OJOS QUE NO VEN (75)
El mito de las revelaciones (2)
Este sentimiento, tan humano y profundo, de la ‘revelación' o ‘intuición' de lo ‘sagrado' en los individuos lo explica muy bien el citado profesor de la universidad de Bolonia Fiorenzo Facchini, antropólogo de reconocido prestigio: "Desde el momento en que tuvo conciencia de sí mismo, el hombre no pudo dejar de percibir su diferencia en relación a los seres de su entorno, ni dejar de asombrarse por la bóveda celeste, los astros, el poder de la naturaleza...Y más allá del asombro, la percepción de algo que sobrepasa al hombre y lo trasciende, frente a lo que se siente impotente o cuya naturaleza ignora. Estas fueron las experiencias que engendraron el sentimiento de lo sagrado". Sentimiento que, debido a la ignorancia primitiva, indefectiblemente tuvo que venir acompañado del terror a lo desconocido, de la angustiosa dependencia de ‘algo' inexplicable, fuese natural o sobrenatural, causa de la aparición y destrucción última de todo lo viviente. Sentimiento de la mente individual, pero en el mismo grado de la colectiva, en cuyo caso, "lo que digamos de la religión debe ser cierto para los distintos miembros de la familia", como precisa Walter Kaufmann (Crítica de la Religión y la Filosofía, FCE, 1983, p. 107). El sentimiento de la religión, que comienza siendo personal, se alimenta necesariamente de la cultura ambiental, que propicia la creación de los mitos y de los ritos colectivos.
Pero no deja de ser un sentimiento, una intuición, sin más fundamento que la imaginación, la poderosa imaginación del hombre, ‘creadora' del mundo sobrenatural. El origen del homo sapiens y el del sentimiento religioso deben tener, más o menos, la misma edad evolutiva, ya que, según los estudiosos, la creencia en espíritus separados del cuerpo es una propiedad inherente a la misma mente humana. Para el antropólogo Juan Luis Arsuaga, investigador de Atapuerca, como para tantos otros investigadores no creyentes en el ‘fideísmo', nuestra mente tiene esa función imaginativa, que nos separa y distingue de otras especies. Pero el edificio de la religión no puede construirse sin la amalgama de la fe, que no necesita para nada de la razón. Sí de la imaginación, que da carta de naturaleza a una supuesta ‘revelación', arropada y defendida por el ‘criterio de autoridad' de los intérpretes de la también supuesta divinidad. El soporte es, pues, bastante frágil, ya que puede hundirse tras cualquier sacudida de los argumentos científicos, cada día más numerosos, fundados en la razón y en la experimentación, que van poniendo cerco a tanta ‘revelación imaginada'.
Gustavo Bueno en El animal divino (Pentalfa, 1985) propone definir la religión como "religación de los hombres con los númenes", entendiendo por numen "un centro de voluntad e inteligencia" que puede estar incardinado en humanos (chamanes, héroes, profetas, santos, etc.) o en animales totémicos. La conclusión de Bueno es que "los hombres hicieron a los dioses a imagen y semejanza de los animales". Así, la religión dejaría de ser de origen social, como quiere Émile Durkheim en Las formas elementales de la vida religosa, para convertirse en una "categoría ontológico-antropológica, en una relación real entre los hombres reales y los númenes reales". Acude al envite Gonzalo Puente Ojea, afirmando con rotundidad que "la religión es invención, ilusión, y no realidad de númenes inexistentes" (Ateísmo y religiosidad, Siglo XXI, 1997). Siendo el animismo la mayor de las ilusiones, "la hipótesis animista no menoscaba en absoluto la realidad de las religiones como hechos históricos, como productos antropológicos". Lo que el autor niega no es la ‘realidad' sino la ‘veracidad' de las religiones. "Sueños y visiones -sigue diciendo- son los dos motores principales del animismo original, activados por la experiencia de la muerte...Esta idea seminal del alma, imprecisa, es una invención del ser humano, que germina por el temor, en el deseo de supervivencia". Para entender con más precisión el origen del sentimiento religioso hay que recordar, con Puente Ojea, que "la ilusión animista es un fenómeno previo respecto de la ilusión religiosa". Primero es el ‘alma', el espíritu que lo anima y después la necesidad de conseguir por cualquier medio la supervivencia personal. Porque lo que no deja lugar a dudas es que el sentimiento religioso es íntimo y muy personal: lo que busco es ‘mi' felicidad, ‘mi' salvación eterna, ‘mi' supervivencia en otro mundo mejor que éste. El sentimiento religioso se hace colectivo cuando el clan sistematiza los mitos, organiza los ritos y propone el culto a los familiares fallecidos. Así como el fetichismo es individual, el totemismo es un fenómeno corporativo, que encuentra en el ‘totem' el espíritu familiar que identifica y protege al clan, con poderes tan mágicos como los del fetiche. Algo que todavía no es religión, porque no ha sido algo ‘revelado'.
