OJOS QUE NO VEN (58)
IV
El mito de los ángeles (1)
Inventarse un espíritu que gobierne el cuerpo es algo sensato cuando agobia el misterio y las infinitas preguntas quedan sin respuesta. Como lo es dar vida en la imaginación a otros espíritus que cumplen funciones parecidas y explicativas de otros tantos enigmas de nuestra naturaleza. ¿Alguien se puede extrañar de que un niño, al despertar de su cerebro, pregunte por qué crecen las plantas o qué significan las luces que iluminan el cielo? O en otros momentos, de mayor curiosidad, ¿por qué ha muerto mi mamá? ¿Dónde vive ahora? ¿Por qué hay tantas desgracias, si Dios es tan bueno? ¿Quiénes son esos ángeles que veo en las estampas?
Las respuestas a tanta curiosidad acumulada se han generado siempre en mundos distintos, como la filosofía, la religión o la ciencia. El mundo de la religión (mejor, de las religiones) tiene su asiento en la fe, sumisión absoluta de la razón a las palabras de unos profetas visionarios que creen haber encontrado en los sueños la ‘revelación divina' que explica todos los misterios. La filosofía, ejercitando la poderosa facultad de la razón humana, deduce y argumenta, pero no puede dar respuesta cabal sin el auxilio de la experimentación científica. Si no nos podemos extrañar de las preguntas infantiles, tampoco podemos acusar de perversos inventores a nuestros primitivos antepasados, que, sin el apoyo de la ciencia, dejaron correr su imaginación aceptando como ciertas las descabelladas fantasías que calmaban su angustia.
La invención de los espíritus angélicos, estirpe de seres invisibles como las almas y los dioses, es tan fantástico disparate como el bálsamo de Fierabrás, pero que puede surtir un efecto calmante si se tiene una fe firme en los mágicos encantamientos. Con el paso de los siglos y las civilizaciones los espíritus angélicos han superado, sin apenas oposición, las barreras racionales del cerebro humano, para instalarse cómodamente entre las creencias más profundas de la inmensa mayoría de los mortales. Son ya tantos los estudios publicados sobre estos seres sobrenaturales y tal su importancia cualitativa y cuantitativa que ha sido posible publicar en inglés un Diccionario de los ángeles, gracias al minucioso trabajo de Gustav Davidson y el ingenioso escritor Dan Brown ha podido vender en España medio millón de ejemplares de su novela Ángeles y demonios (Umbriel, 2004). Con muy diversas interpretaciones, se han podido citar las obras de algunos videntes o ‘mediums' de mayor popularidad que tratan en sus libros del mundo de los ángeles, por ejemplo, las Voces angélicas desde el mundo espiritual (1874), de James Lawrence. Pero es en el siglo XX, y más concretamente en los Estados Unidos de América, donde se ha desatado la fiebre por oír las voces de seres supuestamente sobrenaturales, sobre todo a partir del Libro de Urantia (1955) del ‘medium' de Chicago Wilfrec Custer Kellog, que ofrece en más de dos mil páginas respuestas y soluciones a los mayores enigmas de la historia, tanto religiosos como científicos, y que su traductor al castellano atribuye a la "monstruosa invención de algún cerebro genial". Antes, habían aparecido los Coloquios con seres angélicos (1944) de Gitta Mallasz y los comunicados de carácter científico-espiritual emitidos por un "colectivo de arcángeles" (1954) con destino al matrimonio de California Ernest y Ruth L. Norman, que suman en total unas 38.000 páginas.
Desde Nueva York nos llegó el libro de Francis Steiger Reflejos en una mirada angélica (1982) y unos años después Los ángeles como mensajeros (1993) de Terry L. Taylor y Ángeles, los mensajeros misteriosos (1995) de Rex Hanck. En el mismo estilo Giuditta Dembech publicó El gran libro de los ángeles (1996) y con el mismo título, pero con ejercicios prácticos para contactar con ellos, el escrito por Jack Lawson (1997). Por otra parte, una editorial española ha comenzado a editar una Biblioteca básica de los ángeles, con títulos sugestivos pero más cercanos a la mística que a la ciencia. Uno de los libros más difundidos en español es el titulado Ángeles. Una especie en peligro de extinción (Robin Book, 1991) de Malcolm Godwin, acertado resumen de cuanto nos cuentan de ángeles y demonios los libros sagrados y de su vertiginosa evolución entre las nuevas generaciones. Incluso en la California americana pervive el nombre de Los Ángeles en una ciudad fundada por los misioneros españoles.
Parece ser que en unas tablillas arcillosas sumerias, con una antigüedad de doce mil años, se habla ya de "unos seres misteriosos, resplandecientes y ojos brillantes", que enseñaron a los nativos la agricultura, la metalurgia y la escritura. No cabe dudar de su importancia para la humanidad, ya que, según el supuesto escriba, "antes de la aparición de los seres de ojos resplandecientes, la gente penetraba en las cuevas a cuatro patas, comía hierba directamente del suelo y bebía directamente de ríos y manantiales". Aunque algún comentarista se apresure a ver en estas palabras la confirmación de una visita extraterrestre, con misión ‘educadora' de los humanos, sigue en pie la teoría de una mitificación, ya que éstos no serían seres invisibles ni tendrían facultades sobrenaturales como los espíritus angélicos. Aunque se conozcan algunos precedentes de seres alados en las primeras civilizaciones sumerias, egipcias, asirias y babilónicas, "los ángeles, como afirma Godwin, siguen siendo básicamente una creación judía". (Continuará).

