OJOS QUE NO VEN (56)
El mito de la inmortalidad (5)
La idea de la inmortalidad supone, desde luego, la creencia de que la vida futura será eterna, en algún ‘lugar' desconocido, siempre imaginado, aunque de características radicalmente diferentes según sean de felicidad o de infelicidad. La tradición cristiana los ha reducido a cuatro: Cielo, Infierno, Purgatorio y Limbo. Pero esta ‘imaginativa' creencia no es exclusiva del cristianismo. Casi todas las religiones predican la salvación/condenación eternas. En la antigüedad, el judaísmo veía en el sheol una existencia post-mortem sombría para todos, pero después se impuso la teoría de los fariseos, que sí creían en un cielo de venturas sin fin, idea que transmitieron tanto al Cristianismo como al Islam. Estas dos religiones aceptaron más tarde la creencia en un Purgatorio temporal. Los griegos señalaban el Hades como el lugar al que las almas de los muertos llegaban tras la travesía en la barca de Caronte por la laguna Estigia. El budismo cree en el Infierno como escenario transitorio, dentro del ciclo de las reencarnaciones. Los hindúes creen hasta en 21 infiernos diferentes. En la mitología nórdica, el tenebroso reino de Hel se reserva para las almas de quienes no lograban entrar en el paraíso del Walhala. Precisamente las divergencias doctrinales sobre el Purgatorio dieron origen a las secesiones ortodoxas y protestantes en el seno del cristianismo.
A pesar de tales divergencias, la inmortalidad de los mortales es predicada por la casi totalidad de las religiones. Naturalmente, como esperanza de felicidad en un Cielo ‘imaginado' para quienes lo merezcan, y de castigo eterno en un Infierno también ‘imaginado', para los acusados de mala conducta. ¿Habráse visto mayor ingenuidad infantil? El miedo al castigo mantiene a los niños en el ‘buen sendero', aunque todo sea ficticio y promueva la hipocresía en las mentes aún inmaduras. Esta es exactamente, la condición de quienes creen estos cuentos de buenos y malos, aunque hayan alcanzado la madurez corporal. Su inmadurez es mental y psicológica. Sobre esta falta de madurez racional se asientan las doctrinas religiosas, en un pertinaz empeño de ‘salvar' al hombre de su ignorancia y de su permanente inclinación al mal, que impide alcanzar la vida social idealizada. Al caer en tales redes ideológicas, la persona renuncia a su razón, a su juicio crítico, para cerrar los ojos y entregarse cómodamente en los brazos de los ‘contadores de cuentos'.
La doctrina cristiana sobre la vida futura se ha ido modificando con el tiempo. Sin estar anunciada en las escrituras, la idea del Limbo fue admitida por la tradición como "un lugar sin tormento, pero alejado de Dios", destinado a las criaturas que hubiesen muerto antes de ser bautizados. Un lugar ‘imparcial' si se puede decir así, ya que esos pobres niños no merecían la condenación eterna, pero tampoco la visión beatífica de Dios. (En el Palacio Real de Madrid se conserva un curioso lienzo de Juan de Flandes, La bajada de Cristo al limbo, en el que los ‘ocupantes' de tan fantástico lugar presentan barba poblada y abundantes melenas, sin que se aprecie la existencia de ningún niño). Teoría que la teología más reciente, con el Sumo Pontífice a la cabeza, rechaza con la sencilla reflexión de que "existen serias razones teológicas para creer que los niños no bautizados que mueren se salvarán y disfrutarán de la visión de Dios". Así, de un plumazo, se reescribe la doctrina, sin el más mínimo pudor intelectual, ante la indiferencia de los sumisos creyentes, que siempre oyeron decir que sin el bautismo no se limpiaría la ‘mancha' del pecado original. La disculpa es que la existencia del Limbo nunca fue considerado un dogma, por lo que ya ni se menciona en el nuevo catecismo.
