OJOS QUE NO VEN (31)
VII
Las fronteras de la libertad
Aceptada nuestra dependencia física de los genes e ideológica de los memes, aún nos resta alguna otra consideración acerca de los límites de nuestra libertad, además de los exigidos por la convivencia social, basados en normas políticas, jurídicas y morales ("Para ser libres hay que ser esclavos de la ley", decía Cicerón). A esto hay que añadir el respeto a los demás miembros de la comunidad, por el mero hecho de pertenecer a la misma especie ("Mi libertad se termina donde empieza la de los demás", escribió Tomás de Aquino). Libertad no es palabra unívoca, en la que todos podamos estar de acuerdo. Como dijo Montesquieu en El espíritu de las leyes, "no hay palabra que admita más variadas significaciones ni que haya producido más diversas impresiones en la mente humana que la libertad", después de haber sentenciado que "la libertad es lo que permiten las leyes". En economía y política, no se pueden exigir derechos sociales sin una contrapartida de obligaciones que afecten a todos por igual. Pero si no tengo derechos carezco de la posibilidad de ser libre. Esta acepción social de la libertad es la que habitualmente se evoca al hablar del tema. Pero ni es la única, ni es la más importante.
Aquí se trata solamente de la libertad interior, psicológica o de conciencia, que sólo interesa al individuo, como ser enfrentado a la vida y a la muerte personal. Existen otras dependencias, que reducen el ámbito de nuestra autonomía a la hora de decidir nuestro comportamiento. Por ejemplo, la flaqueza de nuestra voluntad, la escasa formación de nuestro juicio crítico, la debilidad de nuestra razón o el abusivo poder de nuestras emociones y sentimientos, dominantes en la mayoría de los humanos desde su mismo origen evolutivo. Ningún ser vivo puede prescindir de las sensaciones que a diario llaman a las puertas de la conciencia, como pulsaciones materiales que se transforman de inmediato en sentimientos. Lo que nos convierte en "esclavos sensoriales", en palabras del catedrático Francisco Mora, es, precisamente, la necesidad absoluta de estímulos emotivos y sentimentales, que nos obliga a dar satisfacción a nuestros sentidos, ávidos siempre de nuevas sensaciones, ya que "la inmersión del ser humano en el mundo sensorial es tan necesaria para la salud y el buen funcionamiento de nuestro cerebro como lo es el oxígeno y el agua para nuestro cuerpo". La ausencia total de sensaciones, según el citado y prestigioso investigador de las funciones cerebrales, conduce inexorablemente a la locura: "El aislamiento sensorial completo enajena la mente humana en apenas unas horas". Tampoco podré ser libre si mi cerebro no recibe los estímulos de mis sentidos.
Ante tantos condicionantes, puede parecer superfluo hablar de libertad. Pero no es así, porque es precisamente la libertad, por escasa que sea, uno de los atributos que nos separan y distinguen del mundo animal, que ignora su condición y no es consciente de su propia existencia. Pero es un atributo adquirido, como el lenguaje. Hubo homínidos sin lenguaje y sin libre albedrío, como señala Daniel Dennet. A la especie humana el pensamiento racional la libera de la servidumbre de la ignorancia y la enaltece al conocer las posibilidades y los límites de su condición inteligente. Porque sólo es libre quien sabe que es esclavo. La naturaleza nos ‘determina' y en cierto modo nos esclaviza, como las ideas recibidas, pero estas ‘fronteras' invisibles no impiden el ejercicio de la libertad necesaria para mantener la dignidad humana ni la responsabilidad moral de nuestros actos. "La voluntad, decía Leibniz, no quiere por querer, siempre quiere el bien (o lo que ella cree que es el bien) y necesita que algo se le presente ‘como bueno' para quererlo". No es libre, por tanto, de querer el mal (o lo que entendemos por mal). Pero ni este determinismo moral ni el determinismo biológico nos eximen de responsabilidad.
Así lo reconoce el Premio Nobel Friedrich A. Hayek, al dejar escrito que:"pocas creencias han hecho más para desacreditar el ideal de libertad como la errónea de que el determinismo científico ha destrozado las bases de la responsabilidad individual" (Los fundamentos de la libertad, 8ª ed. Unión Editorial, 2008). Para Ridley, "el libre albedrío es totalmente compatible con un cerebro maravillosamente predefinido y dirigido por los genes". Ser libre es una paradoja, según Ferrater Mora, que se puede resumir así: "La libertad es una condición para la existencia de todo hombre, el cual, tiene, a su vez, que crearse esta condición". Además, contra la idea de un Dios creador de libertades, "la libertad que constituye al hombre (la hominización) y por la cual él mismo se constituye, tiene que ser propia, y no ‘prestada' o regalada. Comprendo que es un círculo vicioso, pero no veo modo de escapar de él". (El ser y la muerte, Alianza, 1988).
