OJOS QUE NO VEN (45)
II
El mito del alma (1)
Cuenta la leyenda mitológica, narrada por Hesíodo en su Teogonía (522), que el titán Prometeo creó al hombre, moldeándolo con arcilla, y después le entregó una chispa del fuego sagrado, que él mismo había robado del Olimpo. La ira de Zeus, el padre de los dioses, le condenó a quedar encadenado a perpetuidad a una roca del Cáucaso, donde un buitre le roería el hígado durante el día, renovado milagrosamente durante la noche. Allí estuvo sufriendo varios siglos, hasta ser liberado por Hércules, el héroe mítico que después sería divinizado. Entre las varias interpretaciones que se pueden dar a este mito, la que se difundió por Grecia en el siglo IV a.C. era que Prometeo habría sido el "creador" del hombre, al otorgarle el fuego de la vida, pero seis siglos más tarde, ya la leyenda se completa con la intervención de la diosa Minerva, que es quien infunde personalmente el espíritu, personificado en Psique, con alas de mariposa.
En otras palabras, el fuego de Prometeo es el ‘espíritu' que fecunda la arcilla humana para que nazca la conciencia que dará vida al homo religiosus, el cual se define por una experiencia ‘sagrada', simbólica, que le induce a regular su conducta, acatando con firmeza las exigencias ideológicas del simbolismo religioso. El homo religiosus, primate consciente de su ‘yo', que hunde sus raíces en el paleolítico, "se mueve en un universo simbólico de mitos y ritos", como reconoce el antropólogo Fiorenzo Facchini (Tratado de antropología de lo sagrado, Trotta, 1995). Es de suponer que no todos los primitivos humanos tuvieron acceso directo a esta realidad simbólica, pero quienes sí lo consiguieron ocuparon por este mismo hecho una situación dominante en las primeras colectividades o clanes tribales, que se han ido sucediendo después con el nombre de chamanes, brujos, gurús o sacerdotes de las religiones más elaboradas. Habrá quien piense que el símbolo responde a una realidad espiritual, pero su propiedad más característica es su virtualidad, es decir, un producto de la imaginación, imagen sin existencia real fuera de la conciencia, aunque en ésta pueda aparecer como viva y realmente existente (Es un producto de la fantasía, como Peter Pan o el Ratoncito Pérez, que sólo ‘viven' en una mente infantil). Esta fe individual en los símbolos se hace colectiva con facilidad, mediante los ritos y ceremonias ‘sagradas' que acompañan a toda institución religiosa.
.El filósofo alemán Inmanuel Kant, padre de la Ilustración, dejó escrito en su obra Sueños de un visionario que "la naturaleza espiritual no se conoce sino que se supone", porque "la representación de uno mismo como un espíritu, esto es, el alma, se adquiere mediante inferencia", al carecer de experiencia que la evidencie. O como afirma explícitamente otro filósofo moderno: "No hay nada que pueda llevar a afirmar con seguridad la existencia real del individuo fuera del cuerpo" (Ferrater Mora, El ser y la muerte). Al no tener el hombre una ‘experiencia' de su espíritu, ha de contentarse con una ‘vaga sensación' de su existencia, alimentada por la educación, es decir, por el meme heredado (religioso o no) como una verdad incomprensible pero indiscutible, porque así lo exige la lógica de su propia conciencia individual. ¿Cómo es posible que mi pobre cuerpo, tan impotente y efímero, pueda actuar por sí solo, sin un ‘motor espiritual' que lo ‘anime'? ¿Y cómo pueden tener actividad las plantas y los animales sin un ‘motor' similar? Ningún organismo vivo (dicen los creyentes) puede tener existencia sin una ‘esencia' espiritual que lo anime. De eso tratan las religiones, nacidas por el poder de la imaginación y alimentadas por la ignorancia. Por eso siempre han temido a la ciencia, fuente de sabiduría.
Para Paul Diel, el origen del hombre está unido indisolublemente a la idea de religiosidad, constitutiva de su conciencia. Estas son sus palabras: "La mutación del consciente en ‘conciencia' crea al hombre, al ser capaz no sólo de ‘sentir' el terror sagrado, sino también de vencerlo por la vía de la ‘espiritualización-sublimación', cuya primera manifestación histórica es el animismo (existencia del alma después de la muerte), la forma más primitiva de religiosidad" (Dios y la divinidad, FCE, 1986). A esta hipótesis sobre el origen de la religiosidad, responde el catedrático español Francisco J. Rubia que "la conciencia es el más llamativo de los engaños cerebrales...Puede crear una imagen del mundo imaginada, útil para la supervivencia, pero falsa" (El cerebro nos engaña, Temas de Hoy, 2000). Creo que ambos tienen razón. El cerebro puede crear una imagen falsa del mundo y de la religiosidad, pero esto no invalida su carácter simbólico, que nunca pretende ser verdadero. El cerebro sería así, mitopoyético, una palabreja que lo identifica como ‘creador de mitos'.
Este espíritu ‘animador' del cuerpo humano, al que los latinos llamaron anima, derivado en alma para los hispanohablantes, debe estar unido forzosamente a un cuerpo mortal: será creado ‘para' un cuerpo determinado, dando origen a la persona y compartiendo su destino final. Después de seculares disputas teológicas, la Iglesia católica acepta la creación ‘ex nihilo' (de la nada) por Dios en el momento de la fecundación, pero se opone decididamente a la desaparición final, antes bien, como base de toda su doctrina de salvación, enseña que el alma o espíritu de los seres humanos continúa viviendo durante toda la eternidad. Algo incongruente, pero admitido sin oposición por quienes han recibido el ‘don' de la fe, interesados en que su vida se pueda prolongar indefinidamente. Mucho más absurdas, aunque no es el momento de analizarlas, son las teorías, admitidas por una gran parte de la Humanidad, de la ‘reencarnación' después de la muerte, o de la ‘resurrección' del cuerpo para acompañar al alma en ese periplo futuro de vida eterna. (Continuará).

