OJOS QUE NO VEN (70)
El mito de la divinidad (2)
A la postre, por consiguiente, no basta con rechazar la imagen antropomórfica de Dios. Para la Ciencia, es impensable un Creador anterior y ajeno a su criatura. El mundo, todos los mundos posibles, han de explicarse por sí mismos. Algo realmente asombroso para la pequeñez de nuestra inteligencia, pero meta cada día más al alcance de los científicos, como Robert Clarke, quien sintetiza los últimos avances de la Cosmología con una frase, absurda para muchos, pero balance de serias investigaciones: "Todos somos hijos de las estrellas" (El hombre mutante, Edaf, 1990). La existencia del mito puede ser explicada como un gen cultural, que entró en la historia con El Libro de los muertos, de los egipcios, o cuando alguien empezó a escribir el primer capítulo de esa novela imaginativa y contradictoria que es la Biblia. Ese primer escriba, ¿tendría conciencia de estar creando un mito? Lo ignoramos. Lo que sí podemos considerar es la oportunidad de su invención simbólica y posterior consolidación durante siglos para aliviar la angustia y para determinar una moral imperativa que pusiera un poco de orden en las relaciones pasionales de los seres humanos. Habrá que recordar las palabras de Paul Diel: "El simbolismo mítico es un producto psíquico, del que se derivan las múltiples religiones...Todas tienen un solo y único fin: hacer un dique colectivo contra el desbordamiento de la angustia" (El miedo y la angustia, FCE, 1966).
El mito de la ‘Divinidad creadora' se transmite como el relato esotérico de los orígenes, como una realidad, imaginada y simbólica, aunque asumida como real, generación tras generación. Esta falsedad objetiva actúa, sin embargo, como una verdad mítica universal, de origen psicológico, inseparable de la naturaleza pensante del hombre, porque "los mitos, como repite Diel, son una respuesta imaginada y simbólicamente disfrazada a una interrogación respecto de la existencia del universo". El relato mítico del Dios judeo-cristiano es de carácter sobrenatural, se considera verdadero y sagrado, se refiere a una creación, implica el conocimiento del origen de las cosas y se vive personalmente como una experiencia religiosa, cumpliendo así los condicionantes que para el verdadero mito propone Mircea Eliade. ("Creo porque me consuela", dice Martin Gardner). De ahí que, al ser Dios una convicción íntima y personal, emocional antes que racional, aunque carente de un refrendo científico, su estudio haya de ser objeto de la Psicología más que de la Filosofía o de la Teología.
La idea de Dios es una maravillosa invención del hombre, necesaria para poner orden en el caos de su conciencia primitiva y para evitar su auto-destrucción. Puesto que "saberse hombre es saberse contingente", la única salida posible al laberinto de la vida es la creación de Dios. Es decir, la creación del Mito por excelencia. Mito salvador, a condición de no olvidar su significación simbólica, sin realidad objetiva pasada, presente o futura. La aceptación plena de esta certidumbre es la condición inexcusable para alcanzar la hombría, es decir, la madurez total de la vida humana. Tesis confirmada por Feuerbach, al sentenciar con toda claridad que la idea de Dios es una gran creación del hombre (La esencia del cristianismo, Tecnos, 1993). Es la única salida racional al problema teológico de Dios, aunque deje inexplicado el origen misterioso de la existencia, aunque el Dios ‘creado' haya de sufrir la esclavitud de vivir en la mente de los humanos como un "apagafuegos" de la ignorancia y el temor de todos los nacidos de mujer.
Privando al hombre de su origen divino, Darwin solucionó el enigma de la evolución humana, afirmando que todos los seres orgánicos estamos emparentados. La vida es un mecanismo ciego, natural, sin objetivo. Por muy absurdo que parezca, la biología actual confirma que el origen de los seres vivos se puede explicar sin necesidad de acudir a un acto creador, mucho más absurdo e incomprensible. La idea de un universo eterno, capaz de originar la vida orgánica mediante combinaciones químicas de materia inorgánica, sin un agente exterior, excede mi capacidad de comprensión, pero nunca podré aceptar la idea contraria de un creador ajeno al universo, espíritu puro, que se ‘entretiene' creando mundos tan imperfectos, miserables y amorales como el que nos ha tocado vivir. Mucho menos si los dioses se figuran zoomorfos o antropomorfos como los que encabezan las grandes religiones. Con el sanguinario Yahvéh no quisiera ir ni a una fiesta de cumpleaños. El consuelo que anima a Gardner para creer es solamente el 10,3% de las motivaciones de los creyentes, según una encuesta. La primera motivación (28,6%) es porque la razón no puede encontrar otra explicación a la ‘perfección natural' (¿) del universo; la segunda (20,6%) se limita a decir que es un "sentimiento íntimo"; y las dos últimas, que se pronuncian son, "porque lo dice la Biblia" (9,8%) y "por la necesidad de creer en algo" (8,2%).
