OJOS QUE NO VEN (29)
Según el diccionario del español, consciencia es la forma culta de la palabra conciencia, derivación del latín "cum-scientia", con varias acepciones que hacen relación a lo más íntimo del individuo, el conocimiento de sí mismo, de la realidad del entorno y la valoración de sus actos. La primera forma, consciencia, equivale a estar despierto, prestar atención, ser dueño de nuestros actos, y tiene su antónimo en la palabra "inconsciencia". La segunda, al parecer, hace referencia sólo a la actividad cerebral, o de la mente, según las palabras de Edgard O. Wilson: "El verdadero científico cree que la mente es un producto del cerebro, que no están separados y no son no-físicos". En otras palabras, no puede mantenerse por más tiempo el dualismo filosófico de alma y cuerpo, según la hipótesis cartesiana y cristiana. "El materialismo es la hipótesis de trabajo más segura", en frase de Francisco Mora, que cita una reflexión del Premio Nobel de Medicina Charles Sherringston: "Aristóteles hace dos mil años se preguntaba cómo la mente estaba unida al cuerpo...Todavía seguimos preguntándonos lo mismo".
En el siglo XVIII se discutió ampliamente sobre "el alma de los brutos" en academias y tertulias, porque seguían instalados en el dualismo cartesiano. Todos admitían un cierto grado de conciencia en los animales, pero ¿cómo iban a tener un ‘alma', motor vital humano, destinado a la inmortalidad? La creencia en la identidad alma-conciencia les impedía conocer la verdad. Pero hoy, de acuerdo con las investigaciones neurológicas, sabemos que el alma no existe como un ‘ente' independiente, un espíritu inmortal, sino que se ha de usar como una palabra metafórica, y se ha de entender sólo como una función de la mente, vinculada a la conciencia. En este sentido, también los animales tienen ‘alma', puesto que tienen cerebro. Es decir, tienen ‘conciencia' de lo que hacen, sin necesidad de considerarlos ‘inmortales'. ¿Acaso el perro no es fiel a su amo? ¿El caballo de carreras no sabe que vive para competir? ¿El león no tiene ‘conciencia' de que es el ‘rey de la selva'? ¿El cervatillo no huye ante su depredador? ¿El delfín no agradece la comida y las caricias de su cuidador? ¿El chimpancé no se reconoce ante el espejo? Para nada de esto necesitan un ‘alma' inmortal. Les basta con la ‘conciencia', entendida como función mental.
Por su parte, Rodolfo Llinás, el célebre neurólogo, dejó como conclusión en una conferencia pronunciada en Madrid, en el año 1993, que "El cerebro y el estado de conciencia (léase mente) son una misma cosa, una misma entidad" y apostilla: "Nuestro cerebro trabaja en pedazos de tiempo", porque la corteza cerebral es ‘barrida' cada doce milésimas de segundo por una onda que integra todas sus partes...La sucesión de los ‘barridos' proporcionaría la película continua de nuestro ser y estar en el mundo". Nuestro conocimiento sería un efecto similar al de una película de cine: fotogramas que van pasando ante nuestros ojos a una velocidad determinada. A esta simple actividad mecánica, la llegada de esta onda desde el tálamo a la corteza, puede quedar reducida la conciencia humana. Aunque no es lo mismo "ser consciente de estar vivo" que "tener mala conciencia" o defender la "libertad de conciencia"; se usan indiscriminadamente las dos palabras, pero yo aquí prefiero tratar de la conciencia, en equivalencia con la mente.
Aunque sigue siendo un misterio, nadie duda de que la conciencia es el cerebro, ya que a medida que éste se va destruyendo (p.e. en el Alzheimer) va desapareciendo la conciencia. Como afirma metafóricamente el investigador científico Humphrey, "la mente se ha hecho carne en el cerebro". Además, las enfermedades mentales se curan con fármacos, lo que prueba su carácter material. Cada animal tiene la conciencia necesaria para sobrevivir como especie. La humana, sin embargo, sobrepasa a todo lo conocido y nos hace seres únicos en el universo (al menos en el planeta Tierra) que, efectivamente, nos envanece al descubrir nuestra dignidad, capaz de "saber" que existimos, aunque no sepamos muy bien para qué. Cada dos años se celebra en Tucson (Arizona) un congreso científico sobre la conciencia y hasta ahora no se ha logrado un consenso aceptable para todos. Científicos como Churchland, Ridley, Dennet, Edelman o Crick, son materialistas que defienden el concepto de conciencia como una mera comunicación de neuronas, frente a otros que dudan o proponen un "diseño inteligente", sobrenatural, que organiza y dirige todo el funcionamiento cerebral, como Alfred R. Wallace, quien sostenía no hace mucho que "la mente humana es demasiado compleja como para ser fruto de la selección natural". O como el médico Sherwin B. Nuland que, en La sabiduría del cuerpo (Alianza, 1998), confiesa que "hay algo sagrado dentro del hombre", aunque añadiendo que no es necesario para eso recurrir a la fe religiosa, y que "la conciencia se acaba cunado se acaba la vida". Por su parte, C. Koch, profesor de Neurociencias en el Institute of Technology de California, afirma con autoridad que "la conciencia surge de procesos bioquímicos dentro del cerebro". Nada ‘espiritual'.
