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La Coctelera

La bitácora de Vandalio

Temas variados sobre humanismo, sociedad y religión

22 Febrero 2009

OJOS QUE NO VEN (39)

 

La invención de los espíritus (4)

Desde fuera de la ortodoxia, podría pensarse que este poderosísimo Espíritu Santo, que interviene en la vida espiritual de los creyentes, es el alma de Dios, si Dios tuviese algún tipo de alma distinta de su esencia. Ya hemos visto que el Dios Supremo no puede tener conciencia y parece el mayor de los absurdos preguntarse por el alma de Dios. Pero ¿qué puede sorprendernos de una doctrina que enseña dogmáticamente la existencia de "tres personas en una", Padre, Hijo y Espíritu santo? Locura sobre locura, ataque frontal al juicio crítico de cualquier persona sensata. Sin embargo, el creyente cierra los ojos y dice que no quiere ver. Le basta con su fe, por muy irracional y demente que sea. Yo cierro los míos y comprendo que estos millones de hermanos en la fe están dominados por un ‘error invencible', sin posibilidad de una ‘conversión' a la verdad de la ciencia. No puedo hacer nada, pero tampoco lo deseo. Para mí la religión es íntima y personal. Cada uno ha de buscar la felicidad a su manera, y no se le debe reprochar por eso. Solamente será reprobable cuando esa fe, sea la que fuere, olvida el respeto a las demás creencias y pretende imponer la propia por la fuerza. 

Y si buceamos un poco más en la historia de la lengua, encontramos acepciones no religiosas, digamos ‘laicas', de la palabra espíritu. Así, es común hablar del ‘espíritu del vino', ‘espíritu de contradicción', ‘espíritu de la raza', ‘espíritu caballeresco', ‘espíritu renacentista', ‘espíritu quijotesco', ‘espíritu emprendedor', ‘espíritu joven', ‘espíritu infantil', incluso ‘espíritu cristiano', y tantos otros que nada tienen que ver con el alma como ‘espíritu de la vida', creado para vivificar un cuerpo humano, con destino final en la eternidad de la contemplación beatífica del Ser Supremo, consecución última de la deseada felicidad, en el imaginado paraíso de las tres religiones monoteístas.

En el siglo XVIII, cuando se quiebra la dictadura del pensamiento teológico, los filósofos franceses se lanzan con entusiasmo a la exposición y propagación del ‘nuevo espíritu' europeo. Es la hora de Morelly con su Ensayo sobre el espíritu humano (1745) y de Montesquieu con el célebre estudio sobre El espíritu de las leyes (1748), donde intenta liberar a la legislación de la tiranía teológica. Diez años más tarde, Claude-Adrien Helvétius define al ‘espíritu ilustrado' como "el conjunto de ideas nuevas" que promueven el bienestar de la humanidad (Sobre el espíritu, 1758), sacudiendo las ideas recibidas del Altar y del Trono. En el discurso 4 de su estudio, Helvétius trata "de los diferentes nombres dados al espíritu", en donde confirma la "penuria de la lengua" (en este caso francesa, pero que es aplicable a todas las demás) para definir una palabra tan ambigua como espíritu: "nos vemos obligados a tomar mil acepciones distintas, que no se distinguen más que por los calificativos que se unen a la palabra espíritu".

Como era de esperar, para Paul Diel, que todo lo reduce a los símbolos, el espíritu no es una función psíquica que surge de una forma inexplicable y casi sobrenatural en el curso de la evolución, sino que se encuentra ya prefigurado, aunque de forma todavía preconsciente, en el funcionamiento del organismo psico-físico, "de manera que la adaptación evolutiva no tiene otro fin que el de desplegar el germen inmanente del espíritu" (Dios y la divinidad, FCE, 1986). Lo que equivale a presentar el espíritu como la razón, alejándose mucho de la doctrina religiosa. El alma, por el contrario, no es sino un término ficticio, sigue diciendo Diel, que "corresponde a la ‘fuerza' en física, que actúa desde el interior".  En conclusión, la palabra espíritu no es unívoca y debemos, por tanto, especificar en cada alusión su exacto significado. La antítesis paulina que contrapone  la letra al espíritu, en sus epístolas a los Romanos y a los Corintios ("La letra mata, el espíritu vivifica") se refiere a las leyes humanas y a las divinas, acepción novedosa, pero alejada del ‘espíritu eterno' que anima al ser humano y que recibió acta de naturaleza con la fantasiosa ‘invención' del homo sapiens. Esta es la única acepción que engloba en su significado el sueño de la inmortalidad: cuando usamos espíritu como sinónimo de alma inmortal.

Naturalmente, estas ideas de los ‘espíritus inventados' han de chocar frontalmente con quienes creen en su realidad, desde los fieles cristianos hasta los fieles seguidores de la doctrina espiritista, cuyos principios se pueden resumir en la sentencia primordial de que "el espíritu es la sola realidad". Para ellos, la materia no es más que su expresión inferior, cambiante, efímera, porque "la creación es eterna y continua como la vida, y el alma humana, la individualidad, es inmortal por esencia", siendo la reencarnación "su ley evolutiva". Edouard Schuré resumía el pensamiento espiritista en este párrafo: "Sólo la certidumbre del alma inmortal puede convertirse en la base sólida de la vida terrestre, y sólo la unión de las grandes religiones, por medio de un retorno a su fuente común de inspiración, puede asegurar la fraternidad de los pueblos y el provenir de la humanidad". Es una utopía, como tantas otras, de imposible cumplimiento.

Además, falsamente cimentada en la "certidumbre del alma inmortal". ¿Cómo se consigue esa certidumbre? Sólo por la fe. Es decir, por la irracionalidad. Estas palabras las dejó escritas para el prefacio de la 91ª edición de Los Grandes Iniciados (la primera es de 1889), obra fundamental del espiritismo, interesante en su parte histórica, pero fantasiosa en la doctrinal. No existen, según todos los discursos racionales, ninguna clase de espíritus, aunque sí ha habido en todos los tiempos "grandes iniciados", a los que habrá de culpar del mundo de patrañas espirituales en el que vivimos. Pero fueron seres humanos ‘autosugestionados', de poderosa imaginación, de intenciones buenas pero falsas, según creo. No me atreveré a calificar a ninguno de ‘impostor', como hace un anónimo clandestino del siglo XVII, que comentando a Spinoza escribió La vida y el espíritu del señor Benedicto de Spinosa, o Tratado de los tres impostores (Moisés, Jesucristo y Mahoma). Hay edición moderna de Pedro Lomba (Tecnos, 2009).

La creencia en espíritus ha sido aceptada por gran parte de la Humanidad, no por la influencia (decisiva en la mayoría de los casos) de los predicadores sino porque responde a la esencia misma de la evolución psíquica del cerebro humano, dotado de imaginación ‘creadora'. Pienso que todos los animales, en proporción a su cerebro, disfrutan de imaginación, en especial nuestros más próximos parientes, como orangutanes, bonobos y chimpancés, pero ninguno de ellos la usan para ‘inventar' o ‘crear' algo  inmaterial y extracorporal, como los espíritus . Este es privilegio exclusivo del homo sapiens , dotado de una ‘poderosa imaginación creadora'. (Continuará).

 

 

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Soy filólogo ya jubilado, me gusta escribir y deseo mantener mi propia bitácora para ofrecer mis experiencias, ideas y sentimientos sobre la vida a quienes -jóvenes o viejos- las quieran compartir.
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