En mi primera infancia la palabra Dios se manifestaba a mi conciencia como una imagen virtual del Poder por excelencia, con el que no cabían ni dudas ni rebeldías, sino la sumisión incondicional del ser insignificante, impotente y afortunado en su incierto destino. Lo mismo le ha ocurrido a todos los bautizados del mundo. Pero no quiero generalizar. Mi concepto de Dios tiene tanta vida como yo. Conmigo nació, conmigo ha evolucionado y conmigo morirá. Porque cada cual tiene el suyo, propio e intransferible. Nadie puede saber con exactitud cuál es la imagen que de Dios tienen los demás, porque es una experiencia interior, aunque condicionada por la estructura sociopolítica y por una educación impuesta, enemiga de la libertad de conciencia. Mi Dios fue concebido por analogía con los poderes que me rodeaban: familia, educadores, autoridades políticas. Quizás esto sirva como elemento unificador, pero sólo para quienes conviven conmigo, en mi tiempo y en mi espacio geográfico. Hay otros muchos millones de seres para quienes la palabra Dios de hecho significa algo muy distinto.
Para Erich Fromm, en su libro titulado Y seréis como dioses (Paidós, 1974), no todos los humanos somos conscientes de la importancia de la experiencia espiritual o religiosa. La mayoría vive y muere sin tener del concepto Dios más que una leve tintura, que no les hace perder el sueño. El hombre huye del dolor y busca la felicidad: es la primera ley natural, cuya consecuencia lógica es que busque desesperadamente el cese de todo tipo de sufrimiento. Este impulso innato, este deseo irreprimible es el primer paso para su liberación, mediante el uso de sus facultades mentales de reflexión y de decisión, que lo separa del mundo animal. Todos huimos del dolor físico, que es el más común y primario, pero esa no es la única liberación. Para el pensamiento crítico hay un dolor psicológico, más intenso cuanto más profundo, que consiste en ignorarlo todo sobre sí mismo y sobre cuanto le rodea: de ahí que su mayor felicidad sea la búsqueda de la verdad ‘verdadera', es decir, la sabiduría, el conocimiento, que implica la respuesta a las eternas preguntas: ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy? ¿Qué sentido tiene el universo? ¿Qué sentido tiene mi vida?
Este último interrogante encubre, en su ingenua inconsciencia, el origen mismo del sentimiento religioso. La solución puede tener un nombre cualquiera, pero en la sociedad que me da cobijo intelectual se conoce como Dios, cuatro letras que han enraizado en nuestra conciencia lingüística como el concepto espiritual indispensable para sentirnos arropados en la miseria de nuestro paso por la Tierra. Sin darnos cuenta, Dios se cuela, como el huésped más familiar, en nuestras casas, en nuestras conversaciones, en nuestros modismos, en nuestros sueños, en cada uno de nuestros actos inconscientes. Dios siempre está ahí, imaginado como dueño y señor, en la vida de miles de millones de humanos. Es el Único Señor del universo, con poder para premiar y castigar, socorrer en las necesidades, auxiliar en las desgracias, atender las plegarias, consolar al atribulado y amparar a los suyos, es decir, a quienes se abandonen a su voluntad y cumplan sus mandamientos, sin venerar a otros dioses. Celoso de sus prerrogativas, el Ser Único aborrece la idolatría, como la mayor de las traiciones. Y no sólo el Jehová bíblico. También Alá ordena a los suyos: "Matad a los politeístas, allá donde los encontréis" (Corán, IX, 5), porque "No sois vosotros quienes los matáis. Es Dios" (Corán, VIII, 17). No hay Dios único sin fanatismo. (Continuará).

