OJOS QUE NO VEN (37)
La invención de los espíritus (2)
Aunque el alma siempre es, por definición, un espíritu inmaterial, sea o no inmortal en las diversas doctrinas religiosas, la palabra espíritu no siempre coincide con el concepto de alma individual, destinada a la felicidad eterna. Los textos bíblicos anteriores al cristianismo están plagados de otros ‘espíritus’ inmateriales, como los ángeles, mensajeros intermediarios entre el hombre y Dios, que es el espíritu por excelencia, atributo del dios Yahvéh (Sal 139:7; Zac 4:6), creador omnipotente (Gén 6:3; Is 11:2 y 61:1) que anima con su aliento todo lo viviente (Gén 7:22) porque la vida comienza con el hálito vital del dios creador (“envías tu soplo y son creados” Sal 104, 30). El espíritu vivificador que anima los cuerpos humanos es el ‘aliento’ de Yahvéh (Gén 1:2; 2:7; 6-3) que le puede ser retirado, sin que suponga la pérdida de la vida, como le ocurrió a Sansón, cuando Yahvéh “se había apartado de él” (Jue 16:20) aunque a veces pueda suponer la muerte: “Todo cuanto respira hálito vital, todo cuanto existe en tierra firme, murió” (Gén 7:22). Es, por tanto, el alma un ‘viento’ que da fuerza para actuar, salido de la boca de Yahvéh (Gén 3: 8; Ex 10:13-19), que puede ser individual, ya que el hombre vive “mientras el aliento de Dios está en su nariz” (Job 27:3), pero también colectivo, porque “está en medio del pueblo de Dios” (Is 63:11). El espíritu de Jahvéh es también una guía para el hombre, como dice el salmista: “Tu espíritu, que es bueno, me guía/ por una tierra llana” (Sal 143:10).
La indefinición aumenta cuando el dios de los hebreos es imaginado como un ser antropomorfo. Los primeros libros sagrados hablan del rostro de Yahvéh (Gén 33:10) y (Sal 51,13) de su nariz (Éx 15:8), de su boca (Sal 33:6), de su brazo (Is 40:10), de su mano (Éx 9:3; Dt 2:15) y de su aliento o fuerza vital, que actúa sobre la naturaleza: es el “espíritu” o la “fuerza” de Yahvéh. Resulta clarificador que los textos más antiguos no atribuyen al “espíritu” de Dios más que acciones físicas, nunca morales. Con el profeta Isaías ya ese espíritu divino actúa sobre el comportamiento humano: otorga “espíritu de juicio al que se siente en el tribunal y energía para los que rechazan o los que atacan” (Is 28:6). Gracias a ese espíritu “reposará en la estepa la equidad, y la justicia morará en el vergel” (Is 32:15). A los profetas del Señor, que han recibido “su espíritu…se les llamará robles de justicia, plantación de Yahvéh para manifestar su gloria” ( Is 61:3). Es la metáfora, instalada poéticamente en la pluma del escriba judío.
En un momento posterior, el precioso libro griego de
Otras acepciones de la palabra espíritu recogidas en el Antiguo Testamento se alejan de esta consideración de hálito vital, ya que se puede renovar, como en la nueva alianza comentada por Ezequiel: “Yo les daré un espíritu nuevo” (Ez 11:19). Es el caso del pecador David, que le pide a Yahvéh “un espíritu firme dentro de mí renueva…no retires de mí tu santo espíritu” (Sal 51:12). Si en los textos anteriores Dios anula la libertad del hombre, en el libro de los Proverbios le hace responsable de sus actos, porque Yahvéh “pondera los espíritus” (Prov 16:2) y “pesa los corazones” (Prov 21:2). Separados, a veces, por cientos de años, los varios escritores que redactaron los diversos libros de
Los ‘espíritus’ bíblicos pueden conceptualizarse hasta llegar a identificarse con una alegoría de ideas abstractas como la ‘gracia’ de Zacarías (Zac 12:10), que también escribe sobre “el espíritu de impureza” (Zac 13:2); Oseas habla del “espíritu de prostitución” (Os 4:12 y 5:4). Por su parte, el profeta Isaías alaba a Yahvéh por haber infundido en los faraones de Egipto “espíritu de vértigo” (Is 19:14) y en Jerusalén “espíritu de sopor” (Is 29:10). Aunque en ocasión más alegre, al tratar del descendiente del rey David, (“un vástago del tronco de Jesé”) dice que “reposará sobre él el espíritu de Yahveh, espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y temor de Yahvéh” (Is 11:2). El todopoderoso espíritu de Yahvéh es quien actúa sobre los suyos en toda circunstancia: se apodera de Sansón (Jue 13:25), de Gedeón, de Jefté y de Saúl, quien entra en trance al sentir “el espíritu de Yahvéh” (1Sam 10:5-13). Unas veces lo hace en forma permanente, otras en razón de una misión particular. Así, descansa sobre Moisés (Núm 11:17-25), se comunica con Josué (Núm 27:18), viene sobre David (1Sam 16:13), sobre Elías y Eliseo (1Re 2:9), reside en el corazón de los sabios, si lo suplican, como Salomón: “supliqué y me vino el espíritu de sabiduría” (Sap 7:7). Todos los profetas incluidos en

