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La Coctelera

La bitácora de Vandalio

Temas variados sobre humanismo, sociedad y religión

25 Marzo 2009

OJOS QUE NO VEN (69)

 

 

VI

 El mito de la divinidad (1)

 

 Quien haya visto a un animal, un perro por ejemplo, temblar de pánico ante los truenos y rayos de una tormenta, podrá entender que los primeros homínidos, ignorantes y temerosos de los violentos fenómenos de la naturaleza terrestre,  como cualquier animal, temblaran de emoción y de terror metafísico al ser testigos de inundaciones, seísmos, erupciones volcánicas, huracanes y tormentas que, al mismo tiempo que le hacían sentir su impotencia y su pequeñez, le obligaban a buscar amparo ante la adversidad, el sufrimiento y la soledad. Y esa búsqueda le haría volver los ojos a la bóveda celeste, con sus focos de luz nocturnos y diurnos, imaginando unas fuerzas exteriores, invisibles, causantes de tales fenómenos, entidades misteriosas que dominaban la inmensidad del cosmos. No tiene nada de extraño, por tanto, que esos seres sobrenaturales, es decir, extraños a su naturaleza, se convirtieran para él en ‘dioses' a los que acudir, amar y venerar, como dueños de la naturaleza y protectores de infinito poder, cuya esencia era algo incomprensible, pero real y sagrada, a los que auxiliaran incontables ángeles.   

En todas las culturas primitivas, lo sagrado aparece como un poder misterioso de orden distinto al natural, que "trasciende este mundo, pero que se manifiesta en él" en frase de Eliade (Lo sagrado y lo profano, Labor, 1967).  El homo religiosus, primate ya consciente de su yo, y que hunde sus raíces en el paleolítico, "se mueve en un universo simbólico de mitos y ritos" como reconoce el antropólogo Fiorenzo Facchini (Tratado de antropología de lo sagrado, Trotta, 1995). El yo consciente de este primate humano le permite convertirse en creador de símbolos, es decir, objetos o signos sin realidad fáctica, que representan y dan vida a otra cosa, unidas ambas por la analogía. Cuando esto se produce, el símbolo consigue una realidad indestructible para quien lo inventa, incapaz de advertir la frontera entre lo real y lo virtual. Es de suponer que no todos los primitivos humanos tuvieron acceso directo a esta realidad simbólica, pero quienes sí lo consiguieron ocuparon, por este mismo hecho, una situación dominante en las primeras colectividades o clanes tribales, que se han ido sucediendo después con el nombre de chamanes, brujos, gurús, rabinos, imanes o sacerdotes en las religiones más elaboradas.

La propiedad más característica del símbolo es su virtualidad, es decir, imagen sin existencia real fuera de la conciencia, aunque en ésta pueda aparecer como viva y realmente existente. ("El error capital de la metafísica, sentencia Diel, es considerar a las figuras mitológicas, incluso la divinidad, como personajes realmente existentes"). Al vivir en pequeñas comunidades, la fe individual en los símbolos se hace colectiva con facilidad, mediante los ritos y ceremonias establecidas por los líderes  del ‘pensamiento sagrado' que ordenan la vida del grupo. No puede haber en la sociedad ninguna religión sin la mitología de los símbolos ni la liturgia sagrada de los ritos. Contra lo que afirmaba el descubridor del pensamiento simbólico, Sigmund Freud, (en El porvenir de una ilusión) que "la creencia en Dios es una ilusión sin porvenir", Paul Diel llega a la conclusión de que "Dios no es una ilusión, sino un mito" (Paul Diel, Dios y la divinidad. Historia y significado de un símbolo, FCE, 1986). Lo mismo que los ángeles y los demonios, consecuencias todas del mito animista.

En el pensamiento primitivo, que se mueve por analogías, todo lo que  sucede depende de ‘algo' o de ‘alguien'. En el caso tribal, el hijo no encuentra dificultad en atribuir a los símbolos ‘creadores' el poder  fecundante del padre o el vivíparo de la madre, ‘inventando' un dios creador.  Si todavía no se puede hablar de verdadera religión, estos primeros balbuceos de la emoción  religiosa se han mantenido a través de los tiempos, y están en la base sentimental y psicológica de todas las religiones, que no se deben llamar así hasta la sistematización de una doctrina que exponga cómo deben ser las ‘relaciones' con ese supuesto dios creador. Curiosamente, la palabra Religión no aparece en ningún texto sagrado de la antigüedad, ya que nace con el latín de los romanos para significar precisamente la ‘relación' o ‘religación' con esos seres invisibles, simbólicos, pero muy reales para la mente.

