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La Coctelera

La bitácora de Vandalio

Temas variados sobre humanismo, sociedad y religión

6 Marzo 2009

OJOS QUE NO VEN (51)

 

El mito del alma (7)

La creencia en un alma espiritual distinta del cuerpo no es una creencia intrascendente, ya que sobre ella descansa el entero edificio de las cien mil religiones diferentes que se han ido estableciendo en nuestro mundo, al menos desde cinco mil años antes de Cristo: "toda la vida depende de si el alma es mortal o no" (Gabriel Albiac, La muerte. Metáforas, mitologías, símbolos, Paidós, 1996). De forma contundente, el neurobiólogo español Francisco Mora, se hace esta pregunta retórica, inapelable desde un punto de vista científico: "Si el alma fuera distinta del cerebro ¿por qué el individuo afectado por las drogas pierde sus funciones normales y cambia de conducta?" (Los laberintos del placer en el cerebro humano, Alianza, 2006). "La fe -escribe Puente Ojea en su insustituible ensayo sobre El mito del alma (Siglo XXI, 2000) - no autoriza a convertir los deseos en realidades". Y continúa con autoridad: "Si desapareciese la gratuita convicción de que existen almas personales espirituales e inmortales, las religiones teístas se derrumbarían irremediablemente, pues perderían su base de sustentación".

 La cosmovisión mítico-religiosa del mundo se basa en la falsa hipótesis animista, que está presente en todas las culturas, indígenas o civilizadas, desde los egipcios hasta los iraníes, chinos, hindúes y demás creyentes en el dualismo alma/cuerpo. La premisa indispensable de cualquier doctrina religiosa es la creencia en el alma, porque, concluye Puente Ojea: "No hay religión sin mito del alma". Y la causa de ese mito es, como el de todos los mitos, "nuestra ilimitada capacidad para engañarnos a nosotros mismos", como asegura el premio Nobel de Medicina, Francis Crick, descubridor del ADN y autor de La búsqueda científica del alma (publicada originalmente en inglés con otro no menos sorprendente título The Astonishing Hypothesis, 1994). Todo el edificio religioso de mi infancia, por tanto, se fundamenta en un engaño (autoengaño sugerido y alimentado por la educación) y no encontraré la libertad de conciencia hasta que expulse de mi mente los monstruos, no por imaginados, menos peligrosos. Un ‘monstruo' que me hizo pensar en alguna ocasión fue la imagen de mi alma conducida al cielo por un par de ángeles, como hacían los que se ven en el sepulcro del Infante D. Sancho (año 1.181) en la catedral de Burgos o en tantas otras pinturas y miniaturas de los siglos medievales. (¡Bendita edad aquélla,  que se alimenta de cuentos y leyendas!). Edad que, para la mayoría, perdura hasta la muerte.

Con singular clarividencia y absoluta fidelidad a sus tesis materialistas, Gonzalo Puente Ojea subtitula su último estudio sobre el Animismo (Siglo XXI, 2005) como "El umbral de la religiosidad". Es decir, por la puerta -o portillo- de la creencia animista se cuelan de inmediato otras creencias de menor trascendencia, como los demás invisibles espíritus que se cree han convivido desde el comienzo con la especie humana, tan proclive a  la presencia entre nosotros de seres fantásticos, llámense ángeles, demonios, fantasmas o extraterrestres. Y en último lugar, que sin duda es el primero, creer en el alma individual trae consigo, como consecuencia inmediata, la creencia en un Supremo Espíritu, Dios Eterno, creador, providente, padre y juez al mismo tiempo, a quien todas las almas deben reverencia, culto y obediencia si desean conseguir los beneficios de una eternidad feliz en la perpetua contemplación de la Divinidad. Mientras más lo pienso más absurdo me parece que toda la Humanidad, durante tantos siglos, se haya adormecido en sus conciencias con tales cuentos infantiles.

Avanzando un poco más en la tesis anti-animista, cuando el profesor Paul Diel ‘psicoanaliza a la divinidad', afirma que "el alma no está en el individuo ni fuera de él". Lo que el individuo percibe cuando actúa es "sólo el sentimiento de animación". (Paul Diel, Psicoanálisis de la divinidad,  FCE, 1974). Reduce la ‘vivencia' del espíritu a un mero ‘sentimiento', por eso, "después de la muerte del cuerpo y de la psique, el alma no deja el cuerpo, porque no estaba encerrada en él; tampoco continúa viviendo a través del tiempo, porque jamás ha comenzado a vivir en el tiempo".Es pura imaginación. El misterio de la ‘animación' no tiene explicación posible: "Es tan insensato querer explicar realmente de dónde viene la vida o a dónde va (como quieren hacerlo las religiones dogmáticas) como insensato es el afirmar que la vida sale de la nada y vuelve a la nada. Las dos afirmaciones son ensayos para explicar lo inexplicable: el misterio", porque "el alma es el símbolo personificado del misterio de la animación, manifiesta en forma del impulso animador. El impulso no es otra cosa que el deseo esencial de armonización para conseguir la satisfacción esencial...Este impulso no es sobrenatural, sino un fenómeno natural, inmanente a la naturaleza humana". Diferenciando, al modo helénico, alma y psique, Diel define a ésta como "el conjunto de las funciones psíquicas", mientras que la primera es "el símbolo mítico del misterio de la animación". Lo que el hombre ‘siente' es un ‘mero símbolo' de la animación, símbolo que desaparecerá con la vida, como todos los símbolos sentimentales (amor, odio, temor, alegría, esperanza) que han acompañado al cuerpo durante su existencia (cuando desaparece el cuerpo, desaparece su sombra; cuando el cerebro deja de emitir energía, mueren todas sus funciones).

