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La bitácora de Vandalio

Temas variados sobre humanismo, sociedad y religión

27 Febrero 2009

OJOS QUE NO VEN (44)

 

El poder de la imaginación (5)

Hora es ya de volver los ojos a la ciencia para que nos descubra algunos de los misteriosos caminos que conducen al gran ‘poder de la imaginación'. El éxtasis es un fenómeno psicológico en el cual el individuo tiene la impresión de sentir cómo su mente se une con la divinidad en un plano trascendente, al cual se siente transportado. Es algo próximo a la cima del orgasmo sexual, de breve duración pero de intensidad suma, que han experimentado algunos místicos, como Santa Teresa de Jesús. A este respecto, el doctor neoyorquino Mike Samuels comenta: "El éxtasis es un estado no ordinario de la mente que incluye situaciones de trance, sueños lúcidos, visiones, alucinaciones, ensueños y meditación profunda". A ello pueden contribuir situaciones extremas como el frenesí colectivo que produce la oratoria emocionante de un líder, el magnetismo de una mirada hipnótica, los rituales que provocan un trance, sea con músicas o danzas, la concentración profunda de una meditación o la inspiración poética, casos en los que la emoción es tan intensa que anula la percepción sensorial de la realidad.

Estos y otros ‘estados alterados de conciencia', que pueden ir acompañados de pérdida de la sensibilidad corporal, son estados naturales en circunstancias propicias, pero también  pueden ser originados por el uso de plantas psicotrópicas, que modifican la actividad cerebral, aumentando el ‘poder de la imaginación', que se lanza por caminos desconocidos, experimentando situaciones tan irreales como ‘verdaderas' para la conciencia.. El deseo de tener experiencias ‘límite' forma parte de la condición humana, amante del peligro, sea natural o inducido. La imaginación actúa en este caso con una fuerza irrefrenable, que puede ser motivo de alucinaciones de carácter místico, pero también esquizofrénico. El terapeuta Robert A. Johnson indica que "la gran tragedia de la sociedad occidental es el hecho de que hayamos perdido la habilidad de experimentar el poder transformador del gozo. Buscamos el éxtasis por todas partes, pero en un nivel muy profundo permanecemos insatisfechos" (Éxtasis, Kairós, 1992).

Son los psicólogos quienes han de darnos las claves del ‘poder de la imaginación' en los humanos visionarios de todas las épocas, suponiendo siempre que las ‘visiones' y ‘alucinaciones' son estados alterados de la conciencia. Tanto durante la vigilia como durante el sueño. A este respecto, el psicólogo del Darwin College (Cambridge), Nicholas Humphrey, enseña que "cuando alguien duerme, ninguna señal proveniente de la retina llega al centro perceptivo o sensorial, y de ese modo la imaginería onírica es dueña del campo". Frase que completa con esta otra: "Las imágenes oníricas no sólo son más vívidas y menos fugaces que las de la vigilia, sino que son también más propensas a errores extravagantes"  (Una historia de la mente. La evolución y el nacimiento de la conciencia, Gedisa, 1995).

El tema ya interesó a los psicólogos del siglo XX, que comenzaron el estudio sistemático de las alucinaciones. Para el profesor Th.Ribot, las numerosas variedades de la epilepsia dan origen a toda suerte de alucinaciones, que "si son sugeridas, agradables o desagradables, van acompañadas de un acrecentamiento o disminución de la presión en el dinamómetro" (La psicología de los sentimientos, Daniel Jorro, 1924). Dos años más tarde, H. Höffding precisó que hay que distinguir entre ilusión y alucinación, aunque sólo sea una diferencia de grado, dos alteraciones cerebrales que pueden ser efecto de una ingestión de alucinógenos, como la absenta o el opio. Su conclusión es que "la imaginación es la facultad de crear nuevas representaciones concretas", a veces ayudada por los opiáceos. Es necesario detenerse en esta precisión del verbo crear, porque se producen "imágenes de personas o cosas que no se habían visto nunca". Con otras palabras, "el sujeto ve y oye hablar de formas que no están presentes, pero que tienen para él tanta realidad que no duda de su existencia". (Bosquejo de una psicología basada en la experiencia, Daniel Jorro, 1926). No duda porque la ‘fe' se lo impide. El consumo de absenta, la ‘bebida maldita' (llegaba a los 90º de graduación) tan común entre los literatos bohemios de fines del siglo XIX, sobre todo en el Montmartre parisino, fue prohibido en el año 1915 por sus consecuencias enajenantes y alucinógenas, próximas a la locura. Pero no era ni la primera ni  la única pócima de efectos ‘mágicos'.  Todo producto destilado con alto grado de alcohol tiene parecidas consecuencias, aunque de menor intensidad. Pero no dejan de actuar sobre la fantasía.

