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La Coctelera

La bitácora de Vandalio

Temas variados sobre humanismo, sociedad y religión

29 Marzo 2009

OJOS QUE NO VEN (73)

 

El mito de la divinidad (5)

Desde luego, no resulta posible demostrar la existencia de ningún dios a través de la lógica, como quiso hacer en el siglo XIII Tomás de Aquino con sus ‘cinco vías'. El filósofo que más se acerca a la definición de la divinidad es el judío Baruc Spinoza, en el siglo XVII, que niega la trascendencia, tomando siempre como base al raciocinio, lo cual le valió el marbete de "el marrano de la razón". El ‘inmanentismo' de Spinoza es una doctrina que sostiene el primado de la experiencia interna religiosa sobre el conocimiento discursivo de Dios. "Sólo puede existir, desde un punto de vista lógico, una única sustancia, que es independiente, inmutable, infinita, causa de sí misma, y que existe de modo necesario y eterno. Dios es causa inmanente, pero no transitiva, de todas las cosas. Fuera de Dios no puede haber ninguna sustancia. Todo lo que es cierto de una esencia es cierto para siempre. El universo, en su conjunto, se convierte en manifestación de una única realidad, Dios: Deus sive Natura (Dios o Naturaleza). Sólo puede haber una sustancia porque ninguna sustancia puede producir otra sustancia. Fuera de Dios nada puede ser ni concebirse, luego el mundo es tan eterno como Dios". Estas y otras sentencias de Spinoza en su Ética se ajustan a una estricta filosofía de la religión, muy alejada de la psicología que lo reduce a un simbolismo de algo ‘presente' para la psique, pero inexistente en la realidad. Panteísmo frente a monoteísmo.

Sin embargo, la fe en alguna divinidad no significa, en absoluto, la descalificación del creyente. La fe tiene un denominador común, pero muy variadas manifestaciones. No es lo mismo la fe del fanático que la del sabio liberal. Condenar en bloque a todos los creyentes sería traicionar a héroes admirables, artistas o pensadores geniales y seres humanos conmovedores. Un filósofo ateo confiesa: "Tengo demasiada admiración por Pascal, Leibniz, Bach o Tolstoi -sin hablar de Gandhi, Etty Hillesum o Martin Lutero King- como para poder despreciar la fe a que apelaban...Y demasiado afecto por varios creyentes, entre mis allegados, como para pretender herirlos de ninguna manera" (André Comte-Sponville, El alma del ateísmo. Introducción a una espiritualidad sin Dios, Paidós, 2006). Admirable postura que comparto, habiendo sido testigo de innumerables obras de caridad y abnegación de personas muy cercanas, a las que amo y en las que confío. El ateísmo no es incompatible ni con la religiosidad ni con la política. El ateo, si no es indiferente, sigue siendo una persona social, transigente y comprensiva, que no busca ni la confrontación ni el proselitismo. Sólo la libertad de conciencia.

A vueltas con la divinidad, el mundo científico actual está dividido porque algunos se resisten a subordinar sus creencias a su razón. La cuestión numérica, que se aduce para inclinar la balanza a uno ú otro lado, no es importante. Desde que Friedrich Nietzsche dejara escrito -aunque sacado de contexto- aquello de que "Dios ha muerto", muchos hombres de ciencia sostienen una dura lucha interior, que se traduce en ataques de simple nerviosismo o de pánico incontrolado. Dígase lo que se quiera, al cerebro le cuesta muy mucho doblegarse ante la evidencia experimental, que hace innecesaria la existencia de ninguna clase de divinidad. Según el físico mundialmente famoso por su esclerosis lateral amiotrófica, "la evidencia científica sugiere que jamás existió un momento específico en que el mundo se creó; por tanto, no hay motivo para admitir la existencia de un Creador. El universo no parece tener ni fronteras, ni límites, ni principio, ni fin, siempre ha sido autosuficiente". Sus últimas investigaciones le han llevado a concluir que el Big-Bang, el propio universo y el tiempo físico están inmersos en una ‘quinta dimensión' diferente a las tres dimensiones del espacio, más la cuarta del tiempo. (Stephen Hawking, Brevísima historia del tiempo, Crítica, 2005).   

Superando la teoría de la relatividad,  Hawking llega a postular que "el espacio-tiempo real es tan solo obra de nuestra imaginación" y que el universo no tiene fronteras, ni está afectado por nada fuera del mismo. "No sería  ni creado ni destruido. Simplemente sería. ¿Qué lugar habría entonces para un Creador?" (La teoría del todo. El origen y el destino del universo. Debate, 2007). En la parte opuesta, un científico como Leon Lederman, Premio Nobel de Física, sentencia: "Sólo Dios sabe lo que pasó en el principio de los tiempos". Descalifica, así, la especulación científica, quizás por no entenderla, como casi todos nosotros. Pero hay que admitir que esas especulaciones no son gratuitas, sino que están fundamentadas en múltiples deducciones matemáticas y procesos experimentales.  No cabe ya más que emplear cada uno su propio juicio crítico, inclinándose por la teoría que le parezca más acertada, rechazando prejuicios y haciendo valer sólo su raciocinio, ese maravilloso instrumento que dignifica al homo sapiens sapiens.

Para el positivismo, con su aversión a la metafísica, la ciencia experimental es la única fuente verdadera del conocimiento. Precisamente porque la religión nace de la emoción del miedo, sentimiento involuntario de angustia y dependencia ante el futuro incierto, para proporcionar al individuo alguna esperanza en su ansiosa búsqueda de felicidad duradera. La ciencia, por el contrario, se basa en la razón deductiva, sin hacer caso de las emociones, busca la verdad por el camino de la experimentación, paso a paso, al margen de revelaciones, mitos y supersticiones. Ni la metafísica ni la teología son capaces de dar una respuesta científica a la pregunta básica: por qué hay algo en lugar de no haber nada. En cambio, el espectacular avance de la ciencia nos va revelando que resulta innecesario acudir a ningún Dios para justificar el origen de la materia, según la teoría del Universo Inflacionario, que propugna un universo sin principio ni fin.

Divididos, como todos los humanos, los científicos buscan la verdad de la naturaleza y de la vida, pero dudan en lo más íntimo de su conciencia, creyendo algunos que esas dudas pueden alimentar una fe inquebrantable. Pero la duda es incansable y ha de estar acompañada inevitablemente por el sufrimiento psíquico. Aunque este dolor del espíritu es lo más noblemente digno que puede soportar  cualquier ser humano. Para superarlo, no basta con seguir el consejo de Octavio Fullat: "Nada puede contarse de Dios, ni siquiera que existe. Lo postulamos y nada más" (El pasmo de ser hombre, Ariel, 1995). Porque, en lógica, postulado es una proposición que se admite como verdadera sin pruebas, como fundamento necesario de ulteriores razonamientos. La fe religiosa no puede pasar de esta condición de ‘postulado' imaginario, pero la Verdad exige una base algo más sólida, es decir, razonada, científica, sin someterse a dogmáticas ‘revelaciones' de profetas iluminados. (Continuará)

Tags: dioses, ciencia, fe

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Soy filólogo ya jubilado, me gusta escribir y deseo mantener mi propia bitácora para ofrecer mis experiencias, ideas y sentimientos sobre la vida a quienes -jóvenes o viejos- las quieran compartir.
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