OJOS QUE NO VEN (28)
Lo que caracteriza al cerebro humano, sin embargo, no es la memoria sino la idea, la capacidad de abstracción. El neurobiólogo del CSIC, Nieto-Sampedro, se ha atrevido a aventurar que "el siglo XXI será el siglo de oro de la inteligencia". Desde luego, las neurociencias están en ese empeño, descubrir qué sea la inteligencia, dónde y cómo comienza a funcionar, ya que, a día de hoy, "nadie sabe con certeza cómo el cerebro procesa y ordena al mismo tiempo la información necesaria para que el organismo funcione". En el Laboratorio Andaluz de Biología, el catedrático de Fisiología José Mª Delgado escribe con rotundidad que "no hay forma de explicar cómo la actividad eléctrica del cerebro humano se traduce en estados mentales, en pensamientos". Por el momento, lo que sí sabemos es que la corteza cerebral, superficie de 2 milímetros de espesor, llena de surcos, convierte al homo en sapiens, es decir, razonante, mediante este "megaordenador emocional", según la terminología de José Antonio Jáuregui. Pero también aquí interviene la química. Según las últimas investigaciones, la inteligencia depende del nivel de acidez del cerebro (pH) porque la velocidad en la transmisión de las señales, lo cual constituye la inteligencia, está vinculada a ese ácido pH. A su vez, una disminución en el nivel de magnesio, necesario para el buen funcionamiento de las enzimas neuronales, desestabiliza las neuronas corticales, provocando las migrañas.
Esto último es muy interesante porque las migrañas pueden producir alucinaciones, como estrellas pulsantes o danzas de formas geométricas, incluso semejantes a las producidas por drogas, como el LSD. Lo cual podría, incluso, provocar algunas visiones místicas o ‘revelaciones'. En el Instituto Karolinska de Suecia se están llevando a cabo experimentos del mayor interés sobre fenómenos paranormales, como los "viajes astrales", que se explican por una desconexión de los circuitos cerebrales que procesan las informaciones sensoriales. Por tanto, al menos la separación del cuerpo físico y del cuerpo ‘astral' no tiene nada de paranormal. Como no lo tienen otros supuestos imaginarios debidos al consumo de alucinógenos. Como ya hemos visto, hay quien llega a decir que "son sustancias alucinógenas las responsables del salto evolutivo del primate al hombre". Sustancias que se citan como propulsoras de la evolución: hongo, belladona, datura, beleño, mandrágora, todas ellas, por otra parte, indispensables en la herboristería mágica de la Edad Media. Estos y otros alcaloides pudieron catalizar hacia la hominización la conciencia de los primates que las incluyeron en su dieta. Destaca la psilocibina, un derivado del hongo, no letal para los humanos, con una estructura prácticamente idéntica al neurotransmisor llamado serotonina, que se estima pudo ser responsable de la expansión del cerebro, duplicando su tamaño y facilitando el éxtasis místico. (Terence McKenna, El manjar de los dioses, Paidós, 1993). También está probado, entre otros efectos químicos en nuestro cerebro, que la "amnesia retrógrada", o pérdida de voluntad, conocida vulgarmente como burundanga, con que los violadores suelen dejar inconscientes y dominar a sus víctimas, tiene su causa en la ingesta de la droga ‘escopolamina'.
Es decir, que la conciencia humana puede tener un origen puramente físico-químico, por las alteraciones en la dieta de algunos primates, 12.000 años a.C., como señala el autor, originadas "en el Altiplano de Tassili, al sur de Argelia, el Edén perdido". La expansión de estas comidas vegetales contribuyó, siempre según la tesis imaginativa de McKenna, al progreso de la mente y de la conciencia. Pero no todo parece tan sencillo. Para Rodríguez Delgado, la clarividencia, la telepatía y otros fenómenos similares de cuya existencia hay repetidas pruebas son ciertos, aunque no se puedan explicar todavía desde un punto de vista científico. "Del mismo modo que un grillo no puede comprender la televisión, nos dice, nosotros tampoco podemos comprender algunas verdades de nuestro limitado cerebro". Entre ellas la inteligencia, la razón y la conciencia.
