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La bitácora de Vandalio

Temas variados sobre humanismo, sociedad y religión

26 Enero 2009

OJOS QUE NO VEN (26)

 

El poder de las emociones está sabiamente descrito por José Antonio Jáuregui cuando escribe: "El ordenador cerebral no solamente dispone de un programa mediante el que enchufa y desenchufa al yo todos los días, sin que éste pueda hacer nada. También dispone en riguroso monopolio de un arma muy poderosa para hacer que el ‘yo' colabore: el sistema emocional (o bebes lo que te mando o te seguiré incordiando con la sensación molesta de las ganas de beber)". Explicación que se puede aplicar a cualquier otro deseo emocional, como las drogadicciones o el amor. "Emoción (de "movere", mover) dice Riley es "una forma de comunicar nuestros estados internos y nuestras necesidades más importantes", que pueden manifestarse en el cuerpo (latidos más rápidos, lágrimas, sonrisas) pero que tiene su centro activo en los lóbulos frontales, de manera que si, por cualquier motivo, están dañados o faltan en el cerebro, la persona se vuelve insensible. Es decir, que los experimentos realizados tienen localizadas las neuronas, cuya muerte supone también la imposibilidad de actuar, de sentir o de pensar. Es sabido, por ejemplo, que Ravel perdió su capacidad musical por el desarrollo de un tumor en un punto exacto de su cerebro. Los ejemplos se pueden   multiplicar, según la afirmación taxativa del doctor Gonzalo Bravo, Jefe de Neurocirugía del Hospital Puerta de Hierro, de Madrid: "Conocemos el lugar exacto donde se puede tocar un cerebro y dejar sin habla, sin visión, sin memoria o sin la capacidad de escribir y leer". La manipulación será factible, pero las consecuencias pueden ser terribles si es un desalmado quien hace uso de esa habilidad quirúrgica. Pero nos confirma que el alma es un ‘mito'.

Sin posible oposición, las hormonas dominan mi conducta sentimental (Joseph Le Doux, El cerebro emocional, Planeta, 1999). De las cuatro emociones primarias de que nos hablan los psicólogos, tres de ellas (el miedo, la ira y la tristeza) dependen de la cantidad de serotonina producida por la amígdala cerebral, con sus correlatos de angustia y ansiedad, depresión, culpabilidad y desesperanza. La cuarta (alegría) en cambio, acompañada siempre por el placer y el sentimiento de felicidad, es lo que hace que la supervivencia merezca la pena, gracias a la actividad de las endorfinas, que desempeñan un gran papel en la percepción del placer. Pero el factor clave es la dopamina, cuya actividad se incrementa con sustancias estimulantes, como el café, el chocolate, la nicotina, la marihuana, la heroína, la morfina, todos los narcóticos y los opiáceos, incluido el alcohol. Química, y sólo química.

Una de los sentimientos más apasionantes productores de alegría es el amor, en sus tres categorías o fases: deseo, atracción y apego. Las sensaciones físicas que lo acompañan, como el calor, el cosquilleo estomacal, los latidos rápidos del corazón, dependen también de la cantidad de sustancias químicas que pueden producir la euforia, como dopamina, serotonina, oxitocina, endorfinas, y sobre todo la feniletilamina, conocida como "la droga del amor". Todas ellas contribuyen al fin deseado por el cerebro: la pulsión del apareamiento. Quien se niegue a admitir la íntima relación del amor con el deseo de supervivencia, vive en un mundo de engaño. La atracción sexual siempre es genética, es decir, está ordenada a la procreación, aunque ni quiera la voluntad ni lo admita la serena reflexión. Todos somos esclavos de los genes de la supervivencia.

También es cierto, como nos dicen los libros, que las neuronas del sistema límbico terminan por acostumbrarse a la feniletilamina, y su efecto disminuye pasados los tres años del ‘amor pasional'. Le sigue la época del "apego", que sustituye al deseo, el cual se convierte en rutina. Pero aumentan las endorfinas, producidas en el hipotálamo, que provocan el sosiego y la tranquilidad. Hay otras hormonas que aumentan su volumen en la sangre con la excitación, como la oxitocina, mensajera química que causa la contracción muscular durante el orgasmo y potencia la erección. Por eso estas hormonas son esenciales en el sentimiento amoroso. En definitiva, el sentimiento del amor tiene un origen químico, igual que todos los demás, para decepción de los poetas.

