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La Coctelera

La bitácora de Vandalio

Temas variados sobre humanismo, sociedad y religión

30 Marzo 2009

OJOS QUE NO VEN (74)

 

VII

El mito de las revelaciones (1)

 

Inventar un espíritu creador, por muy excelso que sea, no es suficiente para calmar la angustia primordial del ser humano. Angustia que no desaparece hasta que comprende su error, la falsa idea de que hay algo más tras la vida terrestre. Así lo proclamaban los romanos cuando cantaban públicamente en el teatro: Post mortem nihil est; ipsaque mors nihil ("Nada hay tras la muerte, la misma muerte no es nada"), frase repetida por Séneca y recogida por Voltaire en sus Cartas filosóficas. Para quien sueña con otra vida, esta vez sin sufrimiento ni final, es comprensible que la angustia de perder tanto bien domine su vida terrena. De ahí el ‘invento' de los dioses y la necesidad de su ‘religación' con ellos. El planeta Tierra es, en frase de Cicerón en su Deorum natura, "como una casa común de dioses y hombres". Por supuesto, en distintos niveles, como en las películas sobre la burguesía inglesa, unos ‘arriba' y otros ‘abajo'. Unos mandan y otros obedecen.  Quienes habitan el piso ‘sobrenatural'  ordenan la vida de los habitantes del piso inferior, ‘natural' y propio de los sirvientes. Los dioses sólo pueden, según su naturaleza, ‘dar órdenes' a sus criaturas, y éstas no tienen más remedio que mostrar la sumisión de los súbditos, venerar y ‘suplicar' para no ser expulsados del paraíso.

Porque un Ser Supremo, si es ‘creador', ha de atender después al ‘mantenimiento' de su creación. Como en cualquier obra humana, es preciso controlar el paulatino desgaste de la obra y fortalecer los cimientos de la fe en el constructor, para que no se marchite la esperanza de una larga vida. El ‘alma' humana (es decir, la ‘psique') necesita la curación y el apoyo de la divinidad en sus momentos de dolor y decaimiento. Esta es la motivación de toda súplica al Todopoderoso, el sentido de la oración en cuanto invocación a la misericordia de ese Dios ‘inventado', como el mejor remedio para recobrar la salud perdida. "La oración es la medicina más barata", dice Burt Lancaster en la película de Richard Brooks El fuego y la palabra (1960). Esto ya supone una ‘relación' entre creador y criatura. Un indicio de que es posible ‘hablar con la divinidad', en la seguridad de que escucha y atiende las súplicas. La idea fue recogida por el doctor Larry Dossey al escribir su tratado en el que confirma que La oración es una buena medicina (Obelisco, 2005) o la escritora Rosemary E. Guiley en El poder de la oración (Martínez Roca, 1996). La oración es una enseñanza básica en cualquier religión, ya que propicia el ‘intercambio' entre ambos mundos, el natural y el sobrenatural, que todas predican. Incluso el espiritismo tiene sus fórmulas de Oraciones espiritistas (Obelisco, 1993).   

Aunque es absurdo pedir a Dios que modifique su creación a favor de nuestros mezquinos intereses, ni las Iglesias ni los fieles renuncian a este asidero de esperanza, por muy engañoso que sea. La oración puede ser individual o colectiva, pero siempre se trata de un intento de traspasar el límite entre lo natural y lo sobrenatural. A veces no es necesario siquiera creer en un dios personal, como nos demuestra el budismo, para el que la oración es algo esencial. La psicología habla de ‘autosugestión', con efecto tranquilizante. Según la ciencia, el registro de las ondas cerebrales durante el acto de orar o meditar indica que hay disminución del lactato en la sangre y aumento de la resistencia eléctrica en la piel, lo que demuestra el poder ansiolítico de la oración profunda. Sea respondida o no, se sabe que es beneficiosa para la salud. Si en la oración pensamos -hay quien está  muy seguro de que es así- que Dios nos escucha, en la meditación, por el contrario, es Dios quien nos habla. Según Jesús de Nazareth, la fe "mueve montañas", es capaz de conseguir lo imposible. El creyente lo cree sin dudar y en esa su íntima relación con su Dios encuentra la felicidad. Bendito sea el ‘consolador', aunque no exista más que en su imaginación.

