OJOS QUE NO VEN (32)
No somos tan libres como creemos. Presumimos de libertad sin caer en la cuenta de que nuestra voluntad se inclina por satisfacer sentimientos y deseos (inconscientes la mayoría) que pueden resultar negativos para nuestra felicidad. La verdadera libertad es la que satisface el ‘imperativo racional', es decir, la que, siguiendo las órdenes de nuestro cerebro, obedece a lo que nuestra razón nos muestra como lo mejor para la ‘emancipación' o ‘liberación' de cuanto nos esclaviza. Ningún ser es más dependiente que un bebé recién nacido. La primera dependencia es la de los padres (o de la sociedad, en su defecto). Crecer y madurar son dos fases de la vida con un posible denominador común, la liberación de todas las dependencias naturales que nos impiden ser nosotros mismos. Como escribe Orlando Patterson, "la libertad no forma parte de la condición humana, no es algo con lo que hayamos nacido" (La libertad, Editorial Andrés Bello, 1993), sino que el hombre "busca la liberación de toda traba interna o externa en su deseo de realizarse a sí mismo". La libertad de conciencia no es una herencia natural, tenemos que crearla, alimentarla y defenderla. Ni se hereda ni se regala, sino que su posesión requiere enormes sacrificios. Pero son sacrificios absolutamente necesarios para alcanzar la realización como persona racional. No sólo estamos llamados a la libertad, sino también a la autoconciencia de esa llamada, a la que todo individuo responsable debe responder.
Esclavitud y libertad son dos conceptos contrarios, pero tan íntimamente unidos que no se entiende el uno sin el otro. No existiría la libertad sin la posibilidad de la esclavitud, y viceversa. Son dos caras de la misma moneda, o mejor, dos realidades incompatibles entre sí, como el calor y el frío: cuando uno crece, el otro mengua. La vida humana sustancialmente se reduce, desde este punto de vista, a una lucha permanente para ampliar los límites de la libertad, eliminando cualquier clase de esclavitud, una vida siempre en marcha hacia un horizonte inalcanzable, un presente que siempre vive en el futuro. Es el punto de vista de Ludovico Geymonat, marxista italiano, discípulo de Gramsci, quien escribe que "tanto la libertad de los pueblos como la de los individuos remiten al concepto de lucha...La libertad es lucha continua contra los obstáculos de la libertad". Los pueblos han de emanciparse mediante la violencia física, como el individuo ha de sacudirse los prejuicios en una dura lucha interior. El hacer lo que me da la gana no es libertad sino esclavitud. He de someterme a un ‘imperativo moral'.
(Según Kant, el imperativo moral es un mandato que me obliga sin tener en cuenta ninguna otra finalidad de mi acción, sea de castigo o de recompensa. Este imperativo moral tiene que ser autónomo, es decir, sólo yo puedo dictarme a mí mismo la ley moral a la que me someto. Una ley impuesta por cualquiera de las divinidades supuestamente existentes sería heterónoma, de una voluntad ajena a la mía. De ahí que sólo me obligue moralmente cuando la haga ‘mía' y acepte la responsabilidad que conlleva su cumplimiento. Renunciar a la responsabilidad de mis actos es lo más indigno que puedo hacer, porque equivale a renunciar a ser dignificado por la libertad. La autonomía moral, por supuesto, es individual, no colectiva). La creencia individual en la libertad es natural, intuitiva, pero al fin el hombre comprende que es un esclavo de su naturaleza, como diría otro pesimista, el filósofo Arthur Schopenhauer, autor de El mundo como voluntad y representación (1818), que culmina la escala filosófica alemana iniciada por Kant y continuada por Fichte, Novalis, Hölderlin hasta llegar a Schpenhauser, con la disolución de la individualidad (A. Molina Flores, Doble teoría del genio. Sujeto y creación de Kant a Schopenhauer (Universidad de Sevilla, 2001).
Mi experiencia me dice, además, que la libertad es como el oxígeno que respiro, siempre mezclado de impurezas. Porque la libertad absoluta es un ideal inaccesible, condicionado por las leyes y las costumbres, sean naturales, morales o políticas. Por alto que sea el ideal perseguido, siempre deberemos ceder en algo, como nos advierte Isaiah Berlin (Cuatro ensayos sobre la libertad, Alianza Editorial, 1988) porque cada elección libre supone, por supuesto, una renuncia. Si se busca la libertad absoluta, lo que Berlin llama "libertad positiva", que anula la libertad individual para incardinarse de lleno en la masa organizada, se cae de bruces en el despotismo y en la pérdida de la propia libertad, a la que Berlin califica de "libertad negativa". La consecuencia más inmediata es que la libertad es personal e intransferible (y escasa). Difícilmente habrá dos seres humanos que coincidan en la ‘cantidad' de libertad de que disfrutan.
La palabra clave es liberación, que equivale a emancipación, a independencia física, moral, psicológica, sentimental o ideológica, en las diferentes etapas y aspectos de la vida. Hay quien se queda a medio camino y quien desea ardientemente llegar a la meta final para realizarse como ser racional, en un horizonte desgraciadamente utópico: "ninguna vida humana, ninguna pasión humana, ningún amor humano parece concebible sin un horizonte utópico" (Albrecht. Wellmer, "Modelos de libertad en el mundo moderno", capítulo incluido en La herencia ética de la Ilustración, Crïtica, 1991). En este sentido, la monumental estatua de La Libertad, en la bahía de Nueva York, como la más reciente en la ciudad europea de Riga, símbolos de una aspiración universal, no dejan de ser un colosal monumento a la Utopía. Pero también es cierto que sin un horizonte utópico no hubiera sido posible ningún tipo de humanidad.
Dado que la libertad no es un atributo inherente a la condición genética, su origen ha de ser histórico, cultural y socialmente elaborado desde hace unos pocos miles de años, cuando el crecimiento azaroso del cerebro convirtió al homínido en ser pensante y deliberante. Desde un punto de vista político, sin libertad no puede haber igualdad ni democracia, como de hecho ocurre en tantos rincones del planeta. En el clarificador "Mapa de la Libertad" que, desde 1973, publica la organización Freedom House, entendiendo por libertad exclusivamente la democracia política, aunque se van reduciendo las diferencias todavía queda muy lejos la utopía liberal, siquiera desde un punto de vista formal y jurídico. La libertad social no existe, pues, para millones de personas que ni siquiera llegarán a conocerla en su corta vida. Tampoco existe para los castigados por la sociedad, privados, precisamente, de libertad por una condena. Ni para los enfermos mentales, incapaces de elegir. Ni para tantos otros, incapacitados por el miedo o el terror político. Como escribió Karl Popper, el gran defensor de la libertad: "Todos los que se han propuesto traer a la Tierra el paraíso, sólo han creado un infierno" (El universo abierto, Tecnos, 1986). Todos ellos han de ser acusados de fanatismo, por muy buenas que pudieran parecer sus intenciones. Porque, en definitiva, la libertad no se puede imponer, porque ya dejaría de ser una opción personalmente aceptada. La emoción de sentirse libre, que sólo corresponde al ser humano, es la mayor de las posibles satisfacciones. Como escribió Esquilo en su Prometeo encadenado: "No cambiaría mi desgracia por tu esclavitud". (Continuará).

