OJOS QUE NO VEN (66)
El mito de los demonios (4)
Porque el Diablo, tal como lo conocemos, es una ‘invención' cristiana, plagiada de las creencias judías del siglo primero, basadas a su vez en la idea general sobre los espíritus que tenían culturas anteriores, como los asirios, iraníes, egipcios y griegos. Ninguna de ellas creía en un Diablo semejante al cristiano. Los asirio-babilonios creían en unos espíritus, tanto benéficos como maléficos, intermedios entre los dioses y los hombres. Para los egipcios y los discípulos de Zaratustra o Zoroastro (IV a.C.) había dos espíritus, iguales pero contradictorios: el Bien y el Mal, en lucha constante en el mundo, que se refleja en la conducta humana. Los griegos creían en los ‘demonios', palabra que significa ‘espíritus', los cuales podían ser buenos o malos, pero que en la mente popular acabaron por personificar lo malo y fatal. También los cananeos creían en los demonios, que podían ser exorcizados con rituales especiales, según los manuscritos de Ugarit (Líbano), descubiertos y estudiados a mediados del siglo XX.
Por contagio inevitable, ya que los hebreos se asientan en el mundo cananeo, estos seres maléficos llegan a la Escritura sagrada, como comenta el catedrático Antonio Piñero, el mejor conocedor del pensamiento cristiano primitivo: "Leyendo con cuidado la Biblia caemos en la cuenta de que los hebreos creían también en la existencia de seres o genios maléficos, aunque la ley de Moisés no los tuviera en cuenta...Por el Levítico (16:17ss) sabemos que todo el pueblo creía en la existencia de un demonio poderoso, llamado Azazel, que habitaba en el desierto, y al que eran enviados los pecados del pueblo el gran día de la purificación, pecados introducidos dentro del cuerpo de un macho cabrío gracias a un acto mágico, la imposición de las manos del Sumo Sacerdote". En definitiva, el mundo judío primitivo estaba rodeado de religiones que creían en los espíritus maléficos y los israelitas participaban también de estas creencias, que dejaron reseñadas en los libros del Antiguo Testamento.
El nombre de Satán, que aparece pocas veces en la Biblia, no se refiere a un espíritu particular, sino a un ente abstracto, que significa "el adversario" o "enemigo". No tiene nada que ver con ángeles caídos, ni con demonios: es un espíritu a las órdenes de Yahvéh, "encargado de ciertas desagradables tareas", como indica Antonio Piñero. Al ser traducida del hebreo al griego, la voz "satán" se convierte en "demonio", que puede hacer alusión también, entre los griegos, a los espíritus de los muertos (Is 8:19) o a las divinidades de los pueblos gentiles. Pero siglo y medio antes de Cristo, en el libro de Tobías, aparece un demonio con nombre propio, Asmodeo, derrotado por el joven Tobías con ayuda del arcángel Rafael. Por las mismas fechas la "envidia del diablo" es simbolizada por la serpiente, símbolo del mal, que consigue hacer caer en la tentación a Eva (Sb 2:24). Es indudable la influencia del pensamiento griego en las creencias judías, que van unificando todas las ideas recibidas a lo largo de los siglos anteriores a Cristo. El ‘satán' como nombre colectivo del Antiguo Testamento pasa a ser nombre propio del líder o jefe de los ángeles rebeldes, con olvido de otros nombres anteriores, como Belcebú, Semiazá, Mastema, Asmodeo, Azazel, Lucifer o Mefistófeles. En el Nuevo Testamento, ya es Satán o el Diablo el que lidera los ejércitos infernales. Toda su doctrina de ‘salvación' depende de la existencia del Mal y de los ‘espíritus impuros' o ‘malignos". No se puede explicar a Cristo sin Satanás, a quien están sometidos los demonios (Mt 25:41; 2 Cor 12:7; Ap 12:7). Para el cristianismo tradicional no existe más alternativa que el tormento eterno (W. Kaufmann, Crítica de la Religión, FCE, 1983 ) según la cita evangélica: "Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno, preparado para el Diablo y sus ángeles" (Mt 25:41). Actitud nada misericordiosa de quien es considerado como Dios de Bondad, predicador del Amor y sembrador de la Misericordia, cuyas enseñanzas incluyen la mutilación para huir del castigo eterno: "Si tu mano te es ocasión de pecado, córtatela; mejor es entrar manco en la Vida que, con las dos manos, ir a la gehenna, al fuego que no se apaga" (Mc 9:43). El devoto Orígenes, al leer estos versículos, no dudó en hacerse una dolorosa castración para evitar la tentación de la carne. Pero sabemos que nunca existió para los antiguos hebreos un castigo eterno, ni para el peor de los pecadores. El infierno es un invento cristiano. (La palabra infierno no se encuentra en la Biblia). Porque si no existiera el infierno, ni el pecado que a él conduce, nos tendríamos que preguntar, con Lutero: "Si no existe el pecado ni el diablo, ¿para que se necesita un redentor?"
Para Pablo de Tarso, los enemigos del hombre en el duro combate espiritual son el Diablo y sus secuaces, "porque nuestra lucha no es contra la carne ni la sangre, sino contra los espíritus del mal que están en las alturas" (Ef 6:12), que a veces se transforman en "ángeles de luz" (II Cor 11:14), ya que "su intención es precipitar al hombre a su ruina" (Jn 8:44). Incluso los fariseos, al oír el relato del exorcismo practicado por Jesús al endemoniado ciego y mudo, no dudan en atribuir sus poderes al mismo Diablo: "Este no expulsa los demonios más que por Belcebú, Príncipe de los demonios" (Mt 12:24). Su poder es tan grande que aconseja a Pedro que esté vigilante contra sus argucias: "Simón, Simón, mira que Satanás ha solicitado el poder cribaros como trigo, pero yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca" (Lc 22:29-32). Pero es el demonio tentador el primero que reconoce la divinidad de Jesús, al enfrentarse a él desde dentro de un poseso: "¿qué tengo yo que ver contigo, Hijo del Altísimo?", a quien el propio Jesús rechaza recordándole lo que dice la Escritura: "No tentarás al Señor tu Dios" (Mt 4:7). Palabras sin duda añadidas al evangelio original, porque es impensable que el mismo tentador se dirigiese a Jesús como "Hijo del Altísimo", que es un calificativo muy posterior.
Como se ve, todas las escrituras sagradas de los pueblos antiguos están plagadas de espíritus, de los que no se conoce más que su existencia, ‘inventada' por supuesto, pero no su ‘esencia', que se discute y precisa durante siglos. Siendo el demonio tentador causa de todos los males del hombre, ¿cómo es posible que el ‘Altísimo' dejara a su criatura ‘preferida' inerme ante las asechanzas de tal enemigo durante miles de años? ¿No será, más bien, que todo lo escrito en los ‘libros sagrados' evidencian la ‘necesidad' de encontrar un ‘enemigo maléfico' para explicar el dominio del Mal en el mundo? Si esto es así, ¿cómo es posible que el cerebro ‘superior' del homo sapiens sapiens haya asimilado como verdades incontestables lo que sólo son fantasías sin fundamento? Aún más ¿qué capacidad mental se puede atribuir a loas pobres humanos que han establecido como la única senda de felicidad el culto a Satán? Locura sobre locura, ¿qué se ha hecho de la razón que, al parecer, distingue a nuestra especie? (Continuará).