No lo entiende así la Iglesia Católica que, en la última edición de su Catecismo establece dogmáticamente que el alma es "semilla de eternidad" (33), "espiritual e inmortal", directamente creada por Dios (no dice cuándo) que se une al cuerpo en "una sola naturaleza" (365) y no perece cuando se separa del cuerpo en la muerte, sino que "se unirá de nuevo al cuerpo en la resurrección final" (366). Todos los humanos somos "creados a imagen del Dios único y dotados de una misma alma racional, una misma naturaleza y un mismo origen" (1934). Por el pecado original de nuestros padres (¿) Adán y Eva, según Pablo de Tarso, "entró la muerte en la Humanidad" (Ro 5,12) y se quebró el dominio del alma sobre el cuerpo. Un pecado con el que todos nacemos y que origina la "muerte del alma" (¿) como se dejó escrito en el Concilio de Trento (DS 1512).  Hay que ser muy crédulo y sumiso para aceptar estas y otras afirmaciones semejantes, que chocan frontalmente con la razón y el sentido común.

La culminación del ‘invento' humano de los espíritus, y la más reciente, es el espíritu por antonomasia, el llamado por la doctrina cristiana Espíritu Santo, expresión que no aparece en los escritos bíblicos, que no conciben a Dios como espiritual o inmaterial. Para el Nuevo Testamento, en cambio, donde pocas veces se hace alusión a seres espirituales, Dios ya es espíritu (Jn 4,24) y en Pablo el espíritu  se contrapone a la carne (Rom 8,4-13) como ‘virtud divina' que anima al hombre ‘espiritual' dominador de las malas pasiones (1Cor 3,1), capaz de realizar acciones extraordinarias (Sansón, Otniel, Gedeón, Yefté, Saúl) en el Antiguo Testamento. La primera expresión Espíritu Santo es del profeta Isaías, a comienzos del destierro de los israelitas, en un largo poema de súplica colectiva a Yahvéh por los pecados de su "Pueblo Santo": "Mas ellos se rebelaron y contristaron a su Espíritu santo" (Is 63, 10).

Con este adjetivo, la palabra espíritu es asumida y difundida por los escritos neotestamentarios, los apologetas, exégetas, apóstoles y teólogos posteriores como "la actividad del Padre, con el Hijo, sobre las criaturas", según la cita del actual Catecismo católico.  El ‘invento' del hombre primitivo ha llegado a su máxima significación ideológica, al ser "el que inspira las Escrituras, el que vivifica la Iglesia, el que regenera al pecador, el que fortalece en la fe, ilumina a sacerdotes y obispos, distribuye carismas y mueve los corazones intentando atraerlos a Dios". Palabras vacuas que se alejan, tanto  de la realidad ‘sagrada' del misterio simbólico como de la realidad ‘empírica' del mundo. Si fuese verdad cuanto enseña este Catecismo, no habría mayor fracaso en toda la historia que el de este ‘inventado', invisible pero poderosísimo, Espíritu Santo.

Aunque la ‘invención' de los espíritus tiene tantos años como la Humanidad, poéticamente hay quien la ha fechado en el siglo V a.C. al proponer como su ‘creadora' a Safo,  la poetisa lesbiana de la isla de Lesbos (Grecia). No deja de ser una propuesta literariamente aceptable (Bruno Snell, El descubrimiento del espíritu, Acantilado, 2008) pero no en el sentido religioso de la palabra. Para el creyente, el alma es su más precioso tesoro, que ha de ser protegido de todos los peligros. Es la piedra preciosa por la que luchan encarnizadamente las fuerzas del Bien contra las del Mal, que aspiran a su posesión eterna. Pero este autoengaño, tan sentimental, no deja de ser una falsedad que embauca, subyuga y aprisiona a la mayoría de los pobres humanos, tan ignorantes del misterio de la vida. Si pusiéramos a votación la creencia en un alma inmortal  la victoria de los creyentes sería aplastante. Pero por muy democrática que fuese no podría obligarme a prestar mi asentimiento a una ‘patraña' inmemorial, en la que no creo ni puedo creer sin traicionar a mi conciencia. (Continuará).

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Soy filólogo ya jubilado, me gusta escribir y deseo mantener mi propia bitácora para ofrecer mis experiencias, ideas y sentimientos sobre la vida a quienes -jóvenes o viejos- las quieran compartir.
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