OJOS QUE NO VEN (43)
El poder de la imaginación (4)
Con o sin intervención de ‘médiums', mucha gente está dispuesta a creer en la comunicación con el más allá, lo que, sin duda, quiere decir que los espíritus personales de los difuntos siguen muy vivos en el imaginario humano, sobre todo cuando se las considera ‘almas en pena' que necesitan vindicar el trágico suceso que las mantiene en los alrededores geográficos de su desgracia. Esto es lo que ocurre en numerosas ‘casas embrujadas' repartidas por todo el mundo, en palacios abandonados, en mansiones en ruina, incluso en museos y centros públicos de cultura, en los que esas ‘almas' vuelven del más allá para llamar la atención de los vivos mediante golpes, ruidos, ráfagas de luz, voces de ultratumba y otros delirantes fenómenos que son capaces de paralizar por el miedo, como ocurre en tantas películas de terror, que, paradójicamente, son tan apreciadas por el público. La imaginación es poderosa, pero necesita alimentación.
Si la existencia post-mortem de los espíritus desencarnados puede ser cuestionada por una mente crítica, mucho más lo será la creencia tan extendida en los fantasmas que se presentan no sólo con la imagen corporal, sino incluso con los mismos vestidos que los difuntos tuvieron en vida. (Puede consultarse la más reciente exposición de sucesos ‘fantasmagóricos' en la antología de Francisco Contreras Gil, Fantasmas, Edaf, 2008). Así ocurre también con las ‘apariciones' de seres celestiales, como ángeles, demonios o santos, la Virgen María o el mismísimo supuesto Hijo de Dios, Jesús de Nazareth. Aun suponiendo que un cuerpo ya putrefacto pudiera volver a la vida con su propia y resucitada carne sana, ¿cómo concebir que puedan también aparecerse con las mismas telas que lo cubrieron en este mundo? ¿Y con qué edad? ¿Serán todos reconocibles? Ni Jesús ni María, según la común doctrina católica han sufrido la putrefacción de sus cuerpos mortales, ya resucitados, pero ¿qué decir de las túnicas y calzados con que se aparecen? Solamente una fe ciega puede admitir tales patrañas, ‘inventos' de una imaginación mística. Hay quien pretende cubrir esta idea supersticiosa con el manto de una hipótesis científica, al afirmar que los fantasmas no son más que presencia de la antimateria, noción asumida por la física moderna. Aun así ¿cómo explicar científicamente la capacidad de estos entes inmateriales para moverse como cuerpos sólidos, hablar y ejercitar sus sentidos?
Nuestra imaginación es poderosa, pero quizás no todos seamos conscientes de cuáles son los límites de ese poder. Excluyendo los casos de fraude, que sin duda son numerosos, restan sucesos inexplicables en cantidad suficiente para sembrar la duda en la mente de los más críticos. Hay quienes, como fieles creyentes, todo lo reducen a una intervención milagrosa de la divinidad (llámese como se llame), pero no es sensato pensar que ese posible Ser Supremo entretenga sus ‘ratos de ocio' con semejantes bagatelas, que, por otra parte, no tienen más destinatarios que la gente humilde e ignorante. En todas partes (aunque más en el continente americano) existen personas con ‘superpoderes' paranormales, según confiesan, que dejan aturdidos a quienes presencian sus acciones espiritistas, sea en persona, o incluso en medios televisivos. Tal ha ocurrido últimamente con el ‘médium' James van Praagh, que contacta con los espíritus sin necesidad de entrar en 'trance' ("Soy un médium mental y puedo comunicar con los espíritus estando plenamente consciente"). Sus comunicaciones no son telepáticas sino de comunicación verbal, que explica en su espacio de la televisión americana Beyond ("Más allá") y que acaba de publicar en España su último libro Un médium entre fantasmas (Palmyra, 2007).
Similares a las actuaciones de estos espíritus de personas fallecidas, y aceptadas tanto o más que ellas por los incontables crédulos de este mundo, son las ‘apariciones' de seres sobrenaturales. Desde los primeros años del cristianismo se han contabilizado más de veinte mil apariciones religiosas, la mayoría de las cuales han tenido como escenario la vieja Europa. En ocasiones (como en Fátima, en el año 1917) estas apariciones van acompañadas de fenómenos paranormales, contemplados por una gran muchedumbre, lo que les confiere un plus de seriedad y garantía de que se trata de un hecho sobrenatural. También, por supuesto, se relatan milagros acaecidos por sanación, estigmatizaciones y profecías. Todo inexplicable y sorprendente en el estadio actual de los conocimientos científicos. Pero también inadmisibles como manifestaciones de la divinidad que, de existir, se manifestaría de forma menos teatral y más misericordiosa.
