OJOS QUE NO VEN (55)
El mito de la inmortalidad (4)
Antes de finalizar el siglo I d.C. los cristianos ya se apartaron de la costumbre pagana de incinerar a los muertos, prefiriendo la inhumación, lo que suponía creer en la resurrección del cuerpo, aunque fuese en forma "espiritual", como enseñaba Pablo: "Hermanos, os digo que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción heredará la incorruptibilidad. Os comunico un secreto: no todos moriremos, pero todos nos transformaremos" (1Cor XV:50). Y añade en su segunda carta a los Corintios: "las cosas visibles son pasajeras, mas las invisibles son eternas" (2Cor 4:18). Así, sin más apoyo que su propia palabra, Pablo va componiendo una doctrina novedosa que no se deduce directamente de lo predicado por Jesús en su vida pública, sino que se aprovecha de la credulidad popular para dar un sostén doctrinal a sus afirmaciones, puramente imaginarias. Como tantas otras de su época, como veremos. "La corriente paulina puede inscribirse entre esas corrientes revolucionarias que exaltan el espíritu sobre el cuerpo" (Elena Muñiz, La cristianización de la religiosidad pagana, Actas, 2008). La gran originalidad del cristianismo paulino consistió, en pocas palabras, en ofrecer a la especie humana una vida de ultratumba que implicase la eterna felicidad, no encontrada en este mundo. El mito de la esperanza los mantenía en su fe.
La conversión de Pablo, por su singularidad, le revestía de un carisma de que carecían los demás conversos, fuesen judíos o gentiles. Era una experiencia única, que fascinaba a cuantos creían su relato, transcrito por Lucas (Hech 9:3-9), donde se afirmaba que Saulo (después Pablo) había sido visitado por el propio Jesús, que le recriminó su conducta de perseguidor de cristianos y le movió a la conversión con una pregunta sin respuesta: "¿por qué me persigues?" Se trata de una visión, como la de su discípulo Ananías, pero acompañada de un supuesto milagro, ceguera por tres días, que cambió radicalmente su destino. Letrados o indoctos, todos le oían con estupor, como extrañados de doctrina tan nueva, sobre todo en lo referente a la esperanza en la próxima venida del Mesías (1Cor 1:7; 1Tes 4:14), en la resurrección de cuerpos y almas (Rom 8:11; 1Cor 15:42 y 5:2-4), en la vida eterna (Rom 2:7; 2Cor 5:4); en el goce infinito de Dios (1Tes 10:16) y en la manifestación de la gloria divina (Rom 5:2). Toda una teología sobre el Más Allá sacada de la nada, o mejor, de las palabras siempre enigmáticas del Jesús histórico, pronunciadas (supuestamente, si los evangelios no fueron manipulados) medio siglo antes, pero refrendadas por una, también supuesta, visión o alucinación de carácter epiléptico. En su primera carta a los Corintios, Pablo se muestra muy explícito: "Si la esperanza no me ofrece la victoria total sobre la muerte, y si mi cuerpo no resucita como cuerpo espiritual e incorrupto, mi esperanza no vale nada". Y más adelante, con mayor claridad: "Si se predica que Cristo ha resucitado de entre los muertos ¿cómo andan diciendo algunos entre vosotros que no hay resurrección de muertos? Si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si Cristo no resucitó, vacía es nuestra predicación, vacía también vuestra fe" (1Cor 15:12-14).
