OJOS QUE NO VEN (72)
El mito de la divinidad (4)
El concepto de ‘utilidad social' tiene poco o nada que ver con la teología, cuya doctrina se fundamenta en la fe religiosa , es decir, en el asentimiento firme, sin mezcla de duda alguna, en la existencia real y personal , no inventada, de un Ser supremo, cuyo atributo más esencial es la Omnipotencia, al que los pobres mortales debemos amor, obediencia y temeroso respeto, según la doctrina católica. Sea debida a la tradición, al sentimiento o a la fe, la creencia en ese Dios personalizado que actúa sobre el universo, no puede ser demostrada por la razón humana, pese a los teólogos que así lo vienen afirmando desde Tomás de Aquino. La razón, como tantos otros filósofos han repetido hasta la saciedad, no puede admitir que el mal y el sufrimiento, inseparables de la historia de la humanidad, puedan ser obra de ese mismo Dios, entre cuyos atributos teológicos se cuentan la Bondad y la Justicia infinitas. Incluso un matemático puede, con relativa facilidad, demostrar la inconsistencia de las "pruebas" escolásticas de la existencia divina. (John Allen Paulos, Elogio de la irreligión. Un matemático explica por qué los argumentos a favor de la existencia de Dios, sencillamente, no se sostienen, Tusquets, 2009). Ni la Filosofía ni la Teología encontrarán la salida del laberinto. Me parece que sólo la Psicología podría acercarse algo al origen simbólico de la Divinidad, buceando en el pozo aún mal explorado de la conciencia del hombre, donde nace y vive la fe, esa engañosa ilusión que alimenta el mito de Dios, ese Dios absolutamente necesario de Voltaire.
La idea de una divinidad necesaria nació en la mente del primer homínido que intentó explicarse la existencia de sí mismo y de cuanto le rodeaba. Nuestro primer ancestro -sea quien fuere- pasa, pues, del asombro ante lo incomprensible a creador de sus propias imágenes. A una de ellas, derivada de su propia ‘alma', la llama Dios. Deberíamos abandonar, por consiguiente, la definición del hombre como "animal racional" para aceptar la de "animal creador", propuesta por R. Frondizi (Introducción a los problemas fundamentales del hombre, FCE, 1977), mucho más precisa, que incluye la posibilidad del razonamiento, pero que pone el énfasis en la capacidad creadora del hombre, origen de todos los mitos y símbolos que han jalonado su historia y su cultura.
La Psicología nos pone sobre la pista de una creencia religiosa que no es algo distinto de un anhelo común de hallar refugio sobrenatural ante certezas inevitables como el dolor y la muerte, sucesos cotidianos para los que el hombre nunca ha logrado encontrar una explicación racional. El hombre primitivo, que no tiene más referencia experimental que su propio yo, proyecta su conciencia en la imagen de un ser divino al que aplica todos sus atributos -porque no conoce otros- en grado superlativo, suponiendo que al no ser aprehendido por la experiencia sensible, vive en un ‘plano sobrenatural', el mismo en el que supone debe existir la parte pensante y sentimental de su propio ser corporal, a la que llama alma o espíritu, que, además de ser la más noble, imaginaba ser la única accesible a la divinidad incorpórea. Nace, así, la creencia animista, que da razón de la vida como dualidad ontológica (hombre-espíritu, natural-sobrenatural) y que es el primer paso, necesario, para la "creación" de Dios.
