OJOS QUE NO VEN (47)
El mito del alma (3)
La idea común de un alma racional con la que ha convivido desde la prehistoria la especie humana está fundamentada, por tanto, sobre la arena movediza de una fantasía mítico-religiosa, que protegió al ser humano, tan ignorante y temeroso, contra la angustia de lo desconocido y la desesperación de la muerte inevitable. Leyendas y tradiciones míticas, libros incomprensiblemente llamados ‘sagrados', afirmaciones visionarias, autosugestiones y fanáticas creencias en ‘otro' mundo rebosante de la felicidad negada en éste, han hecho posible el nacimiento de todas las religiones con una premisa común: la existencia de un ‘espíritu' invisible, individual, portador de la vida, inmortal y destinado, como ser independiente de toda materia, a un paraíso igualmente imaginado, con sede en ese cielo estrellado que durante la noche nos estremece por su belleza. Pura elucubración, sin un respaldo mínimamente razonable. Más allá de cohetes y estaciones espaciales, el hombre prudente no ha de caer en la tentación de dirigir la vista al espacio sideral suspirando por re-encontrarse con sus seres queridos.
En la actualidad, la neurobiología me dice que alma y mente vienen a ser la misma cosa, puesto que la construcción del cerebro humano no es fruto de un ‘acto creador', sino que es un proceso constante de intercambio entre los códigos genéticos de cada persona y la información del medio ambiente, y no se limita a un momento único -sea éste el de la concepción, la gestación o el parto- sino que se va perfeccionando a lo largo de toda la vida, como asegura el profesor Mora (El reloj de la sabiduría, Alianza, 2004). La ciencia me dice que todas aquellas discusiones teológicas sobre la ‘infusión', el ‘momento' y la ‘sede' del alma son palabras vanas de quienes estaban presos de su ignorancia ‘invencible', ya que no tenían a su disposición las armas científicas de la investigación moderna. No hay, pues, que culparlos sino disculparlos. No así a los que siguen en el día de hoy tan tercas y fanáticas ideas de sumisión a los ‘espíritus imaginados' por los hombres de otros tiempos.
Todos -y con mayor responsabilidad los profesionales de las ciencias biológicas, antropológicas y neurológicas- tenemos en este comienzo del siglo XXI la obligación de seguir con escrupulosa constancia los nuevos y desmitificadores descubrimientos de la ciencia contemporánea, admirando y agradeciendo el ímprobo trabajo de los científicos, que nos muestran una verdad no sospechada por nuestros mayores. Al mismo tiempo que nos debemos congratular de haber vivido en esta época, convulsa en lo político, pero esperanzadora en la comprensión de la realidad y en la explicación de algunos de los misterios que angustian a la humanidad desde sus albores, si bien aún quedan muchos velos por destapar para disfrutar de la verdad absoluta. Si todo quedara hoy al descubierto, ¿qué dejaríamos para alimentar la curiosidad de nuestros descendientes?
La fuente de información de tales ‘saberes' eran los sacerdotes, los sabios de la época, hombres al fin y al cabo, que trasladaban a la mente popular cuantas fantasías imaginaban, con el único propósito de someter al pueblo a la disciplina y temor del soberano, supuesto representante de los dioses en la tierra. La base de estas fantasías no eran otras que las supuestas ‘revelaciones' divinas a los miembros del sacerdocio, muchos siglos antes de escritas las contradictorias páginas de la Biblia. Hoy sabemos que nadie les habló, ni los astros inanimados, ni los animales sagrados, ni ninguna otra criatura ligada a la materia pudo ‘revelar' los secretos divinos de la vida y de la muerte a egipcios, sumerios o hebreos. Ni siquiera en lo más profundo de los santuarios egipcios, donde los dioses de piedra (incluido algún faraón, como Ramsés II en Abu Simbel) permanecían siempre mudos. Todo lo más que una mente despierta puede aceptar es la existencia de ‘trances alucinatorios', es decir, pura imaginación, a veces favorecida por alucinógenos o enfermedades epilépticas: "Algunos científicos piensan...que las intensas experiencias espirituales pueden ser debidas a la epilepsia del lóbulo temporal, una enfermedad neurológica que causa descargas eléctricas anormales en el sistema límbico" (Dean Hamer, El gen de Dios, Espasa Calpe, 200). Todos los dioses, anteriores y posteriores al mundo egipcio, nacieron a la vida en la mente alucinada, es decir, enferma, de sus ‘inventores'.
Lo mismo se puede decir de las antiguas civilizaciones mesopotámicas, de similar antigüedad, que asumieron con naturalidad la creencia en seres alados y dioses invisibles, además de un ‘alma' individual, codiciada presa en la eterna batalla entre el Bien y el Mal, destinada a prolongar la vida del hombre más allá de la muerte, con el premio o castigo a su conducta terrenal. Sin embargo, fueron los egipcios, según Heródoto (siglo V a.C.), los primeros en afirmar que el ‘alma' del ser humano es inmortal y está destinada a un paraíso ultraterreno. Para los antiguos egipcios, el ser humano tiene una constitución compleja: El jat es el cuerpo perecedero. El ba es el alma inmortal. El Ib/Ab es el corazón, sede del pensamiento. El Ju es la inteligencia. El ka es la fuerza vital o espíritu divino que anima el ba. El Sejem es la energía que los mantiene unidos. Para mayor complejidad, también los dioses tienen su ka en mayor número. En Filae, a orillas del Nilo, aún se puede admirar el templo de Isis, donde estaba la tumba de su esposo Osiris, y adonde era creencia común que venían las almas de los difuntos (ka) para que el dios les facilitara la entrada en el cielo. Doctrina perpetuada tanto en las inscripciones de las tumbas como en el sagrado Libro de los muertos. El símbolo de la vida está representado por la cruz ansada (ankh), portada por dioses y faraones. Tendremos que volver en otro capítulo sobre estas doctrinas ilusorias. (Continuará).