La esperanza religiosa, en sí, no es más que una abstracción, un símbolo de lo que se espera, que es una vida futura, por toda la eternidad, después de haber alcanzado la inmortalidad del cuerpo (porque la del alma ya se supone según los católicos). Todos esperan alcanzar la felicidad en otra vida, difusamente imaginada en un ‘más allá' del planeta Tierra. Doctrina difundida como la única cierta, que ha sido asimilada sin dificultad porque coincide con los deseos más profundos del ser humano. Pero no debemos considerar como algo sobrenatural el deseo de existir, que será siempre la esencia del hombre. Todos los psicólogos enseñan que la supervivencia es el lugar de encuentro entre la esencia y la existencia de los humanos. La pasión por la existencia no es en nosotros más que una consecuencia natural de un ser sensible cuya esencia es querer conservarse en la vida. "Las más simples reflexiones sobre la naturaleza de nuestra alma deberían convencernos de que la idea de su inmortalidad no es más que una ilusión" (Holbach)
El doctor Mora nos recuerda que la inmortalidad, tan deseada, es sólo un mito, como el que se nos relata en el quinto de los himnos homéricos: Zeus, ante la súplica de Aurora, diosa del amanecer, confiere a Titono, su amado, el don de la inmortalidad. Llega la vejez, con su decrepitud, y Titono ruega con insistencia al Padre de los Dioses el don de la muerte, que no se le concede. "Titono, posiblemente loco, todavía vaga -según alguna versión- entre las olas de los inmensos océanos" (Francisco Mora, El sueño de la inmortalidad, Alianza, 2003). El sueño de la inmortalidad no parece, pues, deseable. Una sola esperanza es razonable, como dejó escrito Sigmund Freud: "no puedo habituarme a las miserias y a la angustia de la vejez y pienso con nostalgia en el paso a la nada". Esa esperanza no incluye la felicidad, ni por supuesto, la inmortalidad. Para no volvernos locos, pensemos con Javier Muguerza que "con esperanza, sin esperanza, y aun contra toda esperanza, la razón es nuestro único asidero" (La razón sin esperanza, Taurus, 1977).
Pero si creo en la inmortalidad, mi muerte ya no será un temible castigo sino la puerta abierta a otra vida. Eso dicen los que creen en la eternidad de la vida humana, nacida en el tiempo, pero destinada a vivir por siempre, eternamente. ¡Terrible adverbio! Más de una vez he pensado en esa eternidad posible como un verdadero castigo, al perder mi identidad, ya que dejaría de ser yo para convertirme en ‘otro' ser distinto del que está ahora mismo pensando y escribiendo. Aunque existiera otra vida después de mi muerte, desde luego no sería la misma vida que me hace ser como soy en este planeta. Sería ‘otro' distinto, con una personalidad diferente, a pesar de cuanto predican los teólogos, porque es imposible que el animal temporal que soy pueda ser un ‘no-animal eterno', en el que por supuesto, no me reconocería. Un ser totalmente ‘espiritualizado' según la doctrina paulina, sin mis sentidos ni el cuerpo que me constituye en este mundo. Y si soy un ser distinto, ¿qué me puede importar ahora vivir eternamente? ¡Qué aburrimiento! El escritor Alan Watts habla de la "terrible monotonía del placer eterno". (¿Qué decir, entonces, de esa demencia religiosa que habla del "sufrimiento eterno"?). Solamente los místicos, afectados por una cierta neurosis, como afirman los médicos, desean vivamente la transformación en un ser diferente, que disfrute eternamente. Pero los visionarios no pueden entender que ese supuesto placer será ‘otro' quien lo disfrute.
Por otra parte, si continuáramos en el siguiente mundo con la misma personalidad que tenemos en éste, ¿para qué la muerte? Le quitaríamos a la vida terrenal la amenaza del tiempo, que nos va llevando a la muerte. Algo imposible, aun para un dios omnipotente. Por eso Aristóteles, con toda razón, se opone a su maestro Platón, y niega la inmortalidad. Los creyentes sin fisura en una vida posterior a la muerte están convencidos, no sólo de que existe un alma inmortal, sino además, de que la muerte es la entrada a ‘otro' mundo, en el que la persona humana se convierte en "energía psíquica en estado puro". Algo tan delirante como las alucinaciones místicas, y que confirma la idea de que ya no seré yo quien viva. Conclusión ignorada por cuantos sueñan con la inmortalidad, ese meme insaciable que "come el coco" (expresión castiza del español) a millones de humanos, seducidos por el consuelo que predica el cristianismo. Y que llega a los más sublimes literatos de todos los tiempos. Quiero recordar aquí dos tercetos memorables del gran pecador y cínico sacerdote español, pero eximio poeta, Lope de Vega, quien, a la hora de la muerte, y pensando en la otra vida, canta a su amada:
"Bien sé que he de vestirme el postrer día
otra vez estos huesos, y que verte
mis ojos tienen y esta carne mía.
Esta esperanza vive en mí tan fuerte
que con ella no más tengo alegría
en los tristes momentos de la muerte".
(Continuará).

