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La Coctelera

La bitácora de Vandalio

Temas variados sobre humanismo, sociedad y religión

15 Marzo 2009

OJOS QUE NO VEN (59)

 

El mito de los ángeles (2)

La particularidad más notable en los espíritus corporeizados por todos los artistas es su representación con alas en la espalda, desplegadas o no, según las circunstancias. En numerosos frescos de las tumbas egipcias del Valle de los Reyes aparecen seres alados y en algunos la diosa Isis es protegida, y quizás fecundada, por un animal alado, mientras que en los palacios sumerios y asirios son seres monstruosos con alas los guardianes del palacio real. Pero las alas a la espalda de un ‘espíritu humanizado' evocan siempre la facultad de volar. Así, la diosa sumeria Lilit (identificada como la primera esposa de Adán, más tarde concubina de Satán) que se muestra alada y desnuda, portando la llave de la vida (el ankh egipcio) en un bajorrelieve de dos mil años antes de nuestra Era. En la región de los etruscos se han descubierto también tumbas de 500 años a.C. con pinturas aladas. La mitología clásica hace a Pegaso caballo volador, con el artificio de las alas. Ocurre algo semejante con Hipnos, el dios del sueño entre los griegos, que tiene alas en la cabeza, o con el romano Mercurio, que las tiene en los pies.

El dios del Amor, Eros para los griegos, Cupido para los romanos, siempre es un efebo con pequeñas alas que le permiten trasladarse súbita y rápidamente de un lugar a otro para traspasar los corazones con la flecha del amor. Del siglo V a.C. es la famosa estatua parisina de la Niké alada, diosa griega de la Victoria, que se puede contemplar en el Louvre. En la cristiandad no se permitió representar a los ángeles en pinturas y esculturas hasta el segundo Concilio de Nicea (787). A partir de entonces, los artistas comenzaron a decorar con ángeles los templos y manuscritos sagrados del cristianismo, aunque las fuentes de inspiración fueron paganas, como las citadas, siempre con alas, inequívoco símbolo de los invisibles espíritus. Además del cristianismo, estos seres totalmente espirituales son reconocidos como  tales, con existencia real en los libros sagrados de otras grandes religiones, como el zoroastrismo, el hinduismo, el judaísmo y el islamismo.

Este atributo o distintivo repetido es, sin duda, un símbolo de la facultad voladora que los humanos primitivos imaginaron como imprescindibles para unos seres que han de comunicar el Cielo con la Tierra. Estos apéndices voladores, casi siempre en reposo, los convierten en seres mixtos, mitad ave mitad persona, reproducidos con ropajes de época, menos en la mitología pagana, que se muestran desnudos, y en el barroco cristiano, cuando  artistas como Rubens y Murillo los imaginan como niños rollizos siempre de raza blanca. (Recuerdo un famoso bolero popularizado por Machín, "Angelitos negros", en el que se reprocha al artista: "por qué al pintar angelitos/ te olvidaste de los negros..."). Y desde luego, alados y desnudos, aunque respetando la infantil inocencia, con atributos masculinos, velados en la mayoría de las ocasiones. (Es de advertir que en el Antiguo Testamento no hay distinción de sexos en el mundo sobrenatural).

Las diferentes leyendas paganas sobre los "seres alados" fueron acogidas y manipuladas por los escribas cristianos, no sólo en los libros que la Iglesia reconoció como canónicos sino también, y en mayor medida, en los que quedaron separados como apócrifos, tanto los que se reconocen como históricos, como los didácticos o apocalípticos. Entre estos últimos destaca el libro de Henoc, venerado como canónico por la Iglesia etiópica, más fantasioso que ningún otro. El vidente describe la aparición de "seres de ojos brillantes" añadiendo que "sus vestiduras eran extraordinarias, de color de púrpura, y como si fueron con plumaje; tenían sobre las espaldas algo que sólo sabría describir como parecido a unas alas doradas". Ya tenemos el mito perfilado. El autor, que menciona también a los ángeles rebeldes, cita a cuatro arcángeles: Miguel, Gabriel, Rafael y Uriel. Este último tiene la misión de "tratar con los que han sido seleccionados para recibir una ampliación del período de tiempo de su vida" (En XL, 1:10).

