OJOS QUE NO VEN (30)
Llamar "alma" a la conciencia, como he dicho, es sólo una metáfora. Como lo es la definición de Dennett: "una especie de perla que el cerebro cultiva en su interior". Si la conciencia se reduce a la mera actividad cerebral, no sólo frustra la esperanza de que podamos sobrevivir a la muerte, sino también socava la idea de que somos libres y responsables (¿lo somos en realidad?). Incluso la convicción de que soy siempre el mismo, aun sabiendo que estamos en cambio constantemente. Las células de nuestro cuerpo no duran más de siete años, las del páncreas se renuevan cada 24 horas y las mucosas del estómago cada tres días. Y las proteínas de nuestro querido cerebro se reciclan cada mes. Esto es lo que nos dice la biología, que conmociona mi pensamiento hasta lo más profundo. Entonces, ¿quién soy yo? ¿Soy el mismo, a pesar de tanto cambio? Desde luego, mi cuerpo no. Lo que permanece es mi ‘personalidad', mi ‘yo', mi ‘conciencia', esa abstracción que me constituye, tan incomprensible como invisible. Dicho de otro modo, como hace Steven Pinker, catedrático de Psicología de Harvard, "Yo diría que no hay nada que dé más sentido a la vida que la convicción de que cada momento de conciencia es un precioso y frágil regalo". Si lo tengo presente al despertar, no me invadirá el pesimismo, aunque el sufrimiento o la desgracia me anuncien un mal día. Marginando las emociones, leer, reflexionar, usar mi razón sensata y juiciosa, me darán más satisfacciones que pesares, porque la felicidad sólo puede estar en la verdad. "Si el drama ortodoxo de la salvación divina y de la inmortalidad del alma no tiene mérito probatorio, ¿cuál es la alternativa?". Responde el mismo Paul Kurtz, editor de la revista Free Inquiry: "La actitud vital humanista ofrece una opción viable: la buena vida de satisfacción creativa, felicidad y exhuberancia para la persona individual". Vida que será única, como yo lo soy, como lo es mi cerebro. Único porque mi genética lo es, como mis huellas dactilares o el timbre de mi voz.
Decía Popper que el sueño de Platón sobre el alma era una pesadilla, basada en la utopía. Imaginar el alma conlleva la creencia de que de ella depende nuestra conciencia, pero no hay ciencia que respalde esta teoría de los filósofos, acogida con entusiasmo por los teólogos. Mediada la década de los años 90 del siglo XX, se descubrió el primer rasgo universal genéticamente único y común a todas las personas, pero ausente de cualquier simio: un solo átomo en una humilde molécula de azúcar, la enzima que fabrica el ácido siálico Gc. "No es un lugar prometedor para el alma", comenta irónicamente Matt Ridley en su libro ya citado, Qué nos hace humanos (2004). Estoy tocando ya, con la yema de mis dedos, la gran herida de la incertidumbre. Todo lo que sé de mí es incierto y negativo. Lo posible positivo está en vías de probación. Hasta el momento, no he recibido respuesta satisfactoria a ninguna de las preguntas que me vengo haciendo para conocerme. Si pierdo mi conciencia, aunque mis funciones orgánicas sigan trabajando, ¿seguiré siendo yo quien vive? ¿Dónde está la frontera entre la vida y la muerte?
