OJOS QUE NO VEN (38)
La invención de los espíritus (3)
Puede decirse que las doctrinas pre-bíblicas sobre los espíritus son incorporadas por los autores del Antiguo Testamento, quienes, según está demostrado por los historiadores de las religiones, escogen un dios –Yahvéh- entre los numerosos existentes en los pueblos vecinos del Oriente Medio y lo convierten en su único dios, cuyo espíritu fortalece o castiga, anima o condena a los inconstantes hebreos, que caminan durante años por el desierto hasta apoderarse de la tierra prometida. Incluso el Mesías anunciado por los profetas es imagen fiel de otros anteriores, todos nacidos milagrosamente de una madre virgen, como el dios egipcio Horus, que nació de
Pero tampoco hay en el ‘pueblo elegido’ unanimidad de creencias. Si los saduceos, según Flavio Josefo, creían que el alma muere con el cuerpo, los fariseos seguían fieles a la doctrina de los antiguos profetas, como Isaías, que anuncia la vida perdurable, ya que todos los difuntos están destinados al seol (Is 14: 19-11), donde “se reunirán con sus padres” (Gén 25, 35 y 49). El dios bíblico Yahvéh interviene continuamente y con exclusividad en la vida del pueblo hebreo. Siendo responsable de toda criatura, se desentiende de toda otra raza, pueblo o civilización que no fuese la ‘elegida’, es decir, los privilegiados protagonistas de la historia bíblica. Desde una visión universal del hombre como especie, el escriba que recibe la ‘revelación’ no se ocupa de chinos, africanos, europeos (mucho menos de americanos o australianos, humanos aún por descubrir) sino que para él –es decir, para su dios parlante- no existe más población humana digna de ese nombre que el reducido grupo hebreo, al que destina, como quien puede repartir las tierras a su gusto, un pequeño trozo del Oriente Medio. (¿Este es el ‘creador’ y ‘padre’ de todos los humanos?).
Las ‘revelaciones’ se suceden para orientar los pasos, no siempre fieles, de ese pueblo amado. Ocultando siempre su ‘rostro’, el supremo espíritu ordena a Moisés la reconstrucción de las tablas de
La herencia pre-bíblica de fe en seres invisibles no se concreta, como vimos, en una doctrina unívoca y fiable en el libro sagrado del monoteísmo. Cada uno de sus autores, separados entre sí por decenas, incluso centenares de años, expone la idea que ‘imagina’ del espíritu divino, la cual no queda finalmente establecida y respaldada hasta la aparición de los teólogos medievales, influidos por las teorías filosóficas de los griegos Platón y Aristóteles. En los primeros tiempos se llega incluso a ‘santificar’ el espíritu de Dios, al que se conoce como Espíritu Santo: “Al que blasfeme contra el Espíritu Santo no se le perdonará” (Lc 12:10). En los Hechos de los apóstoles, queda simbolizado como una paloma blanca, que ilumina y concede milagrosos dones a los apóstoles de Jesús el día de Pentecostés. Para la secta de los montanistas (165 d.C.) el Espíritu Santo completaba con nuevas revelaciones las enseñanzas del Mesías, porque “el Espíritu Santo es una fuerza viva que se manifiesta a los elegidos en sueños…para propagar nuevas profecías”. (Continuará).

