía su residencia el alma, pero el sentir popular lo ha visto desde siempre como el responsable de nuestras inclinaciones apasionadas, como reza el refrán: "Corazón apasionado no quiere ser aconsejado". Desgraciadamente para los ‘apasionados', el corazón es sólo un músculo, al que, no obstante, debo la vida, porque solamente deja de funcionar con la muerte. Sabido es que los latidos aumentan las pulsaciones en cualquier alteración emocional, pero lo cierto es que el amor -como cualquier otra emoción o sentimiento- reside en el cerebro. El amor, afirma en una entrevista Eric Kandel, bioquímico de la Universidad de Columbia, "es el símbolo del instinto de supervivencia", y Francisco Mora, en Los laberintos del placer confirma que "todas las decisiones son tomadas siempre por el cerebro para maximizar el placer" (por ejemplo, la consumición de drogas, ya demostrado con las cabras en libertad).
También debo saber que hay una distinción muy importante entre emoción y sentimiento, porque la primera es inconsciente o refleja y el segundo es consciente, aunque todo lo que es consciente pasa a ser inconsciente con el uso repetido (qué trabajo -consciente- me costó aprender a conducir, hasta que la repetición lo convirtió en inconsciente) porque "los procesos mentales necesitan formación y práctica" (Ratey). Tener conciencia de un sentimiento significa prestar atención al golpe de la emoción, hacer voluntario lo que es involuntario. Esta parece ser la base de la conciencia: la atención que se presta a lo que indican los sentidos. Tema que ocupa las investigaciones del colombiano Rodolfo Llinás, Jefe de Neurociencia en la Escuela de Medicina de la Universidad de Nueva York. Detectar novedades y buscar recompensa son las dos fuerzas primarias que dirigen nuestra atención, gracias a la amígdala (en el corazón del sistema límbico) que asigna un significado emocional a la información recibida. Esto es lo que nos enseña el profesor Llinás, que termina sentenciando que quienes carecen de amígdala pierden todo vínculo emocional con el exterior. "Atención y conciencia son niveles diferentes de la misma actividad cerebral". (Continuará).