Leo en una nota de prensa que "la clave de la infidelidad masculina podría estar, al menos en parte, en el ADN". Lo afirman los investigadores del Instituto Karolinska de Estocolmo, "que han identificado un gen, el alelo 334, que gestiona la vasopresina, una hormona que se produce naturalmente (por ejemplo, con los orgasmos)" y que incita a la promiscuidad. Ya se ve que la fidelidad a una pareja depende, también, de una hormona singular. "Los hombres dotados con esta variante genética tienen más dificultades a la hora de mantener una relación estable". Nadie ama por obligación, como bien sabían los antiguos matrimonios, y parecen ignorar los ‘mandamientos' bíblicos al ordenar el amor a Dios. También el cocainómano es dependiente de su adicción por causa del menor tamaño de su amígdala cerebral. Según el neurocientífico español Francisco Mora, "puede ser causa de una conducta criminal la falta de serotonina en algunas áreas cerebrales, como se ha comprobado en el escáner". Lo mismo se observa en la actividad cerebral cuando una persona se recoge en oración, o cuando se bloquea el miedo con la hormona cortisol. Dependencia hormonal, y por tanto, química, en el comportamiento humano. Si se trata del hombre físico, la dependencia no puede ser más absoluta. Como dice Holbach, (Sistema de la naturaleza) siguiendo a Spinoza, "todo debería haber convencido al hombre de que es, en cada instante de su existencia, un instrumento pasivo en manos de la necesidad". Para él, por tanto, el hombre carece de verdadera libertad.
Los filósofos antiguos, que no tenían más instrumentos de conocimiento que las deducciones lógicas, distinguían el ‘hombre físico' del ‘hombre moral', dominado por el espíritu. Hoy, las investigaciones en neurociencias han llegado a determinar que la moral de una persona es un meme cultural, que se origina en el cerebro; incluso que los mentirosos habituales tienen un 14% menos de sustancia gris. (Véase el interesante libro ya citado, de Francisco Mora El cerebro sintiente, Ariel Neurociencia, 2000). Fue Sigmund Freud quien mostró el poder del inconsciente sobre nuestros deseos, aclarando las profundas raíces de nuestra dependencia. Dicho con otras palabras: somos dependientes, tanto de nuestros genes como de nuestros memes, pero si nuestro cerebro funciona con normalidad, sin carencias ni alteraciones profundas que modifiquen la personalidad, si segregamos la indispensable serotonina, si nuestro cerebelo dirige bien la orquesta neuronal, tendremos la suficiente voluntad para defender nuestra razón, nuestro juicio y nuestra conciencia frente a tantos condicionantes internos y externos. A este respecto, es Ridley quien nos advierte de que "no somos prisioneros de nuestros genes o de nuestro entorno. Tenemos libre albedrío". Y podemos salir de la prisión, añadiremos.
Ser libre significa ser uno mismo, lo que implica liberarse de las indeseadas ataduras del mundo ideológico y social del que formamos parte. Algo sustancial que no se nos da gratuitamente, como predicarían interesadamente tanto Pablo de Tarso como Agustín de Hipona, sino que hay que conquistar día a día mediante múltiples actos de voluntad disciplinada. Porque "la disciplina es lo que consigue transformar la animalidad en humanidad" (Kant). Es libre, diría Rousseau, quien se impone a sí mismo la obediencia a las leyes morales. Y Kant se pregunta, sin dar una respuesta:¿es libre un criminal? ¿o es un simple esclavo de sus pasiones? Pero la ciencia sabe que las personas incapaces de respeto a la ley tienen alteraciones funcionales en su cerebro. Hay personas que no pueden experimentar sentimientos de compasión, ni tienen remordimiento al cometer los más atroces crímenes. Es sabido que ni las emociones, por supuesto, ni los sentimientos dependen de nuestra voluntad. ¿Dónde, pues, está nuestra ‘culpa'? Sólo en nuestros actos, que han de ajustarse a las leyes naturales para cumplir la orden genética de la supervivencia, pero también a las cívicas y morales, admitidas como propias, porque no puede haber libertad si no me respeto a mí mismo y a los límites que he asumido voluntariamente. Esta es nuestra única ‘responsabilidad': usar bien de nuestra -escasa-- libertad. El sentimiento de ‘culpa' nos indicará si lo hemos conseguido.(Continuará).

