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La Coctelera

La bitácora de Vandalio

Temas variados sobre humanismo, sociedad y religión

3 Febrero 2009

OJOS QUE NO VEN (34)

 

No hay esclavitud más sutil y adormecedora que la del dogma religioso. Cuando la razón es sustituida por la fe en algún dios, no hay pensamiento libre sino lealtad incondicional, fanatismo ciego, tanto más peligroso cuanto que es inevitablemente alienante. Mientras la doctrina sobrenatural no pase por el tamiz de mi juicio razonante, mi religiosidad no será libre, estará esclavizada al criterio de autoridad, ajeno a mí, intolerante y absorbente, con pretensiones de validez universal. Pero sabemos que no es así, ya que la ‘inventada' voluntad divina, expresada en las doctrinas más dispares, sólo tiene valor de creencia para un grupo social limitado. Al imaginar y venerar tantos dioses diferentes, no puede haber una voluntad divina o sagrada de valor universal, la cual depende  sólo de la fe, que es múltiple y variada. Habrá que buscar, como Kant, la validez universal de los códigos religiosos y morales en el imperativo categórico de la razón humana, único criterio axiológico universal para todos los nacidos, ayer y hoy, en este pequeño planeta, insignificante ‘objeto volador' en el extremo de una galaxia, perdida en la infinitud del cosmos. La voluntad encontrará su libertad cuando se someta a las leyes morales establecidas por ella misma, ya que la libertad no excluye la ley, sino que la supone. Es el ‘deber' kantiano, libremente asumido, la ética basada en la razón y en la voluntad de ejercer mi libertad. 

No nos dejemos engañar. El determinismo del homo sapiens, consecuencia del poder determinante de genes y memes, ha de convivir con la libertad que me diferencia de otras especies animales. Incluso para los que creen en la existencia de un dios personal, debería quedar claro que si es ese dios quien pre-determina la salvación del hombre, la libertad es innecesaria; y si, por el contrario, es la propia libertad la determinante de la futura salvación o condenación, ese supuesto dios queda descalificado, limitado en su poder y en su misericordia, algo ajeno a la infinitud de sus atributos. (Gonzalo Puente Ojea ‘dixit':  Imperium crucis, Kaydeda, 1989). ¿Serán o no compatibles la libertad y el destino predeterminado? Ambas proposiciones se equivocan, tras siglos de inútiles controversias, como se estudian en el libro de Juan Arana Los filósofos y la libertad (Síntesis, 2005). Es falso que todos tengamos la misma idea de la libertad. Lo primero que hay que hacer es analizar qué significa para nosotros esa palabra tan manida de libertad. Hay diferencias entre filósofos de la misma tradición. John Stuart Mill no es igual que Hobbes o Hume; las ideas de Rousseau no son las de Holbach; Jean-Paul Sartre no dice lo mismo que Kant. A todos ha podido perder la confusión lingüística: asumidas las dos libertades de Berlin, tenemos dos ideas equívocas sobre la libertad, que podrían corresponderse con las dos palabras inglesas Freedom (condición humana para poder elegir) y Free Will (libre albedrío o capacidad personal para actuar). (Ted Honderich, ¿Hasta qué punto somos libres? El problema del determinismo, Tusquets, 1995).

Quien defienda el determinismo absoluto, al mismo tiempo está defendiendo que la libertad humana es imposible. Si todo está pre-determinado en nuestros genes ¿para qué quiero la libertad? Soy un autómata  que no hago más que seguir, quiera o no quiera, la orden imperativa de las leyes naturales (o divinas, para el creyente) que me indican el camino.  Aquí la ciencia, además de enseñar que estamos determinados genéticamente, no tiene más remedio que admitir el componente azaroso que nos permite disponer de ‘alguna' libertad. El español Miguel de Unamuno, en su agónico vivir religioso, así lo comprendió y dejó escrito en una brillante sentencia de su libro La agonía del cristianismo: "El azar es la raíz de la libertad". Efectivamente, si me siento libre, aunque sea en una pequeña proporción, no tengo más remedio que admitir el azar entre los fundamentos de mi condición humana, que incluye la lucha por la ampliación de esa libertad tan escasa que me constituye como individuo.  

