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La Coctelera

La bitácora de Vandalio

Temas variados sobre humanismo, sociedad y religión

23 Marzo 2009

OJOS QUE NO VEN (67)

 

El mito de los demonios (5)

 

Este poder diabólico se puede rastrear en la historia primitiva del cristianismo. Dos contemporáneos de Jesús de Nazareth, al menos, son acusados de tener un pacto diabólico y sufrieron la repulsa de los primeros cristianos. Apolonio de Tiana, cuya biografía dejó escrita Flavio Filóstrato (170-245) está llena de maravillas milagrosas, como las atribuidas a Jesús: resucitaba los muertos, daba la vista a los ciegos, expulsaba a los demonios de los poseídos, discutía con los doctores en el templo de Esculapio. Se decía que el Diablo lo había engendrado en una mujer virgen. A Simón el Mago, que creía ser la encarnación del Dios Padre, se le atribuían poderes mágicos, como la levitación y el vaticinio, por su pacto con el Diablo. San Gregorio Magno, a fines del siglo VI, narra la historia ‘legendaria' del abad Equitius, a quien atormentaban día y noche los demonios de la lujuria, hasta que un ángel le tocó el sexo y lo volvió insensible. (¡Siempre la lujuria en el punto de mira eclesiástico! ¿Pero no es Dios el ‘creador' de la lujuria?).

Son los padres del desierto (siglos III-IV) quienes, menospreciando las cualidades angélicas del Diablo (belleza, sabiduría y poder) lo transforman en un ser terrorífico, de larga descendencia artística, para atemorizar al pueblo. Así lo comenta su más reciente ‘biógrafo': "Los evangelios nos dan una visión dinámica de Satán, un retrato polifacético que en nada se parece al espantajo de los ermitaños ni al tenaz embaucador de las consejas medievales" (Alberto Cousté, Biografía del Diablo, Plaza Janés, 1991). Es la época del ermitaño san Antonio Abad (251-356) y de cuantos se retiraban al desierto para hacer penitencia y huir de las tentaciones del demonio, pero también de los Santos Padres que, con sus escritos, basados en los libros proféticos, contribuyen a elaborar la doctrina básica del cristianismo: Ambrosio (340-397), Jerónimo (3435-420), Gregorio Nacianceno (330-390), Basilio (329-379), Gregorio Niceno (331-396), Juan Crisóstomo (347-407) y Agustín de Hipona (354-430). Todos ellos presentan al Diablo como la ‘bestia' infernal, de aspecto repulsivo, que sólo tiene un empeño: destruir la fe en Cristo y encaminar a los réprobos y apóstatas a las cálidas cavernas del infierno. Son tan eficaces sus argumentos y predicaciones que van consiguiendo una victoria tras otra: El emperador Constantino proclama la libertad de cultos en el Imperio romano y asegura los bienes de la naciente Iglesia (313), el Concilio de Nicea aprueba la fórmula del Credo (325), la última oposición del paganismo se vive durante el efímero reinado de Juliano el Apóstata (361-363). Ya con Teodosio el Grande se amparan las decisiones del Concilio de Nicea (380) y el cristianismo se consolida como la religión estatal (391),  prohibiéndose los cultos paganos (395).

En los años de la caída del Imperio Romano de Occidente el Diablo es una presencia constante y turbadora en el ánimo de todos. Está presente en la Eneida del poeta Virgilio, cuyo libro VI es una obra maestra de la demonología latina. Convocado por el ‘espíritu' de su padre difunto, y guiado por la sibila, Eneas baja al reino de las Tinieblas y lo describe con detalle, en un alarde de imaginación sin precedentes. Lo mismo haría Dante Alighieri siglos después en su Divina Comedia y más tarde el poeta inglés John Milton en El paraíso perdido (1658), que presenta al Diablo como un príncipe triste y sombrío. Entre todos, poetas, pintores y escultores, conforman durante los siglos medievales y renacentistas la imagen de un Diablo zoomorfo, repulsivo y bestial, que permanece en la memoria colectiva de los cristianos más crédulos hasta nuestros días.  Su imagen se deforma, pero su poder se conserva incólume, hasta el punto de instalarse cómodamente en el Vaticano, donde un papa, Juan XII (954-964) brindaba a la salud del diablo, y otro, Silvestre II (999-1003), que era nigromante, evocaba a Satán para librarse del mal. Dante, en su Divina Comedia pone en el infierno de los simoníacos a tres pontífices: Nicolás III (1277-1280), Bonifacio VIII (1294-1303) y Clemente V (1305-1314), el que aniquiló a los templarios y trasladó la santa sede a la ciudad francesa de Avignon. Aun descontando lo que pueda haber de motivos políticos o legendarios en estos sucesos, todos ellos constan en la historia de la Iglesia como verdaderos.

El relato más antiguo sobre los ángeles rebeldes habla de dos mil ángeles caídos, pero la teología escolástica fijó en 133.306.668 el número de los demonios, aunque el Talmud los reduce a 7.405.926. La mejor representación pictórica de esta derrota se conserva en Bruselas, La caída de los ángeles rebeldes, obra de Brueghel el Viejo, obra del siglo XV, en el mismo estilo de los cuadros del Bosco. Una vez más hay que insistir en la trascendental importancia del arte sagrado en la propagación de la fe. Nada sería igual sin la aportación de los artistas para fijar en la memoria la ‘imagen' de lo invisible. Si los conceptos abstractos del Bien y del Mal son para Buda ‘espejismos terrestres', en el arte cristiano estas abstracciones se materializan de forma tal que pasan a ser una representación de la realidad (imaginada). Pero así como los ángeles aparecen una y otra vez en figura atractiva, la representaciones del demonio y del infierno escasean, a no ser en escenas terribles como el juicio final (Giotto).

Cuantos peregrinos se movilizaron en el siglo XII para llegar al ‘Finis Terrae' pudieron contemplar en las iglesias del camino escenas bíblicas y personajes angélicos que flanqueaban la severa figura del Pantocrator. (Ya se sabe que los artistas medievales tomaron como modelo para esta figura del Dios Padre en toda su Majestad a la impresionante y colosal  escultura de Zeus, realizada por Fidias para el templo griego de Olimpia). Pero el demonio siempre fue representado como la bestia infernal, el dragón de las consejas medievales, símbolo del Mal. Así, en uno de los capiteles de la Colegiata de Santillana del Mar (siglo XII) se representa la lucha alegórica entre el Bien y el Mal, personificados en un caballero medieval y en una bestia salvaje, que muere por su espada. El mismo símbolo que se reproduce en todas las artes durante  siglos posteriores, es decir, Satanás como el dragón, vencido, tanto por el arcángel Miguel como por san Jorge, patrono de ciudades y regiones de la Europa cristiana, que lo aniquilan a golpe de lanza o espada. El máximo ejemplo del ‘catecismo de los pobres' esculpido es el Pórtico de la Gloria, de la catedral de Santiago de Compostela, cuya contemplación equivale a una completa catequesis de doctrina cristiana. Allí están los profetas, los apóstoles, pero también los ángeles y los demonios que, con figuras bestiales, arrastran a los condenados, según la visión apocalíptica. (Continuará).

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Soy filólogo ya jubilado, me gusta escribir y deseo mantener mi propia bitácora para ofrecer mis experiencias, ideas y sentimientos sobre la vida a quienes -jóvenes o viejos- las quieran compartir.
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