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La Coctelera

La bitácora de Vandalio

Temas variados sobre humanismo, sociedad y religión

27 Marzo 2009

OJOS QUE NO VEN (71)

 

El mito de la divinidad (3)

En el idioma español, como en los demás idiomas europeos, la palabra Dios es consustancial a las costumbres sociales, ya que toda la historia de Occidente se ha fraguado, desde el Imperio Romano, en el proyecto ideológico judeo-cristiano. Incluso jurar, pese a estar prohibido, todo acto humano se hace en nombre de Dios, desde el saludo a la despedida, desde la imprecación a la injuria, desde la bendición a la maldición, desde el bautismo a la sepultura. En el riquísimo refranero español, según el Diccionario de refranes publicado por la Real Academia Española (1975), hay cerca de cien refranes alusivos a Dios, en los que el hispano-hablante se somete a la voluntad divina, reconociendo su poder sobre la vida. Es Dios quien ayuda, oye, castiga, juzga, concede beneficios, obra milagros a quien los pide con fe. (Baste citar los más conocidos: "A quien madruga, Dios le ayuda", "El hombre propone y Dios dispo- ne",  "A la mujer casta, Dios le basta", "Dios aprieta, pero no ahoga"). ¿Somos conscientes de que apelamos a un ‘fantasma inventado'?

Pero este concepto sociológico de Dios  no ha sido siempre el mismo. Ha evolucionado, como es lógico, al mismo ritmo que lo han hecho las distintas y sucesivas civilizaciones que lo han acuñado en los cincuenta y tantos siglos de historia. La ‘invención' del concepto de Dios, que comienza con un homínido temeroso y asombrado, ha continuado en una incesante labor ‘creativa' de un ser humano en creciente progreso intelectual. El Dios bíblico apenas tiene tres mil años de vida, aunque se puedan rastrear sus orígenes en civilizaciones anteriores, porque no hay una divinidad que no haya tomado algo de las precedentes. El atributo más antiguo y el que se ha mantenido con más fuerza a lo largo de la historia humana es el de Dios ‘creador', porque es el enigma que más ha intrigado al hombre de todos los tiempos. En la Tercera  Parte de este libro habrá ocasión de tratar de los atributos del dios bíblico, así como de la sorprendente teoría de la íntima relación del monoteísmo hebreo con el monoteísmo egipcio.

Hasta ahora, se ha tratado de Dios como un Ser cuya masculinidad se da por supuesta. Pero no siempre ha sido así. Durante milenios los panteones religiosos eran dominados por divinidades femeninas, algo fácil de entender si advertimos que las primeras formulaciones acerca de una divinidad generadora se hacían por analogía entre los hombres del Paleolítico. La fecundidad era inseparable de lo femenino. Sólo quien posee el maravilloso poder de ‘dar' la vida en el mundo animal, es capaz de originar todo cuanto perciben nuestros sentidos. De forma tajante lo afirma P. Rodríguez: "Durante más de veinte milenios no hubo otro dios que la Diosa paleolítica", adjuntando una relación estadística de las principales imágenes de diosas veneradas por el hombre paleolítico desde hace unos treinta mil años hasta el III milenio a.C. y  conocidas gracias a las representaciones iconográficas de Europa y Oriente Próximo. "Resulta absolutamente indiscutible que la primera deidad que ‘gobernó' el destino de la humanidad fue una figura de carácter femenino vinculada, de modo íntimo y directo, con los elementos y sucesos básicos que posibilitan y sustentan la vida". (Dios nació mujer, Ediciones B, 1999). Aunque, luego, al cambiar drásticamente la forma de vida de los humanos, pasando de la cueva y el nomadismo a la agricultura y el sedentarismo, a las ciudades-estado, a la propiedad privada y a las guerras de conquista, la mujer comenzó a perder posiciones en la organización social y las diosas dejaron paso a los dioses varones, y tan pronto como apareció la monarquía (c.3200 a.C.) el rey se presentó como un dios terreno, intermediario entre hombres y súbditos. Historia y novela se confunden.