Más precisa y contundente, si cabe, es la afirmación del doctor Shermer: "Las experiencias espirituales y místicas sólo son producto de la fantasía". Inducidas por alcaloides como la atropina, que provoca la sensación de levitación o vuelo; la ketamina, que sirve para experimentar sensaciones extracorpóreas; por el consumo de dimetiltriptamina se agiganta el entorno; la belladona y otros alcaloides inducen una sensación de bienestar momentáneo, con alucinaciones visuales y auditivas si se trata de la LSD (Dietilamida del ácido lisérgico). La experiencia extra-corpórea (ECM) es una confusión entre realidad y fantasía, como los sueños, que se confunden con el despertar...y que continúa siendo "uno de los grandes misterios de la psicología" (Michael Shermer, Por qué creemos en cosas raras. Pseudociencia, superstición y otras confusiones de nuestro tiempo, Alba Ed. 2008). No hay duda para la Psicología: la mente humana es capaz de crear su propia realidad imaginativa.

Sin embargo, hay que añadir algo importante: las alucinaciones, experiencias místicas o visiones, han de tener una base cultural individualizada. Toda visión, por muy modificada que esté, ha de tener un fundamento imaginativo propio de la cultura en la que se ha formado el actor visionario. "Es impensable que un budista pueda ver en el marco de esa experiencia mística a figuras como la Virgen María, de la misma manera que un místico cristiano nunca en sus visiones ha podido ver a hablar con figuras de otras religiones". Son palabras del profesor Francisco J. de la Rubia (La conexión divina. La experiencia mística y la neurobiología, Crítica, 2003) quien añade que este fenómeno de la experiencia mística no es exclusivo de las religiones, ya que pueden acceder a él personas ateas o escépticas. Y a continuación precisa que  se debe separar la experiencia mística, que no es sensorial, de las visiones en las que intervienen los sentidos. Aunque es cierto que todas nuestras experiencias, incluidas las religiosas, tienen una base orgánica cerebral. Fuera del cerebro no hay nada.

En épocas remotas, pudieron interesar al homo ciertas especies vegetales que producen similares efectos, como la belladona, la datura, el beleño o la mandrágora, tan comunes en Europa; o el peyote, la ayahuasca, la ruda o la adormidera del opio, en tierras americanas. A esto habría que añadir que la falta de oxígeno estimula el lóbulo temporal, el hipocampo y el sistema límbico, con parecidas consecuencias. Pero existe una sustancia endémica, que se encuentra en amplias zonas del planeta, que puede explicar con mayor eficacia la evolución cerebral de los homínidos. Es la psilocibina, cuya ingestión disuelve los límites de la conciencia, sin peligro para la vida, pero procura alucinaciones y apariciones en quienes añaden a su dieta el hongo que la produce. Además, como ha comprobado la ciencia, para sufrir alucinaciones no se necesitan peligrosas sustancias alucinógenas como las citadas; hoy basta estimular determinadas regiones del sistema límbico cerebral mediante fenómenos eléctricos transitorios para ‘ver' lo irreal. A día de hoy nadie puede dudar del extraordinario ‘poder de la imaginación' para ‘inventar' que ha viso (o creído ver) algún espíritu.

Lo ha demostrado Michael A. Persinger, catedrático de psicología en la Laurentian University de Canadá, que ha constatado cómo sus pacientes tenían la sensación de estar en presencia de seres espirituales, como Jesús, la Virgen María, Mahoma y otros, estimulando eléctricamente el lóbulo temporal derecho. Alguno, que era agnóstico, manifestó haber sido abducido por alienígenas. De sus experimentos, Persinger concluye, como relata Hamer, que la experiencia de Dios es un producto del cerebro humano, modulada por la historia personal de cada individuo, pero acompañada por una superproducción de endorfinas. Lo mismo se puede decir de las visiones celestiales, inducidas por el consumo de drogas enteógenas, como han expuesto, entre otros, Aldous Huxley, Kenneth Ring o Stanislav Grof. En definitiva, el ‘poder de la imaginación' es, en último término, puramente hormonal. Sin la química y las sinapsis neuronales no es posible ni la ‘conexión divina' ni siquiera la posibilidad de la religión. (Continuará).

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Soy filólogo ya jubilado, me gusta escribir y deseo mantener mi propia bitácora para ofrecer mis experiencias, ideas y sentimientos sobre la vida a quienes -jóvenes o viejos- las quieran compartir.
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