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La Coctelera

La bitácora de Vandalio

Temas variados sobre humanismo, sociedad y religión

18 Febrero 2009

OJOS QUE NO VEN (36)

La invención de los espíritus (1)

La Imaginación:

Esta potencia soberbia, enemiga de la razón,

que se complace en controlarla o dominarla,

para mostrar cuán poderosa es en todo,

ha establecido en el hombre una segunda naturaleza.

(Pascal, Pensamientos)

En los festejos populares de todas las culturas, conservados hasta hoy, caminar o saltar sobre el fuego significa trascender la pobre condición humana, como señala Mircea Eliade (Mitos, sueños y misterios, Grupo Libro 88, 1991). Es una manifestación pública de la pequeñez del ser humano, que desea ser inmortal pero se sabe impotente ante la naturaleza que le rodea y que, inevitablemente, le conducirá al sufrimiento, la enfermedad y la muerte. Males que, superando al fuego, deberá conjurar suplicando la continuación de la supervivencia a esos ‘entes’ no materiales que gobiernan el universo, sean luces celestiales o espíritus poderosos, invisibles a los ojos mortales. De aquí a la consideración del ‘misterio de la vida’ no hay más que un paso, sobre todo si de un humano primitivo se trata, tan ignorante del sentido de su existencia y tan lejano de las explicaciones científicas modernas, que a nosotros nos sirven para aclarar el ‘misterio’, sin necesidad de desafiar la potencia simbólica del fuego.

En el principio de la especie, rodeado de misterios y fenómenos naturales que no comprendía, el hombre primitivo hubo de imaginar (no, desde luego, por revelación de ningún dios) la existencia (ilusoria) de unos seres invisibles y poderosos, causantes de todos los fenómenos adversos de la naturaleza, pero también de su propia existencia, inexplicable en su sentido último del porqué y para qué de una vida no solicitada, que implicaba la esclavitud a unos deseos, sentimientos y emociones no controlados, tanto como a la violencia, el sexo, la comida, el sueño y la muerte. Sin duda, algún ‘espíritu’ gobernaba sus pensamientos y sus movimientos. También imaginó lo propio en la vida vegetal y animal, incluso en los diversos sucesos de la naturaleza inanimada, dando vida en su imaginación a unos seres no materiales, portadores de la ‘animación’ vital y del dominio de la naturaleza, que tenían su origen y morada en el cielo estrellado. Y en la cúspide de esta imaginada ‘familia celestial’ señoreaban los ‘espíritus supremos’, dioses creadores y dueños absolutos de todo lo material, a cuyo servicio estaban miríadas de espíritus inferiores, que constituían los ‘ejércitos celestiales’.

Estas y otras ideas afines venían a mi imaginación al visitar, en la periferia de Antequera (España), el magnífico conjunto arqueológico de dólmenes del Neolítico, en especial al entrar, con admiración y ánimo sobrecogido, en el primer lugar megalítico de culto ‘sagrado’ de la península, el dolmen de Menga, construido con enormes bloques de piedra hace más de seis mil años. Muy cerca, el dolmen funerario de Viera, donde estas primeras comunidades agrarias, agricultores y pastores andaluces de una misma identidad tribal, enterraban a sus difuntos en una fosa común. Sin poderlo precisar con exactitud, el hombre primitivo tenía ya una idea –falsa pero activa- de los dioses y del alma individual que animaba su voluntad, su razón y sus sentimientos.

La transmisión oral de estas creencias dio origen a los primeros códigos religiosos, mejor, a las múltiples y muy distintas religiones que, basándose en la supremacía de lo ‘sagrado’, comenzaron a organizar la vida social de las comunidades tribales, sin más apoyo que la poderosa imaginación del homo sapiens. Sus consecuencias acompañan a la historia de la humanidad como la sombra al cuerpo en un día soleado y luminoso. Incluso en nuestros días, mediante un esfuerzo casi sobrehumano, cualquier persona que intente hacer valer su razón y los incesantes hallazgos de la Ciencia sobre los desvaríos de la imaginación, por encima de sentimientos y creencias, habrá de entablar una titánica lucha contra el resto de la sociedad que sigue creyendo en dioses, ángeles, demonios, almas y demás espíritus creados por la fantasía humana. Yo, desde luego, no puedo concebir lo inmaterial, y mucho menos, como diría Pascal, “cómo un cuerpo puede estar unido con un espíritu”. Por eso quiero escapar de la ‘estafa’ intelectual con que han querido someter mi docilidad los interesados ‘vendedores de maravillas’ en cualquier parte de los cinco continentes.