Terminaré con unas frases enigmáticas, pero esclarecedoras para quien acepte el simbolismo como explicación del misterio de la vida: "No existen ni Dios ni la libertad arbitraria. El significado profundo de la autodeterminación deliberante es la ley fundamental de la vida humana: la responsabilidad del hombre ante sí mismo, ante el misterio de su animación" (Paul Diel, Dios y la divinidad, FCE, 1986). Por eso, en la escala de valores que motivan a cada ser pensante, ninguno podrá enorgullecerse de su dignidad personal si no coloca a la libertad en el peldaño más alto. Mi dignidad es consecuencia de mi libertad. No puede haber progreso, ni para los individuos, ni para los pueblos, sin la aspiración a ser libres. Aun sabiendo que la libertad, como ideal utópico, es un espejismo que alimenta nuestra esperanza al cruzar el desierto misterioso y angustioso de la existencia personal.

Desgraciadamente, no toda persona es libre para escribir sobre la libertad. Cuando se está esclavizado a un dogma, sometido a una doctrina religiosa excluyente, es imposible tener la libertad de pensamiento necesaria para modificar o incluso rechazar esa doctrina. Si no hay libertad de pensamiento y de expresión, difícilmente se puede entrar en discusión ni filosófica ni científica sobre una doctrina que se considera verdadera, sin posible discusión. Por eso la teología no puede figurar en el cómputo de las disciplinas científicas, ni  ser aceptada entre las ciencias humanas. Son miles los autores católicos que han intentado decir ‘la última palabra' sobre la libertad, pero el resultado ha sido, en la mayoría de los casos, un fraude intelectual. "La verdad os hará libres" es una máxima religiosa que parte de un falso concepto de la ‘verdad', ya que se entiende como la enseñada por la única religión supuestamente ‘verdadera'. Sin embargo, esta verdad no puede estar determinada ni ser absoluta, porque hay tantas ‘verdades' como religiones. Nuestro deber es buscarla sin condicionamientos, aunque lo que encontremos sea una sucesión de ‘invenciones' de la poderosa fantasía humana. Como podemos leer en Cicerón: "No cabe límite alguno a la búsqueda de la verdad...cansarse de buscar es un oprobio, cuando es tan bello lo que se busca" (Del supremo bien y del supremo mal, I,3).

Terminaré con unas frases del Barón de Holbach, que niega la libertad, a pesar de que en su época no se conocían los datos científicos que avalan sus palabras: "Para ser libre haría falta que el hombre fuese más fuerte que la naturaleza, o que estuviese fuera de esta naturaleza [...] Su esencia es amar lo que excita en él la sensación de agradable[...] Es atraído y su voluntad determinada por los objetos que le parecen útiles[...] Actuamos necesariamente, a consecuencia de un impulso del cerebro[...] La elección no prueba la libertad, pues la voluntad se decide en función de la mayor ventaja [...] Nunca somos dueños de las determinaciones de nuestra propia voluntad y por tanto jamás actuamos libremente [...] El sentimiento de ser libre se funda en nuestra ignorancia. Es una quimera que la experiencia debe pronto destruir" (Sistema de la naturaleza, Laetoli, 2008).

Contradicciones filosóficas que han convivido siempre con los pensadores de todas las épocas. Pero el último reducto del hombre es su conciencia y a ella hay que acudir si se trata de conocer los límites de su libertad. La conciencia es una ciudadela acorralada, pero con unas altas murallas que la defienden de cuantos desean conquistarla. Esas murallas que, paradójicamente, nos condicionan y nos protegen, son las "fronteras de la libertad". De la libertad de conciencia, verdadero tesoro del ‘animal humano', que ignora su origen y su destino, pero que es único, efímero e irrepetible.

 

FIN DE LA PRIMERA PARTE

 

  

(Aquí termina El misterio de la vida, PRIMERA PARTE del  libro OJOS QUE NO VEN, CORAZÓN QUE NO QUIEBRA, dedicado a la memoria del ariete científico del siglo XIX Charles Darwin, que nos abrió los ojos sobre nuestro origen animal, y cuyo centenario conmemoramos. En las próximas semanas comenzará  la SEGUNDA PARTE, con el título de La invención de los espíritus)

 

 

 

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Soy filólogo ya jubilado, me gusta escribir y deseo mantener mi propia bitácora para ofrecer mis experiencias, ideas y sentimientos sobre la vida a quienes -jóvenes o viejos- las quieran compartir.
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