OJOS QUE NO VEN (68)
El mito de los demonios (6)
Poco a poco se van construyendo en Europa iglesias catedrales (siglos XII-XV) con espacio reservado para el coro de los canónigos, en cuyas ‘misericordias' se esculpen, para recuerdo de los eclesiásticos cantores, las imágenes más repulsivas del demonio, del pecado y de la muerte. El diablo puede aparecer en figura humana transformado en sátiro libidinoso, con cuernos, orejas puntiagudas, pies y rabo de cabra, según las descripciones de ermitaños, frailes y místicos de la Edad Media. Así lo vemos en las catedrales de León, Astorga, Toledo y Sevilla. Aunque hay excepciones durante el Humanismo renacentista, que ‘humaniza' al ángel malvado, como en el Juicio final, de Miguel Ángel, en la Capilla Sixtina o en los diablillos con cuernos que aparecen en el cuadro de Botticelli Venus y Marte, de la National Gallery de Londres. Los demonios quedan representados con alas, como los ángeles, pero distintas, con membranas de murciélago, puntiagudas y negras. Aunque no se refiera concretamente al Diablo cristiano, ya en la antigüedad se solía representar al genio del Mal con alas, como aparece en la tumba Tarquinia, el dios etrusco de la Muerte, 500 años antes de Cristo. La católica España tiene el privilegio de contar con la única estatua del mundo consagrada al Ángel Caído, en el Parque del Retiro, de Madrid, con alas desplegadas. También la católica Francia puede presumir de contar con la única iglesia católica en la que la imagen del Diablo sostiene una pila bautismal, como ocurre en la ya famosa pequeña iglesia parroquial de santa María Magdalena, en Rennes-le-Chateau. Pero a todas supera en arte y belleza la escultura en mármol de una joven dormida que rechaza la tentación del diablo, obra de Eugène Thivier (1845-1920), que, con el nombre de Le Cauchemar, se conserva en el Museo de los Agustinos, de Toulouse. Es la más perfecta imagen simbólica del diablo que conozco, como el ‘tentador'. Para mayor información, puede consultarse el estudio de M. Tausiet y J.S. Amelang, El Diablo en la Edad Moderna (2005).
El final de la historia está narrado en el Apocalipsis de san Juan, cuando "una fuerte voz desde el Santuario ordenaba a los Siete Ángeles: "Id y derramad sobre la tierra las siete copas del furor de Dios" (Ap 16:1). Es la preparación para "la gran batalla del Gran Día del Dios Todopoderoso", que se describe en visión realmente terrorífica: "Se produjeron relámpagos, fragor de truenos y un violento terremoto, como no hubo desde que existen hombres sobre la Tierra...La Gran Ciudad se abrió en tres partes y las ciudades de las naciones se desplomaron; Dios se acordó de la Gran Babilonia para darle la copa del vino de su furiosa cólera" (Ap 16:18). Se suceden dos combates ‘escatológicos' entre las fuerzas del Bien y las del Mal. Las primeras, capitaneadas por la ‘Palabra de Dios', sobre un caballo blanco, al que "los ejércitos del cielo, vestidos de lino blanco y puro, le seguían sobre caballos blancos". En el lado opuesto, "vi entonces a la Bestia y a los reyes de la tierra con sus ejércitos, reunidos para entablar combate...Pero la Bestia fue capturada y con ella el falso profeta: los dos fueron arrojados vivos al lado del fuego que arde con azufre" (Ap 19: 11-20). ¿No es una maravillosa descripción imaginativa de novela de ficción?
Después de esta victoria, el Diablo parece sobrevivir, ya que todavía se concede a Jesús un reinado de mil años: "Luego vi a un ángel que bajaba del cielo y tenía en su mano la llave del abismo y una gran cadena. Dominó a la Serpiente, la Serpiente antigua -que es el Diablo y Satanás- y la encadenó por mil años. La arrrojó al abismo, la encerró y puso encima los sellos, para que no sedujera más a las naciones hasta que se cumplieran los mil años. Después tiene que ser soltada por poco tiempo". (Nótese que nunca se habla de la ‘persona' sino de las ‘naciones', que son las protagonistas de todo el entramado bíblico, donde la ‘salvación' es cosa de pueblos enteros no de almas individuales). Sigue la visión mostrando "a todos los que no adoraron a la Bestia ni a su imagen, y no aceptaron la marca en su frente o en su mano; revivieron y reinaron con Cristo mil años" (Ap 20:1-4). Después del segundo combate escatológico, "cuando se terminen los mil años, será Satanás soltado de su prisión, y saldrá a seducir a las naciones de los cuatro extremos de la tierra..y a reunirlos para la guerra, numerosos como la arena del mar...Pero bajó fuego del cielo y los devoró. Y el Diablo, su seductor, fue arrojado al lago de fuego y azufre, donde están también la Bestia y el falso profeta, y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos" ..."y el que no se halló inscrito en el libro de la vida fue arrojado al lago de fuego"(Ap 20: 7-15).
Después de este aterrador futuro para el Diablo y los humanos que le sigan, la visión profética muestra el gozo eterno simbolizado en la ‘Jerusalén celestial', que "bajaba del cielo, de junto a Dios...Su resplandor era como el de una piedra muy preciosa, como jaspe cristalino", donde vive por siempre "el Señor Dios Todopoderoso, y el Cordero, que es su santuario"... El autor del Apocalipsis, de nombre Juan, como dice en el prólogo, es el más imaginativo de todos los profetas bíblicos, cuando escribe estas ‘Cartas a las siete iglesias de Asia', para dar cuenta de la revelación que le hizo Jesucristo por medio de un ángel. Según dice, cayó en éxtasis "y oí detrás de mí una gran voz, como de trompeta" (Ap. 1:10). Toda la narración posterior es una sucesión de metáforas y alegorías que nada tienen que ver con la lectura ‘literal' de la Biblia. Desde luego es original y consigue lo que pretende, alimentado la imaginación de las mentes iletradas y crédulas que, a partir de entonces, entienden el sentido de la vida humana desde esta visión apocalíptica, donde no hay más que dos polos para elegir: el eterno gozo o el eterno suplicio.
Sin el Apocalipsis y la guerra final en el enclave israelí llamado ‘Armagedón', la doctrina de Cristo carecería de esta referencia ‘visual' que convierte al planeta Tierra en un campo de batalla entre el Espíritu Supremo, señor del Bien (aunque se deje llevar del furor y la ira) y el Espíritu del Mal, Satanás, el Diablo por excelencia, que se disputan la más preciada pieza de la divina ‘caza': los espíritus humanos, inclinados al Mal por naturaleza, pero que, atemorizados por un futuro de fuego, reprimen su maldad natural para conducirse por el sendero del Bien. Este que consiste únicamente en la obediencia a los mandatos de un Ser invisible, que sólo conoce a través de las ‘visiones' y ‘revelaciones' de un numeroso grupo de personajes exaltados y auto-sugestionados por una histeria enfermiza, incurable para los fanáticos, aunque disculpable en los más, que sólo pretenden la salvación de la humanidad por la fe, incluido el proselitismo para llevar esa fe a todos los hombres. (Continuará).