Ante tal cúmulo de incertidumbres, quizás se vislumbre ya la luz de la verdad. Según el físico Roger Penrose, lo único que puede explicar la conciencia es la "mecánica cuántica", que obligará a cambiar nuestra "visión del mundo". En este caso, serán inútiles todas las disquisiciones y estudios anteriores. (Su libro Las sombras de la mente. Hacia una comprensión científica de la conciencia, traducido al español en 2007, no es recomendable para personas ajenas a los secretos de la física y la matemática). Y Danah Zohar, en La conciencia cuántica (Plaza-Janés, 1990), siguiendo esta teoría, afirma que "La conciencia funciona siguiendo las leyes de la mecánica cuántica...Existe un nexo vital entre los procesos de pensamientos y los procesos cuánticos, entre nosotros mismos y los electrones". En esta línea de opinión, el catedrático de la Universidad de Sevilla, Manuel Lozano Leyva, representante de España en el Comité Europeo de Física Nuclear, ha declarado en una entrevista que "las fluctuaciones cuánticas del vacío (son las responsables de todo) o sea, que puede surgir materia y/o energía de la nada, de forma espontánea", haciendo innecesaria la idea de Dios. En todo caso, prevalece entre los científicos la afirmación del profesor de Neurociencias en California, C. Kock, de que la conciencia "surge de procesos bioquímicos dentro del cerebro". Porque, como dice el profesor Chopra, también de la Universidad de California, "Gran parte de las ideas anteriores al nacimiento de la ciencia en el siglo XVIII eran supersticiones". El "gran error" de Descartes, según Damasio, fue el separar la mente del cuerpo, porque "alma y espíritu, con toda su dignidad, son estados complejos y únicos de un organismo corporal".
Mis actuales lecturas sobre la mente humana y el cerebro, como he dejado bien claro, son casi exclusivamente de textos científicos. No he ido a saciar mi sed en ninguna fuente teológica, sino en el limpio manantial de los saberes empíricos nacidos en dolorosas horas de trabajo en múltiples laboratorios de biólogos, físicos, neurobiólogos y psicólogos. A estas alturas de mi vida creo que es una obligación la de divulgar los adelantos científicos, si realmente pueden contribuir al mejor conocimiento de la condición humana, fabricada del sucio barro pero incrustada de maravillosas piedras preciosas. Desde lo más profundo de mi conciencia me llega la voz del simio que soy, con el único y sabio aforismo que define mi actividad de homo sapiens: "Lo importante es no dejar de hacerse preguntas".
No obstante mi pesimismo, llego al final de mis reflexiones con algunas ideas clarificadoras. Por ejemplo, que no hay dos cerebros iguales, que yo -y mi conciencia- soy único, aunque todos los cerebros tengan la misma estructura física. Que la conciencia es puramente material, ya que cuando cesa la actividad del cerebro la conciencia deja de existir y cuando un cirujano corta en dos el cuerpo calloso de un epiléptico para separar los dos hemisferios, se generan dos conciencias. Que "una célula, por sí sola, no está viva, pero que el ‘sistema' o grupo de células reúne las propiedades de lo que llamamos vida". Que el 90% de estas actividades cerebrales son automáticas; el otro 10% es el que genera la conciencia. Que soy el resultado de un proceso de selección que continuará durante toda la vida, cuyos secretos he de agradecer al tantas veces calumniado Charles Darwin. Que, como miembros auxiliares, pueden trasplantarme cualquier órgano, excepto el cerebro, que identifico con mi personalidad. Que ese cerebro es tan complejo que ni siquiera los científicos han llegado todavía a un consenso completo sobre su esencia y funciones. Que mi mente, mis emociones, mi inteligencia, sólo funcionan cuando mi cerebro está activo. Que esta actividad se puede visualizar electrónicamente, incluso manipular, porque responde a impulsos electroquímicos. (Un enfermo de Cleveland, en coma durante seis años, volvió a comunicarse mediante una implantación de dos electrodos en el tálamo de su cerebro). Que, contra lo aprendido, no hay "dentro" ningún espíritu o alma que dirija mis acciones, como un director de orquesta (La sensación intuitiva del Yo es pura ‘ilusión'). Que, en consecuencia, no debo esperar ninguna otra vida, ni para mi cuerpo (degradado por la muerte) ni para mi alma (llamar alma a la conciencia es sólo un juego de palabras). Que, frente a las fraudulentas y supersticiosas enseñanzas recibidas, debo estar infinitamente agradecido a cuantos semejantes, de ayer y de hoy, han dedicado su vida a investigar y a divulgar los sensacionales descubrimientos de la Ciencia, maestra laica de la vida. (Continuará)