Muy recientemente, los investigadores del Laboratorio de Neurología del University College de Londres han demostrado que el sentimiento del odio está alojado en el cerebro muy cerca del amor (comparten el ‘putamen' y la ‘ínsula') con lo cual se revalida el dicho popular de que "del amor al odio no hay más que un paso". Con una sorprendente diferencia: si el amor pasional es ‘ciego' y no atiende al ‘sentido común', el individuo que odia no pierde el juicio, actúa a conciencia de lo que hace, dependiendo de la intensidad de su odio la mayor o menor actividad de su cerebro en las zonas señaladas. Lo dicen los reflejos físicos en un escáner, propiciados por la simple actuación de elementos químicos.

También debo saber que mi cuerpo emite feromonas por todos sus fluidos, en especial el sudor, las cuales sirven para comunicarnos emocionalmente con nuestros semejantes, al recibir el olor. Todas son estímulos químicos que llegan al cerebro, produciendo efectos de atracción o repulsión, porque el amor no está en las manos, ni en el corazón ni en los órganos sexuales, sino en el cerebro, que percibe el placer. Necesitamos del amor en las relaciones con los semejantes desde la infancia y lo vamos buscando a lo largo de la vida, como algo sustancial ante la penosa emoción de la soledad. Recuerdo la evocación al juguete de su niñez ("¡Rosebud!") que hace Orson Welles en la maravillosa película Ciudadano Kane cuando está apunto de morir. El lóbulo límbico, de donde surgen los sentimientos, es común a todos los mamíferos, pero no existe en el cerebro de los reptiles, lo que les impide cualquier sentimiento amoroso.    En contrapartida, no necesitan ningún tipo de droga, como los humanos, que hemos heredado de nuestros antecesores primates los circuitos del placer hace millones de años. (Pueden ser consultados los varios capítulos de Educar con inteligencia emocional , Plaza Janés, 1999, y Una teoría general del amor, 2001).

Hay una "dieta cerebral" necesaria para el buen funcionamiento de mi cerebro, que debo proporcionarle, sin extremismos, porque todo lo sano exige moderación. "Cada uno acaba siendo lo que come", sentencia Jean-Marie Bourre en La dietética del cerebro. Por el aire respiramos el oxígeno (combustible), por la sangre le llega la glucosa (carburante) y otras sustancias necesarias, como las vitaminas, los aminoácidos, los lípidos (ácidos grasos) y cierto número de minerales, entre los que destacan el zinc, el sodio y el magnesio. Pero sin abusar. De hecho, sólo el cerebro consume más de la cuarta parte de la energía que necesita todo el cuerpo. Necesito la glucosa (azúcar) y su carencia me puede producir la muerte, lo mismo que su exceso. Los ácidos grasos (triglicéridos y colesterol) son absolutamente necesarios para el cerebro, pero todos conocemos las tristes consecuencias del infarto, provocado por la acumulación de estas grasas en el sistema circulatorio. La testosterona estimula la producción de proteínas, potencia el desarrollo de la masa muscular, y sobre todo, interviene en los mecanismos químicos del placer, mejorando el impulso sexual del varón. Pero una tasa alta y continuada puede conducir a la impotencia, lo que no es conocido por muchos adictos al sexo. Una ración de alcohol ayuda a los sentimientos alegres, pero su exceso continuado destroza el sistema nervioso. Las drogas artificiales pueden engañar por un momento al cerebro, pero pronto se acostumbra al engaño y las adicciones matan en poco tiempo. Moraleja: Conforme voy creciendo en años aumentan mis endorfinas y disminuye mi oxitocina.  Si existiera, mi alma sería una dama fantasmal y caprichosa con un pelele en su regazo. (Continuará).

 

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maria pastora

maria pastora dijo

!!Muy interesante tu blog, me interesa mucho estos temas.

27 Agosto 2009 | 06:36 AM

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Madrid, España
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Soy filólogo ya jubilado, me gusta escribir y deseo mantener mi propia bitácora para ofrecer mis experiencias, ideas y sentimientos sobre la vida a quienes -jóvenes o viejos- las quieran compartir.
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