Siempre han existido en la humanidad personas de extraordinaria inteligencia que, como Einstein, han contribuido a dar un salto cualitativo en la solución de los problemas (¡Quizás pudiera explicar su genialidad la falta de un pliegue en su corteza cerebral!). La causa puede estar en esos estados alterados de la conciencia, por consumo de alucinógenos o por complejas visiones oníricas (¿cuántas veces me he despertado con una brillante idea?). Hay que recordar una frase del descubridor del benceno: "Aprendamos a soñar, quizás entonces encontremos la verdad". Freud tuvo una experiencia durante el sueño que le permitió explicar sus teorías en La interpretación de los sueños (1900). Mendeleiev vio en sueños la Tabla periódica de elementos químicos. Para Karl Jung, genio y locura presentan un rasgo común: irrupciones del inconsciente. Así, se encuentran ejemplos en el arte, en la música, en la literatura, en la ciencia, como John Forbes Nash, el superinteligente Nobel de Economía, que tuvo sus mayores aciertos matemáticos sumido en la locura. (Véase la película Una mente maravillosa).
¿Cómo es posible, me pregunto, que el inconsciente irracional sea fuente de conocimientos superiores? Contestar a esta pregunta excede, no sólo mis posibilidades de lector apasionado sino también mi capacidad de imaginación. Por desgracia, ya no estaré aquí cuando se encuentre la salida del laberinto. La Neurociencia cambiará, en un futuro, la percepción que tenemos de nosotros mismos y de cuanto nos rodea. Nada saldrá indemne de este cambio, ni la filosofía, ni la psicología, ni la sociología, ni la jurisprudencia, ni la ética, ni la religión. El pasado habrá envejecido hasta el punto de ser un frágil bebé, inseguro en sus vacilantes pasos, para el arrogante porvenir, que todo lo mirará por encima del hombro. Una cima de la filosofía, como Kant, explicaba como verdad inconmovible que "pensar es hablarse uno consigo mismo". Mis descendientes ya no querrán saber nada de filosofías obsoletas, sino de robótica y de inteligencia artificial.
La tesis de José Antonio Jáuregui, docente en Oxford y Los Ángeles, sobre el que llama "ordenador emocional", implica una mayor incertidumbre sobre la volición humana, anulando el escaso poder del que creemos disfrutar. Tanto la conciencia, como las percepciones o los sentimientos, hasta lo más íntimo, nos viene impuesto por ese todopoderoso equipo informático encerrado en nuestro cráneo. Creemos que somos espontáneos y dominantes, pero la verdad es que nos limitamos a cumplir el plan trazado por nuestro megaordenador emocional. Aunque lo parezca, no es ciencia-ficción. Cada individuo siente de forma particular, pero no lo que él desea, sino lo que su cerebro le impone (lo que viene a ser lo mismo, ya que el deseo nace en el cerebro). También es el cerebro, el hardware preconizado por Jáuregui, el que admite la programación del interno software instalado por el plan genético. Es una imagen o alegoría, pero puede servirnos para entender un poco más cómo funciona mi ordenador emocional.
Si mi conciencia está tan mediatizada, al menos podré estar seguro de la realidad que me rodea. Pues no. "Podemos ver cosas que ni siquiera existen. Todo es un proceso creativo de la fantasía", dice Richard Gregory, neurobiólogo de la Universidad de Bristol. ¿Entonces qué hacemos con la razón, esa cualidad de la que nos sentimos tan orgullosos, pero a la que en muy escasas ocasiones acudimos en busca de solución? El razonamiento y el juicio crítico, que nos separan de la animalidad, rara vez presiden las decisiones humanas, casi siempre dirigidas por los sentimientos. Aunque la razón haya "redimido" al hombre de su condición animal, esa redención no parece jugar un papel primordial en su conducta. Habrá que instalarse en el escepticismo, como hace Michael Shermer en un libro reciente, ya citado: Por qué creemos en cosas raras. Pseudociencia, superstición y otras confusiones de nuestro tiempo (Alba, 2008). Enfermedades como el Parkinson o el Alzhaimer, que siguen a la esquizofrenia en los afectados por demencia senil, continúan siendo huertos cerrados para los investigadores. Pero hay fundadas esperanzas de encontrar la solución adecuada. Lo que no impide que la muerte esté siempre acechando. Queramos o no, el cerebro se va deteriorando, y en la misma medida va desapareciendo la conciencia, que es el más sagrado de los misterios. (Continuará).

