OJOS QUE NO VEN (46)
El mito del alma (2)
Para los estudiosos de la condición humana, en especial los antropólogos, queda muy claro que el concepto de alma es múltiple, al menos tan diverso como culturas han existido y existen (Marc Augé, El genio del paganismo, Muchnik,1993). Sin embargo, aunque la doctrina sobre el alma se haya modificado a lo largo de la historia en las diferentes poblaciones humanas, su idea se ha mantenido como "una entidad animadora, separable y superviviente, el vehículo de la existencia personal individual", como reconoce el famoso antropólogo Edward Tylor. Idea tan fuertemente arraigada en la conciencia que se da por cierta, señalando al discrepante como falto de juicio, indigno de pertenecer a la comunidad, con mayor motivo si es un científico. Así lo expresó en un ensayo muy divulgado el francés Jacques Monod: "El animismo establecía entre la Naturaleza y el Hombre una profunda alianza, fuera de la cual no se extiende más que una horrible soledad" (El azar y la necesidad).
Entre nosotros ha sido Gonzalo Puente Ojea quien más ha insistido en la falsedad ‘animista', siguiendo las enseñanzas de Tylor, catedrático de antropología en la Universidad de Oxford, que es "el único antropólogo que supo situar en el lugar que le corresponde la investigación del fenómeno religioso, comenzando por la genética...y hallando en el mecanismo psicológico y evolutivo del ‘animismo' el fundamento indispensable de la religión". Y en otra parte: "La ficción animista condenó al ser humano a existir encadenado a crueles poderes ilusorios forjados por su propia mente. Eludir la muerte equivalió a hipotecar la vida. Este es el sino de las religiones como promesas de salvación" (Animismo. El umbral de la religión, Siglo XXI, 2005). La interpretación que del supuesto ‘espíritu' vivificante hace el homo sapiens sapiens es coherente, pero falsa, basada en el pragmatismo de la idea ‘animista' para racionalizar las emociones y estados alterados de conciencia que le colmaban de angustia. Sir Francis Crick lo dejó escrito con nitidez: "algún día toda la Humanidad llegará a aceptar que la idea del alma y la promesa de una vida eterna han sido un engaño" (2003).
Según Tylor, "el hombre primitivo no inventó el alma por una deducción lógica, sino por inferencias intuidas en el contexto de múltiples experiencias vitales que generaban en él un estado de perplejidad, inquietud y angustia". Su consecuencia más inmediata es un sentimiento arrollador, de entera sumisión a los imaginados ‘espíritus' sin los que no se entiendía la vida de los cuerpos animados. Como dice Marvin Harris, refiriéndose a esa multiplicidad de seres inventados, invisibles y extracorpóreos, "dondequiera que la gente crea en la existencia de uno o más de estos seres, habrá religión" (Our Kind, Harper, 1990). A partir de estas creencias, la humanidad ha vivido convencida del dualismo alma/cuerpo y de la necesaria realidad del ‘animismo', que es como decir, de la vivencia religiosa, hasta nuestros días, en que, según Puente Ojea, "vivimos una fase anárquica del animismo, donde las iglesias y las sectas compiten ferozmente en el marketing de lo irracional".
Aunque pueda existir una sinonimia entre alma y espíritu, como bien saben los traductores, la equivalencia de las palabras no modifica la conclusión del razonamiento. El mismo autor lo explicita de la siguiente forma: "Por llamar espíritus a las almas viudas de los cuerpos no se altera ni un ápice la falsedad ontológica que promovió la invención animista al confundir la mente -función física de las estructuras anatómico-fisiológicas del cerebro- con una entidad fantasmal (ghost) que más tarde designaron como anima spiritualis los forjadores de la teología". El filósofo español Ortega y Gasset llegó a la misma conclusión científica de que "el alma no es una hipótesis metafísica, sino una actividad cerebral" (Vitalidad, alma, espíritu, 1924). El auténtico científico, no contaminado por la ‘obligación' de pensar como ‘subordinado religioso', no tiene más remedio que rechazar el animismo como lo han entendido y defendido algunos grandes filósofos de la historia que no llegaron a conocer las extraordinarias conclusiones de la ciencia neurológica. (Descartes dejó escrito que "el alma, por la que soy lo que soy, es completamente distinta del cuerpo...Incluso si no existiera el cuerpo, el alma no dejaría de ser lo que es". Este fue el "gran error de Descartes", según Damasio). Me atengo a las conclusiones que mis lecturas y mi razón me dictan como verdad, siguiendo la huella del librepensamiento "la ciencia establece hoy que todos los fenómenos mentales son funciones del cerebro...La energía física es todo lo que hay" (Puente Ojea).
"Los sentimientos forman la base de lo que los seres humanos han descrito durante milenios como el alma o el espíritu humanos". Es la conclusión a la que llega Antonio R.Damasio en su citado libro El error de Descartes. La emoción, la razón y el cerebro humano (Crítica, 1999). Y añade: "Hay que desplazar el espíritu de su pedestal en ninguna parte, hasta un lugar concreto: el cerebro". Somos deudores, pues, de los grandes ‘errores' que nos han transmitido filósofos como Descartes y teólogos como Agustín de Hipona. Alma y espíritu, ideas religiosas cargadas de simbolismo, no pierden su dignidad por ser consideradas como estados complejos y únicos de un organismo corporal, también único y complejo como la mente. Comunicarse por ‘símbolos' (como el lenguaje) es un signo específico del cerebro humano. Los símbolos llamados espíritus fueron una falsa coartada de la ignorancia humana, que se fue acostumbrando a responsabilizarlos de todo fenómeno natural que no podía comprender. Pero, como dice Ignacio Careaga: "más allá de la física no hay nada. Nada a lo que poder llamar metafísica". (Continuará).

