OJOS QUE NO VEN (60)
El mito de los ángeles (3)
A partir del siglo primero los ángeles se adueñan de las páginas de los libros del Nuevo Testamento, tanto canónicos como apócrifos, para anunciar buenas nuevas, como la concepción milagrosa del Bautista (Lc 1:11ss) y de Jesús de Nazareth (Lc 1:26ss), el nacimiento de Jesús a los pastores (Lc 2:8ss), su resurrección a las mujeres (Lc 24:23; Mt 28:2ss; Mc 16:5; Jn 20:12). También es un ángel el que conforta a Jesús en el desierto (Mc 1:13; Mt 4:11) y en su agonía (Lc 22:43). (Hay que recordar el "Cristo muerto sostenido por un ángel", de Alonso Cano y "Jesús asistido por ocho ángeles", de Lanfranco, en el Museo napolitano de Capodimonte). Es el mismo Jesús, en dos pasajes que parecen interpolados, quien presenta a los ángeles con palabras más propias de una fantasiosa mente humana que del Hijo de Dios. Al escoger a sus primeros discípulos, los quiere impresionar con esta solemne frase: "Yo os aseguro que veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del Hombre" (Jn 1:51). Y en la escena del prendimiento, al ordenar a Pedro que envaine su espada, le reprocha en parecidos términos: "¿Piensas que no puedo yo rogar a mi Padre, que pondría al punto a mi disposición más de doce legiones de ángeles?" (Mt 26:53). No son ciertamente las palabras que diría el Dios espíritu puro, rebajándose a las pobres imágenes humanas, hablando de "cielo abierto" y de "legiones de ángeles" para demostrar su omnipotencia. Gabriel no sólo se aparece a María para anunciarle su embarazo, sino su muerte (Libro del reposo de María).
En otros pasajes, principalmente los referidos al juicio final, los ángeles ocupan lugar de privilegio. Al llegar el fin del mundo, ellos serán los encargados de "reunir" a los elegidos: "Él enviará a sus ángeles con sonora trompeta y reunirán de los cuatro vientos a sus elegidos" (Mt 24:31). La imagen poética de la trompeta tampoco parece muy apropiada para destacar el severo momento del juicio, el más importante para las humanas criaturas en el diseño de la doctrina cristiana, aunque haya servido de inspiración a multitud de artistas medievales y renacentistas. Todos ellos se basan en el evangelio de Mateo: Cuando "el Hijo del Hombre venga en su gloria, acompañado de todos sus ángeles, se sentará en el trono de su gloria" (Mt 25:31) para atemorizar a los malos y confirmar en su gozo a los buenos. Los ángeles, siempre al servicio de Yahvéh, cumplirán al fin de los días su cometido justiciero, tal como se lee en la parábola de la cizaña: "la siega es el fin del mundo y los segadores son los ángeles" (Mt 13:39), que cortarán la cizaña, porque "el que me niegue delante de los hombres será negado delante de los ángeles de Dios" (Lc 12:8). Como obra poética tiene su encanto, pero ninguna persona sensata podrá dar crédito a estas escenas de terror, con supuestas palabras atribuidas al Dios de misericordia.
Pablo de Tarso, que no veía con buenos ojos la prepotencia de los seres angélicos en la mentalidad popular cristiana del siglo primero, se preocupa de establecer en su predicación la absoluta superioridad de Cristo. Por eso, enseña en una de sus epístolas que "Dios resucitó a Cristo y lo sentó a su diestra, por encima de todo Principado, Potestad, Virtud y Dominación" (Ef 1:19). Y en otro lugar que "en Él fueron creadas todas las cosas del Cielo y de la Tierra, las visibles y las invisibles, los Tronos, las Dominaciones, los Principados y las Potestades" (Col 1:15). Los ángeles son, en definitiva, espíritus enteramente subordinados a Dios, que "sirven al Cristo y a su misión redentora" (Heb 1:14). Como ejemplo de ayuda a los humanos, se incluye en los Hechos de los Apóstoles que un ángel de luz se aparece al apóstol Pedro y le libera de sus cadenas (Hch 12:15), escena pintada por Rafael Sanzio en un mural de las estancias vaticanas y por Valdés Leal en la catedral de Sevilla. Esta misión angélica está reservada al llamado entre los cristianos "Ángel de la Guarda", según se canta en los Salmos: "Él dará orden a sus ángeles de guardarte en todos tus caminos" (Sal 91:11). Uno de estos ángeles fue el que sustituía en las tareas de labranza al santo Isidro de Madrid, mientras éste se dedicaba a la oración (Museo de San Isidro, Madrid) o el que, más recientemente, atendía a los fogones de un fraile cocinero, devoto franciscano, que solía caer en frecuentes éxtasis, tal como representa Murillo en su precioso cuadro del Louvre "La cocina de los ángeles". Pero la Iglesia católica no autorizó el culto al Ángel de la Guarda hasta el año 1609.
Las visiones del autor del Apocalipsis que han inspirado a tantos artistas (pienso en las vidrieras de la catedral de Winchester, en las miniaturas monacales del Beato de Liébana y en los maravillosos manuscritos conventuales de los siglos XII y XIII) son plasmadas en actos de reverencia de los seres celestiales, adorando a Yahvéh rostro en tierra (7:12) o marcando en la frente a los elegidos (7:1). La fantasía del escriba vidente llega a su culminación cuando los describe: "Ví a otro ángel poderoso que bajaba del cielo envuelto en una nube, con el arco iris sobre su cabeza, su rostro como el sol, y sus piernas como columnas de fuego" (10:1). Eran tantos que no se podían contar: "En la visión oí la voz de una multitud de ángeles que estaba alrededor del Trono. Su número era de miríadas de miríadas de millares" (5:11). Más concreto es el Talmud, donde se sentencia que a cada judío, al nacer, se le asignan nada menos que once mil ángeles custodios. Después de muchas disputas teológicas, el "Doctor angélico" Tomás de Aquino dejó establecido en el siglo XIII que existían nueve Órdenes de espíritus celestiales, divididos en tres grupos o Tríadas, y que cada arcángel estaba al frente de 496.000 miríadas de ángeles. Sin embargo, otros teólogos, para llevar la contraria, sostenían que cada Orden o Coro de ángeles estaba compuesto, según la Escritura, de 6.666 legiones, estando cada legión integrada por 6.666 ángeles. Pura fantasía. (Continuará).