Aunque existen oraciones pre-fabricadas, la auténtica oración-religación es la que sale espontáneamente del corazón (perdón, de la mente) con humildad y sencillez. Su efecto es la unión ‘mística' con la divinidad, algo que sólo comprenden quienes llegan a ella. Para el doctor Mora "Dios no se entiende, se siente" (El cerebro sintiente, Ariel, 2000). Es un sentimiento, gratificante y liberador, de intenso éxtasis en momentos-cumbre, aunque también puede producir una desesperación profunda, como señala el autor, quien apunta al lóbulo temporal del cerebro como asociado a las experiencias religiosas. "A los neurocientíficos, añade, no nos gusta mucho hablar de religión...Pero resulta cada vez más difícil ante la nueva perspectiva de la concepción del hombre en un marco de conocimiento mucho más amplio que en épocas anteriores". La neuroteología, que  trata de la localización de las áreas cerebrales relacionadas con la fe, es investigada principalmente por el neurólogo americano Andrew Newberg, mediante tomografías o fotografías del cerebro en estado de meditación. Hay estudiosos que defienden la tesis de que las experiencias religiosas son producidas por señales eléctricas en los lóbulos temporales, que pueden ser provocadas por situaciones de ansiedad, crisis dolorosas o falta de oxígeno o glucosa en sangre. Sus efectos son muy parecidos a los ataques epilépticos, como los sufridos por Pablo de Tarso o Teresa de Jesús (Ciencia-Mente, Obra colectiva, Olañeta, 1998). No salimos del ámbito imaginativo.

La Ciencia viene en nuestra ayuda, para decirnos con toda solemnidad que "el mundo es pura ilusión". Es una frase dicha por la neurocientífica gallega, Susana Martínez-Conde, del Instituto Neurológico Barrow, de Phoenix (Arizona. EE.UU.) experta en las percepciones visuales, que es el objeto principal de sus investigaciones, para completar su afirmación con esta otra, fruto de muchos años de trabajo: "No hay nunca una percepción que sea una réplica exacta de la realidad. El cerebro no intenta reconstruir la realidad tal y como es, sino que construye nuestra experiencia subjetiva, y la correspondencia nunca es total". Es decir, todo lo que hay es mi cerebro es ‘sólo mío' y puede no reflejar exactamente lo que hay fuera de mí. Bien lo saben los magos, que "utilizan ilusiones ópticas y visuales en sus espectáculos, apoyándose en las ilusiones cognitivas que ocurren en nuestros circuitos neuronales. Los trucos de magia buscan generalmente romper la relación normal causa-efecto". La investigadora española reconoce con humildad que "calculamos que hay dos docenas de áreas del cerebro que se dedican al procesamiento visual, y apenas sabemos cómo funcionan las tres primeras". Sus experimentos analizan las posiciones de los ojos mil veces por segundo, para apreciar las conexiones entre las percepciones visuales y las ilusiones. De nuevo, el subconsciente nos juega malas pasadas, porque la vista puede ir por un lado y por otro nuestros pensamientos subliminales, de los que no nos damos cuenta. ¿No son las revelaciones meras ilusiones?

Con nuestra mente podemos construir universos de ficción, mundos imaginarios y casi siempre simbólicos, de cuya existencia real no se duda. Como en el sueño fisiológico, esas imágenes no se generan a voluntad sino caprichosamente o por motivaciones extrañas al sujeto. Pero son intensas y capaces de originar deducciones fantasiosas de la mente, que no sabe distinguir entre imágenes oníricas y realidad, en ambos casos seres reales, aunque separados del cuerpo. Seres que conforman un ‘mundo simbólico', tan vivo y real para el sujeto como el material que le rodea, capaces de hablar y de comunicarse. Los sentidos no intervienen en el proceso, pero pueden ‘imaginar' que oyen voces, que traban conversación y que reciben mensajes de esos seres imaginados. Es el fundamento psicológico de las revelaciones. Parece claro que la creencia ‘animista' favorece esta contemplación de un mundo sobrenatural, en el que todo es posible. Creencias que se originan en la persona por deducción propia, o inducida, pero las consecuencias pronto dejan de ser individuales para transformarse en colectivas. Es muy posible que sin la ‘sociedad', por muy tribal que fuera, no se habría sistematizado el sentimiento religioso. (Continuará).

 

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Soy filólogo ya jubilado, me gusta escribir y deseo mantener mi propia bitácora para ofrecer mis experiencias, ideas y sentimientos sobre la vida a quienes -jóvenes o viejos- las quieran compartir.
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