La creencia en los espíritus inmortales –llámense almas, ángeles o dioses- es una opción de fe. Nadie los ha visto ni oído, como no sea en sueños nocturnos o provocados por sustancias alucinógenas, en experiencias místicas inenarrables. Ni los sentidos ni la razón ni la ciencia tienen nada que decir en este asunto. Sólo la fantasía, la poderosa imaginación del ser humano, que imagina la existencia de seres invisibles para encontrar alguna explicación al misterio de la vida. Con meridiana claridad lo expone, desde el lado de la ciencia, el neurólogo español más conocido, el catedrático Francisco Mora: “Ante una pregunta o serie de preguntas no contestables, o un problema que uno no puede resolver, el cerebro innatamente tiende a ‘conjeturar’, a ‘inventarse’ algo” (El sueño de la inmortalidad, Alianza, 2003). Así, el estudio de los espíritus pertenece a la fe, y sus capciosas conclusiones sólo pueden ser asumidas por una persona de fe, es decir, que prescinda de su juicio crítico, de su razón, y se entregue con fervor irracional en brazos de una creencia no demostrable.

Entre la fe y la razón no hay componendas posibles, por más que alguien pretenda “estar en misa y repicando”, como advierte gráficamente el refranero español. Son dos mundos antitéticos, que marchan por caminos divergentes condenados a no encontrarse jamás. El estudio científico de la ‘invención’ los espíritus, por el contrario, es posible gracias a la psicología, incluso a la psiquiatría, y a la disección experimental propia de las neurociencias, que excluye de su horizonte racional cuanto han dicho los visionarios, tanto de ayer como de hoy. Visionarios a los que no se debe culpar –yo, al menos, así lo pienso- por haber creído a pies juntillas en sus ficciones oníricas, alimentadas por sus memes ambientales o por sus deseos incontrolados de vida eterna. Todos –o casi todos, para no generalizar- los que han predicado la ‘buena nueva’ de la salvación lo han hecho de buena fe, con deseo de conseguir una futura humanidad éticamente aceptable, y gozosa en su disfrute de la divinidad, aunque para ello hayan tenido que verse obligados a esclavizar los cerebros, sometiéndolos a su fantasioso criterio. Soy de la opinión de que a ninguno de esos ‘apóstoles de la verdad’ (a casi ninguno) se le puede acusar de propagar conscientemente una ‘mentira’, por muy piadosa que sea. Doy por supuesto que no han tenido ni tienen intención de engañar, sino tan sólo de consolar y ‘redimir’ a los hombres de un ‘pecado’ de ignorancia o de soberbia. Como se ve, no lo han conseguido. Porque la ciencia avanza a pasos agigantados y cada día nos abre los ojos a una nueva realidad: todo(o casi todo, de momento) lo mitificado por el hombre puede ser explicado por la ciencia.

Esa ‘creación’ o ‘invento’ de los primeros humanos, que fueron los espíritus, es el comienzo de una interminable batalla por la explicación de la existencia. En esta secular batalla entre creyentes y no-creyentes, espiritualistas y materialistas, han tenido hasta hoy la voz cantante los primeros, pero es de esperar que la mente racional reaccione ante los avances de la ciencia y sustituya su fe por meras costumbres tradicionales. La espiritualidad es heredada, como dice Hamer, “un rico tapiz en el que la naturaleza es la urdimbre y la educación la trama”. Los genes heredados me predisponen, pero son los memes socialkes y culturales, aprendidos, los que me esclavizan. El ser humano podrá en el futuro seguir imaginando espíritus, almas, ángeles, demonios y dioses, pero a sabiendas de que no existen en la realidad, sino que fueron ‘inventados’ por sus ignorantes antepasados, mitificando las múltiples energías de la naturaleza, a las que ha denominado espíritus. En primer lugar, su alma. (Continuará).

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Soy filólogo ya jubilado, me gusta escribir y deseo mantener mi propia bitácora para ofrecer mis experiencias, ideas y sentimientos sobre la vida a quienes -jóvenes o viejos- las quieran compartir.
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