Pero ese paso no podría haberse dado si no fuera por la misma condición del primate ‘humanizado', lanzado a la satisfacción de sus deseos, lo mismo que cualquier otro primate, pero en este caso un intenso y novedoso deseo sublimado, como dice Schopenhauer, por las "necesidades metafísicas" de su complejo cerebro. Ahora ya el homínido tiene un gran deseo de saber, de resolver el enigma de la existencia, para cuya satisfacción ‘inventa' la práctica de la magia, las creencias en lo sobrenatural, el culto a los antepasados, el animismo...y la religión, como se conocía ya en 1845 leyendo a Ludwig Feuerbach (La esencia de la religión). El deseo ‘metafísico' es el origen, la esencia misma de la religión. Quien no tiene ningún deseo de conocer la verdad tampoco tiene necesidad de ningún dios. Es feliz en su ignorancia. Pero esta sensación, que podía ser perdonable en siglos anteriores, no lo es hoy, ya que la ciencia nos abre los ojos a la verdad, aunque se ‘quiebre' el corazón. "Frente a la servidumbre emocional que impone la fe, el pensamiento científico ofrece una liberación revolucionaria", acertada frase que tomo del psicólogo José luis González de Rivera. Porque "la ciencia demuestra la vocación del hombre por ser dueño de sí mismo, aun a costa de perder la felicidad de la ignorancia".
Son múltiples las ideas que se han ido fraguando a lo largo de las generaciones sobre el origen del hombre, casi todas carentes de lógica. Hay quien ha propuesto que la creación humana fue obra de un monstruo (sumerios, coreanos); a partir de un huevo inicial (chinos, japoneses, persas); a partir de las aguas (birmanos, sumerios, islandeses); por orden de un dios (egipcios, griegos, hebreos, mayas); por nadie, ya que el mundo es inmutable por toda la eternidad, y por tanto, no ha existido la creación (indios, jainitas). Pero ya sabemos que los mitos tienen poco que ver con la realidad y menos con la ciencia. Una mente racional sabrá distinguirlos y darles el valor que tienen, siempre simbólico, en una escala axiológica de valoraciones. A mí, particularmente, me encantan los mitos porque veo en ellos reflejada mi condición humana. Pero sabiendo dónde están los límites de la realidad, sea material o psicológica. El ‘ojo de Horus', por ejemplo, presidía todas las acciones de los antiguos egipcios, y el poder de Zeus era indiscutido para los griegos, pero eran sólo símbolos de la omnipresencia y de la omnipotencia del dios imaginado. ¿Creían de verdad los sumerios en la inmortalidad de los seres que dibujaban en sus tablillas de arcilla hace catorce mil años? "Los humanos no tienen rival a la hora de imaginar", leemos en El viaje al amor (Destino, 2007) de Eduardo Punset, quien concluye que la imaginación, es un "poder fascinante y desconocido".
Para el esoterismo hebreo tiene gran importancia todo lo relacionado con las letras y las palabras, en tanto que ‘causantes de la realidad'. La meditación sobre el ‘Nombre de Yahvéh' (el Innombrable) constituye uno de los pilares de la iniciática cabalística. Lo mismo cabe decir del mundo islámico, para el que basta el nombre de Alá para ‘realizar' la transformación mística en el corazón del hombre, según la doctrina sufista expuesta por el murciano del siglo XII Ibn Al'Arabí en El secreto de los nombres de Dios (Editora Regional de Murcia, 1997). La vía mística -es decir, psicológica- parece ser la única que puede expresar algo de lo que se puede entender por ‘divinidad'. En nuestros días, el filósofo español Xavier Zubiri es contrario a la demostración de la existencia de Dios por las ‘vías' del Aquinatense, que, en definitiva, está empapado de la metafísica de Aristóteles, que "ni es de sentido común, ni un dato de la experiencia". Hay que emprender una vía distinta, dice Zubiri, para llegar al conocimiento de Dios, que es el ‘fundamento' de lo real: "Lo que todos entendemos por Dios no es una esencia metafísica, sino una realidad última, fuente de todas las posibilidades que el hombre tiene...El hombre está fundamentado en la divinidad, metafísicamente inmerso en ella" (El hombre y Dios, Alianza, 1984). A lo que responde el también filósofo Gustavo Bueno, que ve en la tesis de Zubiri más religión que filosofía: "Su teoría, próxima al panteísmo, lleva al absurdo de que el ateo no es otra cosa que un hombre ‘desfundamentado'. (Cuestiones cuodlibetales sobre Dios y la Religión, Mondadori, 1989). El ateísmo está fundamentado en la razón. (Continuará).