Muchas de estas apariciones marianas han dado lugar a instituciones religiosas, tanto sometidas como rebeldes a la doctrina ortodoxa. Los casos más llamativos en España fueron la Iglesia de la Santa Faz del Palmar de Troya, en Sevilla, obra del vidente autoproclamado Papa con el nombre de Gregorio XVII (1968), y años más tarde, la Orden de Esclavos del Corazón de Jesús y de las Almas del Purgatorio (1986), creada por el vidente levantino Ángel Muñoz, que se autoproclamó sacerdote, nombró monjas y frailes entre sus seguidores, a imitación del sevillano, y a pesar de la excomunión eclesiástica, siguió adelante en su sede conventual de Benaguacil. Más recientes son las apariciones marianas de El Escorial (Madrid), que en pocos años han reunido tales testimonios de gente piadosa que la Iglesia no ha tenido más remedio que autorizar el culto católico, con ciertas reservas, a la Fundación Virgen de los Dolores. Ni que decir tiene que todos estos videntes, aprovechándose de la imaginación popular, han conseguido grandes fortunas y la fidelidad de muchos incautos. El primero ha levantado cerca de Utrera (Sevilla) una fastuosa basílica, que quiere competir con el Vaticano. En el tercer caso, la fortuna acumulada ha propiciado la construcción de lujosas residencias de ancianos, atendidos por un centenar de ‘monjas'. Su patrimonio, además, acumula ya una treintena de pisos y más de 80 fincas, ‘donadas' por sus agradecidos fieles. La impostura -y la credulidad- no tiene límites ni fronteras.
Pero estos casos no se dan solamente entre los creyentes cristianos. Otras culturas y religiones también dan cuenta de la aparición de entidades celestiales, como dioses, ángeles, profetas o santos. Hace más de 4.000 años en la ciudad griega de Eleusis, a veinte kilómetros de Atenas, se celebraban anualmente unos misterios o ceremonias de culto sólo para iniciados, que al entrar en el santuario y después de realizar algunos rituales secretos, conseguían ‘ver una luz' que los deslumbraba y les hacía dignos de alcanzar la vida eterna. Entre los asistentes, sabemos del filósofo Platón y del viajero Pausanias, pero ninguno de ellos quiso desvelar el secreto de esas iniciaciones. En su libro De anima, Plutarco dejó algún testimonio indirecto, al afirmar que "El que ha sido capaz de ver la gran luz adopta una forma de ser más humilde y razonable". Similares son los ‘misterios' del Templo de Delfos, con sus pitonisas y oráculos, el Templo de Júpiter o los santuarios de Apolo, donde la gran sacerdotisa evocaba el alma de Orfeo, padre de los mitos clásicos y de la música sagrada.
De videntes y adivinos están plagadas las historias de las religiones. Antes de Cristo, Zoroastro vio y oyó en varias ocasiones a su dios Ormuz. Los misterios de Egipto se concentran en las figuras de Hermes y la diosa Isis, madre de Horus. Hermes recibió, en sueños, la visita del dios Osiris, que le reveló todos los secretos del mundo. De Buda baste decir que su nombre significa "el Iluminado", estado místico del Nirvana, que había alcanzado después de cuatro noches de visiones y alucinaciones. No hay que recordar que todas las páginas de la Biblia están colmadas de visiones, apariciones y charlas continuas con Yahvéh, el dios inventado. La más importante, sin duda, fue la que tuvo Moisés en el monte Sinaí, donde oyó la voz trepidante de un ángel que le ordenó sacar de la esclavitud de Egipto a los hijos de Israel. La visión concluyó con otra voz atronadora del mismo Yahvéh, que se definió con la misteriosa frase: "Yo soy aquel que es". (Eduardo Schuré, Los grandes iniciados, Ed. América Ibérica, 1995). Posteriormente, otros iniciados y líderes religiosos han experimentado idénticas visiones místicas, sean chamanes o gurús, sacerdotes druidas o fundadores de sectas de todas las religiones conocidas. De Mahoma sabemos que fue el propio arcángel Gabriel quien le reveló las bases doctrinales del Islam. (Continuará).

