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La Coctelera

La bitácora de Vandalio

Temas variados sobre humanismo, sociedad y religión

24 Febrero 2009

OJOS QUE NO VEN (41)

 

El poder de la imaginación (2)

La creencia en otro mundo tiene, pues, raíces tan profundas como la propia historia del ser humano  ‘sapiente' (Paleolítico). Pero la tierra de la que se alimenta es la fantasía, la exaltada imaginación, que favorece el ‘autoengaño', la cualidad "más humana" en opinión del psicólogo sevillano Luis Rojas Marcos, Comisionado de los Servicios de Salud Mental de Nueva York.  Como explicita Friedrich Nietzsche, "interpretamos el mundo a través de nuestros deseos". El autoengaño no sólo es posible, sino que resulta inseparable de la condición humana. Se elabora en el inconsciente, como un truco mental, para mantener la paz de nuestra mente, sacrificando la percepción correcta de la realidad.  Nos engañamos a nosotros mismos para defendernos de la realidad que nos presentan la razón y la ciencia. El autoengaño es autodefensa. 

Así es desde el comienzo de los tiempos, con el dominio absoluto de la imaginación y del inconsciente embaucador ante el misterio. El hombre de Neandertal  desapareció, después de convivir en el tiempo durante unos cinco mil años, con el hombre de Cro-Magnon y el hombre de Chancelade, dos variedades de la especie sapiens sapiens, presentes en Europa y autores de las primeras manifestaciones artísticas no hace aún 30.000 años, cuando nos regalaron las primeras pinturas rupestres, reveladores exponentes de la creciente imaginación de los humanos, sobre todo en los abrigos naturales de Francia y España. El período Cuaternario es, pues, la época en la que comienza la historia de la cultura humana, por obra de la imaginación. Con la evolución cerebral que distingue a una especie de otra, van madurando la razón y la imaginación, las dos fuerzas que definen al verdadero ser humano. Pintar, aunque sea simbólicamente, es ya una muestra de imaginación poderosa, que puede desarrollar cualidades entendidas como mágicas, porque son capaces de abstracción y de ilusión.

La gran civilización egipcia fue la que codificó, hace al menos cinco mil años, los ‘saberes' y las ‘fantasías oníricas' del hombre primitivo, dejando huella escrita de la cosmovisión heredada, tanto bajo las arenas del desierto como en los muros de sus templos de piedra caliza. La Paleta de Narmer, conservada en el Museo de El Cairo, está considerada como una de las piezas artísticas más antiguas del mundo egipcio, datada en 3.000 a.C., en la que ya se representa a uno de los primeros reyes de Egipto. Reyes-dioses, en cuyos sepulcros se pueden contemplar con asombro las pinturas milagrosamente  conservadas en las blancas paredes, todas ellas con figuraciones humanas y motivos simbólicos. Unas veces son la aplicación arbitraria de supuestos atributos ‘espirituales' a entes reales, como el sol, la luna, las estrellas, los animales, la entera naturaleza, cuyos misterios les llenaban de pavor. Otras, sin apoyo en lo visible, eran representaciones de seres imaginarios, casi siempre alados, que servían de intermediarios entre el hombre dotado de conciencia y los dioses imaginados.

El poder de la imaginación tiene como producto más significativo la creación del mito, abstracto y arropado por la ilusión, sentimiento que se presenta a la conciencia con total seguridad de su realidad, aunque no sea más que un autoengaño de los sentidos (Pere Saborit, Anatomía de la  ilusión, Pre-Textos, 1997). En algunas religiones orientales, como el budismo, es incluso ilusoria la posibilidad de conocer la realidad. Para los católicos, en cambio, la ilusión religiosa es el fundamento de la esperanza (Julián Marías, Breve tratado de la ilusión, Alianza, 1985). Pero fundamento sin consistencia, ya que sus cimientos son tan inestables como el autoengaño de la ilusión. El mismo que, tras la reflexión sobre la inevitable muerte, da paso a la creencia en el alma individual, como un espíritu más, pero diferenciado de los infinitos que ‘animaban' ante los ojos primitivos las vitales manifestaciones de la naturaleza. Todos los espíritus pertenecen a la categoría del mito, sin relación con la verdad de la naturaleza. Porque, según Paul Diel en su citada obra, "los mitos son una respuesta imaginada y simbólicamente disfrazada a una interrogación infinitamente más profunda y más vasta respecto de la existencia del universo, de la génesis de la vida, del destino evolutivo del género humano, del sentido de la vida y de la muerte de los individuos". Añadiendo en otro lugar que "lo inexplicable no puede ser explicado, porque toma lo imaginario como real".

Para el psicólogo Paul Diel, que ha estudiado tan profundamente el origen del sentimiento de la angustia, como ya vimos, "el verdadero problema de la evolución es la génesis del psiquismo". Génesis para la que propone la teoría de la animación, una actividad psíquica/mental que hunde sus raíces en la ‘excitabilidad' de la materia, común a todas las formas de vida y que posee un aspecto inexplicable, base y principio de toda explicación". Es verdad que, en la mayoría de los casos resulta muy difícil entender los razonamientos de la psicología, pero, en este caso, la teoría del espíritu/ alma como un efecto de la ‘excitación' de la materia al contacto con la realidad ambiental, permite una comprensión razonable del alma como mera función cerebral. Esta palabra resulta, por lo novedosa, de un apasionante interés para explicar el alma del ser humano: la ‘excitabilidad' que la origina y promueve, algo muy distinto del alma ‘inventada' como ‘ente inmortal' de los ‘magos de la exégesis' doctrinal. Concluye Diel con estas palabras definitivas: "Todas las funciones del psiquismo, incluso las más elevadas, son el producto del despliegue evolutivo de la excitabilidad". (Paul Diel, El miedo y la angustia, FCE, 1966). (Continuará)

 

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Soy filólogo ya jubilado, me gusta escribir y deseo mantener mi propia bitácora para ofrecer mis experiencias, ideas y sentimientos sobre la vida a quienes -jóvenes o viejos- las quieran compartir.
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