La confusión entre ángeles y dioses es tan antigua como los primeros textos bíblicos, cuando los escribas hebreos escogieron a Yahvéh, entre los demás dioses vecinos, como el único verdadero dios, al que debían alabanza y obediencia, en contrapartida a la selectiva "alianza" de protección que sirvió de base al sometimiento del pueblo judío. En los textos apócrifos se decía que los demás dioses formaban la "corte" de Yahvéh, pero en la versión de los Setenta los traductores esquivaron la dificultad simplemente traduciendo "dioses" por "ángeles" (A. Díez Macho, Apócrifos del Antiguo Testamento, Cristiandad, 1984). Esta "inocente" mistificación ha ocultado la verdad de los primeros textos durante siglos, obligando a peripecias exegéticas incomprensibles para salvar la veracidad de los textos sagrados. En realidad, el culto a los ángeles procede del antiguo culto a los dioses mesopotámicos.

Para el redactor del libro de Job, los ángeles estaban ya presentes en la creación, pues Yavéh increpa al Job lastimero: "¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la Tierra? ¿Quién asentó su piedra angular, entre el clamor a coro de las estrellas del alba y las aclamaciones de todos los Hijos de Dios?" (Job 38:7). Sabemos por otros pasajes que, para Job, los "Hijos de Dios" eran los propios ángeles (Job 1:6) que subían y bajaban por la escalera que unía el Cielo con la Tierra en la célebre visión (Gén 28:12). Los espíritus angélicos eran incorpóreos por su misma naturaleza espiritual (1 Re 22:21; Dan 3:86; Sab 7:23), pero podían revestirse de carne humana y hacer frente a la gravedad, como ocurrió en el episodio de la lucha que uno de ellos mantuvo con Job durante la noche (Gén 32:26). También el profeta Ezequiel, al ser transportado desde Caldea a Jerusalén, en un carro conducido por ángeles, declara que llegó a oír "el batir de sus alas". Pero, desde luego, no dejan huellas, ni su cuerpo necesita alimentarse, ni se reproducen ni sufren dolor, a pesar de su comportamiento engañosamente humano, como sugieren los textos sagrados.

Como se sabe, casi todas las referencias bíblicas tienen su fundamento en una visión profética. Según Miqueas, los ángeles forman el "ejército de Yahvéh", porque, según confiesa, "he visto a Yahvéh sentado en un trono y todo el ejército de los cielos estaba a su lado" (1 Re 22:19). Lo confirma Josué, quien, cerca de Jericó, tuvo la fortuna de ver a un ángel con una espada en la mano, que se presentó: "Yo soy el Jefe del ejército de Yahvéh" (Jos 5:14) y el salmista los califica de "héroes potentes" (Sal 103:20). Aunque los orígenes del mito angélico son antiquísimos, basados en palabras de algún escriba visionario, debe admitirse que en el desarrollo del mismo han influido causas materiales y préstamos doctrinales, a través de las leyendas paganas anteriores, sobre todo durante el destierro de los hebreos en Babilonia. Lo sorprendente es su vitalidad posterior, que ha llegado hasta el muy racional y científico siglo XXI, tanto en la creencia y veneración de los ángeles buenos, protectores de la humana fragilidad y solícitos servidores de la Divinidad, como en su versión negativa del "ángel rebelde", seguidor de Satán, Príncipe de las Tinieblas y enemigo declarado del Dios cristiano, sin más finalidad que seducir y arrastrar al homo sapiens al pecado y la condenación eterna. (Continuará).

 

Tags: angeles

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Soy filólogo ya jubilado, me gusta escribir y deseo mantener mi propia bitácora para ofrecer mis experiencias, ideas y sentimientos sobre la vida a quienes -jóvenes o viejos- las quieran compartir.
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