En cualquier caso, su falsedad ya fue reconocida y anunciada por los grandes pensadores, como el romano Cicerón, que rechazó las ideas de los filósofos griegos sobre las divinidades paganas, considerándolas "ensoñaciones de unas personas que desvarían", lo mismo que los poetas, los adivinos y los magos, pero sobre todo la masa social, el vulgo, "cuyas creencias, por ignorancia de la verdad, se desenvuelven dentro de una falta de rigor absoluta" (De natura deorum, libro I). Cicerón, no obstante, defendía la existencia inmaterial de los dioses, "puesto que tenemos de ellos un conocimiento interior, innato". Pero rechaza la figura antropomorfa, porque "la apariencia humana se asignó a los dioses por una especie de decisión que tomaron los sabios para que el espíritu de los ignorantes pudiese ser conducido con más facilidad hacia el culto divino". La belleza ‘humana' de los dioses fue obra de los artistas. No ocurría así en otros pueblos como los egipcios, los sirios y otros, que adoraban a los animales por su carácter benéfico. (De natura deorum, Gredos, 1999).

Como los ‘dioses inventados' son un trasunto de su inventor humano, se les adjudican en las diferentes religiones los mismos atributos, virtudes y vicios de sus inventores, naturalmente aumentados y exagerados, como corresponde a su ‘imaginada' omnipotencia. La obra colectiva de la Biblia, con la biografía hiperbólica de Yahvéh, es el mejor de los ejemplos. Ese dios bíblico, como veremos, es codicioso, vengativo, cruel, implacable y soberbio, al mismo tiempo que puede ser misericordioso, comprensivo, amante de sus hijos y caudillo de su pueblo. El único vicio que no parece haber ‘heredado' de sus ‘creadores' es la lujuria. Quizás porque este dios único no tenía a su lado nadie con quien practicar la vida sexual. En cambio, en el politeísmo, entre los dioses de la antigüedad clásica, como entre la comunidad de la especie humana, había de todo: obsesos sexuales, homosexuales, bisexuales, hermafroditas, travestidos, fieles, infieles, castos y adúlteros, promiscuos y afeminados, andróginos y ninfómanas...Una variedad de perversiones que permitía a cualquier humano sentirse ‘cómodo' en su presencia. (Sabino Perea, El sexo divino, Aldebarán, 1999).

La ‘invención' intelectual de los dioses parece deberse a una necesidad de cohesión social. Así se comprenden las palabras de Voltaire que, en 1774, escribía sobre la cubierta de un libro de Helvetius, unas palabras en francés que, traducidas al español, darían como resultado la conocida frase: "Si Dios no existiera, habría que inventarlo". Y en su Diccionario filosófico, al refutar a Hobbes, admite la necesidad de creer en un Ser supremo, como "preciso para el bien común, que nos sirva a la par de freno y consuelo", en nuestra "desgraciada existencia". Se trata de una "falacia conativa", que diría Puente Ojea. Ese Dios-Consolador es necesario para muchos, pero esa necesidad no demuestra su existencia. Es más, se admite cualquier sustituto, sea cual sea. A este respecto,  escribe Paul Johnson  (La búsqueda de Dios. Un peregrinaje personal, Planeta, 1997): "La sociedad civil necesita un Dios. No importa cuál"

Es la estrategia político-social de muchos países. En 1954 el Congreso de los Estados Unidos de América incluyó la expresión Under God en el voto de lealtad a su país que Lincoln usó en el discurso de Gettysburg. Y dos años después aparecía en los billetes del dólar la expresión In God we trust  (‘Confiamos en Dios'). ¿En qué Dios? En cualquiera. El Presidente Eisenhower proclamó esa necesidad, arropada por la indiferencia: "Nuestro Gobierno no tiene sentido a no ser que esté fundado sobre una fe religiosa profundamente arraigada, y no me importa de qué religión se trate". Más claro imposible. Al puritanismo americano no le importa el individuo sino la colectividad, no la verdad sino la utilidad. La ‘emoción sagrada', el ‘misterio sagrado' que es la base de la religión, ha dejado de existir. Pero una creencia es absolutamente necesaria para el control social, como se ha comprobado en todas las civilizaciones. En esa misma línea, el filósofo ateo Daniel Dennet sostiene que la religión surge en las sociedades humanas como un fenómeno natural, para mejorar la cooperación dentro de los grupos humanos. Es un producto más de la evolución, sin necesidad de aventurar un origen sobrenatural. (Continuará).

 

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Soy filólogo ya jubilado, me gusta escribir y deseo mantener mi propia bitácora para ofrecer mis experiencias, ideas y sentimientos sobre la vida a quienes -jóvenes o viejos- las quieran compartir.
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