El libro de Nicholas Humphrey Una historia de la mente lleva como subtítulo "La evolución y el nacimiento de la conciencia", tema también tratado por el español Francisco J. Rubia en su libro ¿Qué sabes de tu cerebro? (Temas de Hoy, 2006). Quiero destacar algunas ideas que me han impresionado. La primera es que, según Humphrey, la conciencia ha comenzado su existencia paralelamente a la evolución del cerebro humano, que está vinculada al cuerpo y que, por tanto, no puede existir en otras entidades no corpóreas, como almas, espectros, fantasmas, o similares. Con la inmediata consecuencia de que, si existe Dios, desde luego no puede tener conciencia. La segunda, contra lo dicho por otros escritores científicos, es que la conciencia surgió en el cerebro del primitivo homo sapiens de forma súbita, no gradual, como se pasa de la vigilia al sueño. No se puede tener un "poco" de conciencia. O se tiene o no se tiene. Por el contrario, el neurocientífico de la universidad de Nueva York, Rodolfo Llinás, tiene muy claro que "el cerebro no apareció de repente, sino trabajosamente, y ha tardado 750 millones de años en ser como es". ¿A qué carta quedarme? ¿La conciencia, entonces, evolucionó con el cerebro? Bastan estos ejemplos para constatar las disidencias y contradicciones existentes entre los propios científicos en algunos temas derivados del misterio de la vida.
Para Thomas Huxley, la aparición de la conciencia es tan inexplicable como la del ‘genio' fantasmal de la lámpara de Aladino (esto lo dijo ya en 1866). Esta idea me trae un recuerdo de lectura: "se podría decir que los pensamientos son nubes de fotones" (Chopra, entrevistado por Punset). O este otro, de Llinás: "la conciencia no es más que un sueño controlado por los sentidos". Si los sentidos controlan mi vida ¿cómo es posible que un enfermo en coma durante seis años haya vuelto a hablar y comunicarse mediante la implantación de dos electrodos en el tálamo cerebral? (Hecho ocurrido en 2007). La semejanza del sueño con la muerte sabemos que es errónea, porque soñamos con imágenes, aunque no seamos totalmente conscientes de esos sueños. Las imágenes están ahí, en mi cerebro, aunque no me acuerde de ellas al despertar. Simplemente, hay una actividad eléctrica inconsciente, que ignoro y que me ignora durante el sueño. Pero ya en la muerte han desaparecido, con la conciencia, todo tipo de imágenes.
Las investigaciones más recientes han descubierto que durante todo el día y toda la noche es incesante el "murmullo" de la corteza cerebral, porque, como dice Llinás, "las neuronas nunca descansan". La mente emerge cuando la conciencia de algo actual se conecta con la memoria a largo plazo. Es decir, la mente, que es una propiedad del cerebro, sólo surge cuando éste funciona. Si el cerebro está inactivo, también lo está la mente y la conciencia, palabras equivalentes, que sólo se activan con imágenes simbólicas. De aquí la importancia del lenguaje para el razonamiento. Así lo dicen E. y W. Menaker: "La conciencia que el hombre tiene del mundo entero está expresada en los símbolos del lenguaje" (El Yo en la evolución, FCE, 1968). Los neurocientíficos saben que la conciencia depende de la frecuencia de oscilación visible en un encefalograma (EEG). Solamente son ‘ondas' que van del tálamo al córtex, normalmente rápidas en la vigilia y lentas en el sueño, coma o anestesia. ¿A esto se reduce el alma? (Continuará).

