OJOS QUE NO VEN (63)
V
El mito de los demonios (1)
El Catecismo de la Iglesia Católica (edición de 1992) se ocupa del diablo en varias ocasiones. La primera, sin mencionarlo directamente, se refiere a la "voz seductora" que, "por envidia, hace caer en la muerte a nuestros primeros padres" (Gén 3:1-5). Apoyándose en otros dos textos bíblicos (Jn 8:44 y Ap 12:9) enseña que "La Escritura y la Tradición de la Iglesia (supuestas fuentes indiscutibles de la verdad) ven en este ser un ángel caído, llamado Satán o Diablo" (391). Esta caída consiste en la elección libre de estos "espíritus creados que rechazaron radical e irrevocablemente a Dios y su Reino". Afirmación que recoge lo dictado en el año 1215 por el IV Concilio de Letrán: "El diablo y los otros demonios fueron creados por Dios con una naturaleza buena, pero ellos se hicieron a sí mismos malos". Porque el diablo "es pecador desde el principio" (1 Jn 3:8) y "padre de la mentira" (Jn 8:44). Son, pues, seres enteramente libres de pecar, espíritus creados para el bien, pero rebeldes contra su creador, cuyo pecado no puede ser perdonado (392-392). Con esta ‘invención' humana, se daba explicación algo coherente a la dualidad de su condición (bondad/maldad) al mismo tiempo que trasladaba al ámbito empíreo la ‘actividad bélica' entre dos facciones de los ‘ejércitos celestiales', a imitación de la belicosidad que impera en la Tierra, mostrando, además, que también hay ‘espíritus' obedientes y rebeldes al Todopoderoso Dios.
El ‘pecado', además de rebeldía contra el Creador, podía estar ocasionado, según la mayoría de los teólogos, por algún otro ‘vicioso' comportamiento, como el orgullo, la lujuria, la desobediencia, la excesiva libertad, la envidia, en fin, que determinó la terrible batalla celestial, en la que las huestes de Miguel expulsaron para siempre del Paraíso a esos ángeles rebeldes. Uno de los Santos Padres, Juan Damasceno, remacha el clavo: "no hay arrepentimiento para ellos después de la caída, como no hay arrepentimiento para los hombres después de la muerte". El Diablo es, además, en definición apocalíptica, el "Señor de la muerte", vencido por el Redentor resucitado, quien, desde entonces, "tiene las llaves de la muerte y del Hades" (Ap 1:18) habiéndonos liberado "del poder de Satanás y de la muerte" (1086). En el sacramento del bautismo, y después en la confirmación, se ha de expresar públicamente la "renuncia a Satanás", como requisito indispensable para pertenecer a la Iglesia católica.
Si el espíritu del maligno ‘se apodera' de un pobre creyente, la misma Iglesia acude en su ayuda por medio del ‘exorcismo', ritual dramático al que se han sometido a lo largo de la historia monjas, frailes, sacerdotes e incluso obispos ‘poseídos', y que ha dado origen a multitud de leyendas, libros y películas tremendistas. La práctica del exorcismo (1673), que el mismo Jesús practicó (M 1:25) y encomendó a sus apóstoles (Mc 3:156, 7, 13; 16:17) ha sido renovada, después de cuatro siglos, por el papa Juan Pablo II en 1998, año en que se actualizó el ‘sagrado' Rituale Romanum. Durante el Renacimiento humanista, época de crisis religiosa y vivencias satánicas, los remedios contra la posesión podían ser tan ridículos como dar al poseso un vomitivo de altramuces, repollo, beleño y ajo, aderezado con un poco de cerveza y agua bendita. Otras veces, como recuerda irónicamente Bertrand Russell, "para expulsar al demonio se atacaba su orgullo con malos olores, sustancias desagradables y obscenidades. Por tales medios, los jesuitas de Viena arrojaron 12.652 diablos en el año 1583. Cuando fallaban estos métodos, el paciente era azotado, pero si el demonio se resistía, era torturado". Al parecer, éste era un remedio infalible. El más reciente manual de exorcistas lo ha publicado un sacerdote español con el título latino de Daemoniacum, cuyo autor asegura, con absoluta seriedad que "Dios, un ser espiritual e infinito, creó a su vez seres espirituales pero finitos, que son los espíritus", por lo que no parece incongruente decir que el demonio "es un ser espiritual, sin cuerpo, completamente etéreo e inmaterial". Con absoluta seriedad también, me pregunto: ¿Es que puede haber espíritus "finitos" e "infinitos"? ¿Cuáles serán los límites del espíritu, para poder ser llamado "finito"? ¿Se puede jugar con palabras vacías de sentido? ¿Dónde está el pudor del teólogo que predica tales majaderías? ¿Andan tan escasos de juicio racional?
Para los creyentes católicos la existencia del Diablo es verdad de fe, no mera tradición cultural: "Por su pasión, Cristo nos libró de Satán y del pecado" enseña el Catecismo (1708). Porque la noción de pecado va unida, en el credo católico, a la influencia satánica en la conducta humana. Incluso el sabio Tomás de Aquino llegó más lejos, al afirmar que "constituye un dogma de fe el hecho de que los demonios generan el viento, las tormentas y la lluvia de fuego". Es decir, que está detrás de las catástrofes naturales, como otros lo ven detrás de fenómenos hasta hoy inexplicables, como la telepatía, la telequinesia, la videncia, la levitación, los viajes astrales y tantos otros sucesos paranormales. En resumen, todo lo que pueda ser dañino o peligroso para el hombre, proviene del poder satánico, carcomido por la envidia, como dice el Libro de la Sabiduría: "Por envidia del diablo entró la muerte en el mundo, y la experimentan los que le pertenecen" (Sb 2:24). ¿Estaremos poseídos todos los españoles, siempre tan envidiosos?
Admitida la existencia del Mal en el mundo, como antítesis del Bien, la personificación del Mal es necesaria como contraposición a la personificación del Bien (Jeffrey B. Russell, El Príncipe de las tinieblas. El poder del Mal y del Bien en la historia, Andrés Bello, 1996)). Sin Dios no tiene sentido el Diablo, y lo mismo que la sombra hace resaltar la luz, sin el Diablo no se puede concebir a Dios redentor, vencedor del Mal, creaciones todas de la mente humana. Porque es el hombre el creador de todos los espíritus por obra de su poderosa imaginación. El Diablo, así, no sería otra cosa que "el resultado de los esfuerzos de la mente humana para encontrar una explicación lógica al problema del mal" (Georges Minois, Breve historia del diablo, Paidós, 2005). Ya lo predicaban hace siglos los egipcios, quienes veían en la antítesis Bondad/Maldad, un reflejo de la eterna lucha entre sus dioses Horus (el Bien) y Set (el Mal), necesaria para que el Bien pueda existir, lo que no sucedería si le faltase su antagonista el Mal. Pero ya sabemos que la creación de Satanás y todos los seres angélicos, buenos o malos, procede del mundo iraní del siglo VI a.C. por obra del pensador Zoroastro (o Zaratustra) con su doctrina del dualismo Bondad/Maldad. (Lynn Picknett, La historia secreta de Lucifer, Planeta, 2007) que ha dominado el imaginario de quienes no encuentran otra explicación a sus luchas internas. (Continuará).

