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La Coctelera

La bitácora de Vandalio

Temas variados sobre humanismo, sociedad y religión

8 Marzo 2009

OJOS QUE NO VEN (53)

 

El mito de la inmortalidad (2)

Definitivamente este "engaño consolador" no es palabra de Jesús, sino de su mal llamado discípulo Pablo de Tarso, que se afana por ‘fabricar' una nueva doctrina con la pretensión de dividir a la especie humana en buenos y malos, según merezcan o no las maravillosas fantasías de un mundo feliz, existente sólo en su enfermiza imaginación. Convencido, en uno de sus ataques epilépticos, de haber sido visitado por el mismo Dios, se dedica a predicar, de palabra y por escrito, la "buena nueva" del Cristo resucitado y de la gloria que espera a quienes siguen sus ‘manipuladas' enseñanzas. Su fundamento teológico es la esperanza de una felicidad futura, promesa divina a ‘su' pueblo, idea que remacha en sus cartas a los Hebreos y a los Romanos, ya que "los gentiles carecen de esperanza"; y a los Tesalonicenses les pide que no se entristezcan, "como los que no tienen esperanza". La base de esta ‘virtud teologal' es, según Pablo, la fidelidad de Dios (Yahvéh, el cruel y despótico dios de Israel) a sus promesas: "mantengamos la esperanza porque es fiel quien hizo la promesa" (Heb XI:11). Todo es un círculo vicioso, del que no se puede salir: La esperanza se adquiere mediante la fe en la verdad evangélica (Cor Y:5) pero ya se ha visto que los pasajes citados no hablan de esperanza eterna, sino de la venida del Hijo del Hombre por entre las nubes y rodeado de ángeles. ¿Hay mayor fantasía? Toda la teoría paulina se construye sobre la nada: es pura imaginación.  No había más esperanza para el pueblo israelita del siglo primero que la próxima ‘venida' del Mesías para ‘redimirlo' políticamente del yugo de Roma, como veremos al final de este largo ensayo. 

Los futuros Padres, como san Ambrosio y san Agustín, beben en las fuentes del predicador de Tarso al sistematizar las tres virtudes teologales ("Nunc autem manent fides, spes, caritas, tria haec", I Cor XIII:13), es decir, "ahora permanecen la esperanza, la fe, la caridad, estas tres", siendo la mayor la caridad, que será eterna, mientras las otras dos desaparecerán, al no ser ya futuribles, sino esperanzas cumplidas.  San Agustín, que propone una idea sombría de la naturaleza humana, afirma la diferencia, no obstante, entre esperanza y fe, ya que se puede creer algo sin esperar (p.e. en el infierno) mientras que no se espera sino lo que se ama. Siglos más tarde, el dominico Tomás de Aquino, padre de la Escolástica, remacha el clavo diciendo que no puede haber esperanza sin angustia, porque ningún hombre está seguro de su salvación.

La polémica sobre la libertad humana y la predestinación divina, que tantas páginas ocupó durante siglos pasados, no parece preocupar demasiado al hombre moderno. Para el cristiano protestante, el Dios en el que cree le salvará por su fe ciega: esta es su esperanza. No necesita de buenas obras, como el cristiano católico. Incluso para Lutero, que separa la moral de la religión, la fe cobra tal magnitud salvadora que permite el pecado sin limitaciones: "pecca fortiter, sed fide fortius" (peca mucho, pero sé más fuerte en la fe) .Para el creyente calvinista, más allá de toda moral, el triunfo social, por cualquier medio, es prenda de salvación. Sobre estos temas escribió el español J.L. López Aranguren dos libros de lectura inexcusable: Catolicismo y Protestantismo como formas de existencia (Alianza, 1980) y El Protestantismo y la moral (Península, 1994).

La esperanza religiosa, que es una categoría teológica, es destruida por la verdad filosófica. Que no es, precisamente, la verdad enseñada por las religiones, envuelta en las tinieblas de la imaginación. Esa verdad que atormentaba al español Unamuno: "Mi religión es buscar la verdad en la vida y la vida en la verdad, aun a sabiendas de que no he de encontrarlas mientras viva". Esta agónica búsqueda que no ha de ser confundida con el miedo a la muerte, sino con su último significado, la transformación en el no-ser, en la nada del existencialismo, exacerbada tras la guerra mundial de 1945. Así lo expone Jean-Paul Sarttre: "La libertad conduce al descubrimiento de la nada. Ser libre es sentir que la propia existencia consiste en una constante producción de nada...El hombre debe no esperar, para no caer en la desesperación... La esperanza es falsa y vana ilusión de cuantos quieren engañarse...Hay que aprender a vivir sin esperanza". Así, André Comte-Sponville: "la desesperanza es el mejor remedio contra el pesimismo y conduce a la alegría del presente" ( El mito de Ícaro. Tratado de la desesperanza y de la felicidad, Machado Libros, 2001).Así, Louis Aragon habla del: "lenguaje puro de la desesperanza, aprendido a fuerza de haber practicado demasiado la esperanza". Así, Gabriel Albiac, que arremete contra el optimismo histórico en su última obra Desde la incertidumbre (Plaza Janés, 2003).

Ni esperanza ni desesperación, sino desesperanza, es la nueva formulación de la filosofía existencialista. El hombre debe vivir aconsejado por la propia razón, enfrentándose a la angustia, aun a sabiendas de que el término de su empeño es la nada. En la mente del sabio no hay un lugar reservado para la esperanza en una vida futura, que no es sino un ‘autoengaño consolador'. Porque, como enseña E. Levinas, "La inmortalidad del alma no puede ni afirmarse ni negarse, sólo puede esperarse" (Dios, la muerte y el tiempo, Cátedra, 1994). Todos ellos son deudores de Spinoza, quien dijo en su Ética que "la lucidez nos permite no depender de la esperanza". Virtud teologal según la doctrina cristiana que es propia de este mundo, porque, como dijo Tomás de Aquino, "en el paraíso ya no hay esperanza". Es lo que repiten machaconamente los teólogos cristianos, animando a todos sus fieles a vivir con esperanza en la inmortalidad, confirmado últimamente por la encíclica  Spe Salvi, del papa Benedicto XVI (2008).

Contra la desesperanza no escriben solamente los teólogos y jerarcas eclesiásticos, como es su obligación, sino también algunos científicos, como Erich Fromm, que ataca la tesis de Marcuse (Eros y civilización) proponiendo un ‘Humanismo Radical', como la base necesaria para la esperanza del hombre, a quien califica como homo sperans, ya que "cuando renunciamos a toda esperanza, atravesamos las puertas del infierno" (La revolución de la esperanza, FCE, 1970). De nuevo es Paul Diel, quien se opone radicalmente a las interpretaciones teológicas o filosóficas de la  esperanza en una recompensa eterna, proponiendo su visión simbólica del hecho religioso: "Esperanza y desesperación se reducen a su justa proporción si se quiere comprender que la eternidad no es una duración sin fin, sino un símbolo metafísico, una imagen inimaginable, cuyo significado es el misterio intemporal". (Los símbolos de la Biblia. La universalidad del lenguaje simbólico y su significación psicológica, FCE, 1989). (Continuará).

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Soy filólogo ya jubilado, me gusta escribir y deseo mantener mi propia bitácora para ofrecer mis experiencias, ideas y sentimientos sobre la vida a quienes -jóvenes o viejos- las quieran compartir.
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