La sorpresa ante lo inesperado, la admiración por lo maravilloso, la curiosidad por desvelar el misterio, la sumisión a las inevitables y poderosas leyes naturales, son los profundos sentimientos que se presuponen en el origen de la conciencia humana, con la ‘creación' de los dioses. Aunque  es cierto que en el milenio comprendido entre 1.500 y 500 a.C. hubo una explosión de reflexiones espirituales que dieron origen a otros tantos movimientos religiosos, cada uno con sus dioses respectivos, no hay que olvidar que el sentimiento religioso comienza con el fetiche, el totem, el ídolo, al que los hombres transfieren sus propias pasiones y cualidades, pero que, en realidad, no pasan de ser una cosa, sin vida propia. Es preciso, pues, que el hombre ‘invente' una divinidad con vida eterna, a la que someterse, para que pueda hablarse realmente de religión. (Aunque puedan existir supuestas ‘religiones' que no necesitan el concepto de Dios, como el budismo Zen). Como sintetiza Paul Diel: "La divinidad es el símbolo central de todas las mitologías. Creado, como todos, por el ‘superconsciente', que es la antítesis del ‘subconsciente', siendo ambos ‘sentimientos vagos', intuitivos, no racionales, sobre los problemas fundamentales de la vida". El superconsciente crea las imágenes de los mitos, que esconden un sentido oculto tras la fachada simbólica. "El símbolo ‘divinidad' pertenece a la simbología superconsciente" (Dios y la divinidad, FCE, 1986).

Nadie podrá explicar el misterio de la existencia, pero la Psicología sí puede ayudar a entender el significado de las imágenes míticas y de los símbolos como fuerzas actuantes en nuestra conducta. Para poder hablar de misterio hay que emplear la simbolización, por el único método del estudio de los mitos. Dios resulta ser un personaje tan simbólico como el de la Muerte, unos huesos animados que esgrimen la insensible y mortífera guadaña. Todos sabemos que no existe tal personaje, pero ¿quién puede dudar de la existencia de la muerte? La historia enseña que la vida cultural de todos los pueblos comienza por la creación de mitos: son la fuente común de la magia, la filosofía, la religión, la ciencia y el arte. Si la del superconsciente es una imaginación ‘creadora', la del subconsciente es ‘afectiva', según la clasificación de Diel, quien añade que "el error fundamental del psicoanálisis es la confusión entre subconscente y superconsciente. Así, distingue entre fe y creencia: la primera es una función psíquica producida por el terror, sublimado ante el misterio; mientras que la segunda "no concierne al misterio sino a la apariencia de los mitos, y se convierte en superstición cuando pierde la fe, que es su base psíquica".

"La superstición religiosa, sigue diciendo Diel, tanto la atea como la dogmática, es un error metafísico que proviene de confundir los dos significados de la palabra Dios: como ‘misterio impenetrable' y como ‘imagen fabricada en mi mente'. Querer probar la existencia de la divinidad por la lógica es desconocer estos significados, haciendo del misterio un objeto y de la imagen un concepto. Evidente contradicción, porque Dios no puede existir a la vez como ‘objeto' y como ‘misterio'. "Amar a Dios, por ejemplo, es una expresión mítica que significa sentirse atraído por el misterio", en frase de Diel, quien subraya que el "Dios-Misterio no existe más que para el superconsciente...y las divinidades son imágenes figuradas distribuyendo recompensas y castigos...porque la creencia en las divinidades es el efecto de los mitos. Sólo ellos inventan los actos de las divinidades y les atribuyen sentimientos". Este ataque frontal contra la existencia ‘real' de cualquier dios (todos inventados por el hombre) no está basado en el deseo destructivo, ni en el odio a las religiones y sus fieles, sino en el derecho humano a pensar y expresar el pensamiento libremente. No se trata de ofender sino de defender una idea que se tiene por verdadera, basada en la ciencia. Como concluye Diel: "La investigación no prohíbe a nadie creer; pero la creencia no puede prohibir a nadie investigar".   (Continuará).        

 

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jjjjj

jjjjj dijo

pupupupupu

15 Abril 2009 | 08:47 PM

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Madrid, España
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Soy filólogo ya jubilado, me gusta escribir y deseo mantener mi propia bitácora para ofrecer mis experiencias, ideas y sentimientos sobre la vida a quienes -jóvenes o viejos- las quieran compartir.
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