Si la soledad, la menesterosidad y el ansia de inmortalidad del hombre son estímulos que favorecen el nacimiento de la espiritualidad, la necesidad de un orden social y de una autoridad respetada por todos está en el origen de la religiosidad colectiva, sometida al poder de los ‘espíritus' inventados. Hay que saber distinguir, por tanto, la ilusión que da origen a las ‘almas' y la que inventa a los ‘dioses' (no importa que sean femeninos ni múltiples). Esta reflexión, laica y racional, da un vuelco total a la doctrina recibida. Ya no es un dios quien ‘crea' al hombre ‘a su imagen y semejanza', sino que es el hombre quien ‘crea' al dios creador para dar con una explicación satisfactoria al misterio de la vida. Y para ello va creando un mundo nuevo de imágenes alucinatorias, cubriendo la realidad que le rodea con el velo de la mitología, que no es única ni uniforme para todas las agrupaciones religiosas. Las hay, incluso, que carecen de dioses, como el budismo o el jainismo. Pero en todas hay un elemento común, que forma parte constitutiva de la condición humana: el deseo de felicidad y supervivencia, que parece garantizado por las ‘revelaciones sagradas'. La religión, todas las religiones, serían el medio más apto para alcanzar esta necesidad vital del cerebro evolucionado. Porque, como afirma Durkheim: "No hay religiones que sean falsas. Todas son verdaderas a su manera, todas responden, aunque de formas diferentes, a ciertas condiciones dadas de la existencia humana". Lo mismo exponen los dos antropólogos más celebrados en el tema de las religiones comparadas: Brian Morris (Introducción al estudio antropológico de la religión, Paidós, 1995) y E.E. Evans-Pritchard (Teorías de la religión primitiva, Siglo XXI, 1991).
Ni la filosofía, ni por supuesto la teología, meramente especulativas, podrán ya dar una razón válida de lo que es y puede llegar a ser la vida del hombre sobre la Tierra. Hay que denunciar también la irrelevancia y en muchas ocasiones el fraude de la historia humana escrita en los ‘Libros sagrados'. Esta historia está grabada solamente en los códigos profundos de nuestro cerebro, todavía ignorados, pero cuyos secretos nos irán desvelando las futuras investigaciones biológicas y psicológicas. Será la Ciencia, sin duda, la que proporcionará las respuestas adecuadas a las angustiosas preguntas del ser humano, que las religiones no han podido ofrecer más que por medio de irracionales ‘revelaciones'. La única verdad evidente a mis ojos es la de mi finitud y mi muerte.
La fe religiosa en un dios me puede ayudar a sobrellevar mi angustia hasta ese momento, pero sin olvidar que su existencia y sus atributos son mera imaginación. Seré mucho más feliz si acepto mi destino, sin falsas esperanzas de supervivencia. Buscar y llegar a la verdad a través de la reflexión científica es el único camino cierto de felicidad para el ser humano que, sin sometimiento religioso, acepta las conclusiones de la Ciencia como la gran meta alcanzada por la razón, madre de la conciencia crítica y libre. ¿Qué códigos hay en lo más profundo de nuestro cerebro que nos empujan, no sólo a seguir vivos, sino a querer trascender nuestra propia historia biológica? Las respuestas no pueden ser más nítidas: En la Neurociencia actual no parece haber duda alguna de que ‘todo' lo que es el mundo que nos rodea y en el que vivimos, lo que nos incluye a nosotros mismos, es filtrado y en muy buena medida ‘creado' por nuestro propio cerebro...Y con ello se llega a la conclusión de que no hay verdades ‘reveladas' que no hayan pasado ‘por' y se hayan elaborado ‘en' el cerebro del hombre. La revelación también es un mito. (Continuará).