Similar transformación ha sufrido la idea del Infierno como ‘lugar' de perdición. Fue el propio Papa Juan Pablo II quien, contradiciendo la secular doctrina católica, se atrevió a decir en público que ni el Cielo ni el Infierno eran lugares físicos, sino más bien ‘estados del espíritu' humano". ¡Adiós a las calderas de Pedro Botero! El Papa polaco explicaba que "la condena consiste en el definitivo alejamiento escogido por la persona durante su vida, y sellado para siempre con la muerte". Todo sea con tal de acercar la doctrina a estos ‘cambiantes' tiempos. Ya poco queda de las ‘visiones' de los artistas, como las anónimas miniaturas medievales, las del poeta italiano Dante Alighieri en su obra La Divina Comedia, magistralmente ilustrada por Gustavo Doré, las del Bosco en sus cuadros del Museo del Prado, Miguel Ángel y casi todos los pintores renacentistas de cuadros religiosos, incluso las de Marina Núñez, en nuestros días, cuya obra ‘infernal' se expuso hace unos meses en la catedral de Burgos.
La doctrina católica, no seguida por las demás confesiones cristianas, siempre ha definido el Purgatorio como el lugar al que van destinados quienes mueren sin estar limpios de todo pecado, "a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del Cielo". También fue Juan Pablo II quien eliminó la ubicación del Purgatorio, para sentenciar que era solamente una ‘condición', un ‘estado' de purificación, hasta lograr el beneplácito del santo portero del Cielo, el apóstol Pedro. Para el Papa polaco estas almas sufren el tormento de su estado, a la espera del juicio final. Se las suele llamar las "ánimas benditas" y agradecen cuantas oraciones se hagan en este mundo para ‘salir' de ese estado, en el que se supone sufren penas de fuego como en el infierno. Este trance expiatorio no tiene nada de original, ya que se encuentra también en las tradiciones religiosas de egipcios, hebreos, griegos y romanos. En los primeros siglos del cristianismo fue considerada idea pagana, condenada incluso por Agustín de Hipona, pero el Papa Gregorio I, Doctor de la Iglesia, la recibió como cristiana, al parecer, después de haber leído a Virgilio, quien aseguraba haber sacado de aquel trance al mismísimo emperador Trajano, a fuerza de oraciones.
A finales del siglo XI la Iglesia católica empezó a aplicar las indulgencias para la remisión de las penas, por orden de los Papas Urbano II y Bonifacio VIII, para beneficiar a los cruzados que quisieran ir a liberar Jerusalén. La doctrina del Purgatorio alcanzó calidad de dogma religioso en el Concilio de Florencia (1439) y poco después comenzó el comercio de las indulgencias (especie de salvoconducto para el Cielo), con sustanciosos beneficios económicos para quienes las predicaban (Las promulgadas en 1507 y 1514 sirvieron para la construcción de la Basílica Vaticana). El Concilio de Trento (1563) confirmó doctrinalmente la existencia del Purgatorio, frente a quienes lo negaban (protestantes y ortodoxos) perdiendo más de la mitad de sus fieles. ¡Errónea y vacua decisión, revocada cuatro siglos más tarde! Vaivenes doctrinales que sólo sirven para confirmar que tales doctrinas no son más verdaderas que los ‘imaginados' espíritus.
La devoción popular ha intervenido también en la difusión del mito, al creer ciegamente en la intervención de algunos difuntos en la liberación de las ´ánimas', como santa Afra y santa Águeda, por haber sufrido el martirio del fuego; san Gregorio Magno, por haber sido el primer papa en haber creído tal superchería; santa Odilia, por haber sacado a su padre de aquel tenebroso lugar; santa Teresa de Jesús, por haber confesado que los ángeles, a su ruego, habían sacado algunas almas del Purgatorio; san Nicolás de Tolentino, porque dejó escrito que tres ánimas se le aparecieron de noche en su celda, agradecidas por haberlas sacado con sus oraciones del Purgatorio. Pero, sin duda, la más extendida de estas devociones es a la Virgen del Carmen, cuyo escapulario, a modo de tótem primitivo, protege a vivos y a difuntos, ayudándoles a alcanzar la tan deseada felicidad eterna. (Continuará).

