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La Coctelera

La bitácora de Vandalio

Temas variados sobre humanismo, sociedad y religión

1 Abril 2009

OJOS QUE NO VEN (76)

 

El mito de las revelaciones (3)

Como en toda posible discusión, lo que se hace necesario, en primer lugar, es el deslinde semántico de la palabra discutida. Las más urgentes son la palabra revelación y la palabra fe. ¿Cuántos significados distintos tiene la palabra fe? ¿Cuáles son los límites del contenido religioso de la fe? ¿Son sinónimos fe y creencia? Según la etimología, la fe se basa en la confianza (fides), como todos sus derivados: fidelidad, fiduciario, fideicomiso, fidedigno. Esto supone que la fe se presta a alguien, como indica el verbo fiar, fiarse (me fío de...porque le conozco y me merece confianza). Este acto de fe es libre y voluntario, en tanto que fe profana, sin salir del ámbito de las relaciones humanas. No sucede lo mismo con la fe religiosa, que depende de una ‘revelación' divina, a cuyo invisible autor no conocemos más que por la propia fe. Y si de la ortodoxia católica se trata, esta fe en la palabra revelada no depende de la razón, ni está fundada en la credibilidad de alguien ajeno a mí, a quien no conozco más que por esa misma palabra supuestamente revelada. Es un don gratuito que no depende de la voluntad humana, como queda dicho en los escritos joánicos: "nadie puede venir a mí si el Padre no lo trajere" (Jn, 6:44) y repiten teólogos modernos como Evangelista Vilanova, profesor en una Facultad de Teología de Cataluña (Cap. "Fe" en Conceptos fundamentales del cristianismo, Trotta, 1993) y filósofos de la talla de Gustavo Bueno, para quien, siguiendo la doctrina ortodoxa, "la fe es un don, que Dios concede a quien quiere" (Cuestiones quodlibetales sobre Dios y la Religión, Mondadori, 1989). Como sé por propia y dolorosa experiencia, la fe se puede perder, y es imposible recuperarla por más que lo decida la voluntad. ¿Quién puede asegurar que ‘cree' porque ‘quiere creer'? Es un error teológico, por tanto, afirmar que la fe es una virtud, si no tiene la condición de acto voluntario. Tener fe carece de mérito y de responsabilidad, ya que depende del Padre, del Hijo o del Espíritu Santo.

El verbo creer, que es el comúnmente usado para dar vida activa a la fe, tiene de hecho significaciones múltiples en español, que conviene deslindar para acercarnos con más acierto a la fe de tipo religioso. La creencia expresa el objeto del verbo, y queda modificada por el complemento preposicional. No es lo mismo creer a (acto de confianza en alguien), creer que (suposición) o creer en (algo impersonal).  Para creer a "alguien" es preciso un cierto grado de confianza en la persona que habla. Sin este sentimiento previo, es muy difícil aceptar el contenido de la creencia. Puedo creer a mis padres, a mis amigos, a las personas que me hablan con autoridad. Pero si falla esta confianza, se pierde la fe en esa persona. Con la expresión "creo que" puedo significar una opinión ("creo que esta novela es muy buena"), un deseo ("creo que mañana lloverá"),  una suposición ("creo que mi mujer me engaña"). Por el contrario, si afirmo que "creo en" algo estoy expresando una certeza moral ("creo en la bondad del ser humano"), física ("creo en la teoría de la relatividad"),  psíquica o parapsíquica ("creo en los fantasmas"), religiosa ("creo en Dios").   

La tres acepciones tienen sus derivaciones semánticas en la credulidad del sujeto, como componente de su singular temperamento y de su formación intelectual, y en la credibilidad que tal sujeto merece al conjunto de la sociedad. El crédulo es aquel que cree con excesiva facilidad, sin comprobación crítica. Por el contrario, el creyente es el que cree sin duda posible. Llamamos credo al conjunto de doctrinas, religiosas o profanas, que son aceptadas como ciertas por una colectividad y que se profesan por cada creyente, de forma individual. En el caso de la fe católica, el credo es el  símbolo de esta fe, predicado y transmitido por la Iglesia de Roma. En cualquier caso, la creencia puede tener un contenido sagrado y otro profano. Al convivir en sociedad hemos de usar constantemente de la fe profana, porque de otro modo no sería posible la convivencia. Puedo creer a pies juntillas la confidencia de un amigo, el contenido de un libro, lo que me pronostican las cartas del tarot o la enseñanza de un profesor, pero lo haré aceptando como válida la palabra de quien me lo comunica, porque considero que merece mi confianza. Creo porque me fío de quien habla. En este sentido, la fe necesita de la confianza, como queda dicho. Por otra parte, decir "creo que me curaré de esta enfermedad", "creo que con mi conducta agradaré a mis padres", "creo que mañana saldrá el sol lo mismo que hoy" son aserciones de fe en un futuro, basadas en que se cumplirán las leyes naturales, éticas y psíquicas, alimentadas por la esperanza de su cumplimiento.

Pero esta fe, que llamo profana, no tiene relación alguna con la espiritualidad. Está fundamentada en la experiencia sensible, en el conocimiento científico, en el raciocinio lógico, en la deducción analógica, en la solidaridad o en el amor. No es esta la fe que aquí interesa, sino aquella que, cerrando los ojos a la realidad  y a la propia razón, cree firmemente, con absoluta confianza y sin la más leve impresión de duda, en una verdad supuestamente ‘revelada' por un Ser Divino, infalible y todopoderoso. Por un imperativo ético, no se deben usar las dos acepciones indiscriminadamente. Quien trate de la fe religiosa no debe olvidar que está hablando de una fe ‘revelada', misteriosamente comunicada a los humanos, sin depender de un acto racional y libre. La ‘revelación' esclaviza a quien cree en ella.

La fe religiosa, según san Pablo, es  "un medio de conocer las cosas que no se ven"( Heb. 11:1). En otras palabras, hay que desligarla de toda experiencia sensible. Por otra parte, desaparecerá, por innecesaria, al recibir el premio ultramundano de la visión beatífica (I Cor. 13:12). La fe religiosa, por tanto, lo mismo que la esperanza, son ‘virtudes gratuitas', que sólo se dan en la vida terrena, cuando el hombre somete su inteligencia y su voluntad a la creencia ciega en las promesas de un dios inventado, como Jahvéh para los judíos, Alá para los musulmanes o la Santísima Trinidad para los cristianos. Ninguno de ellos tiene existencia real, pero sus creyentes se cuentan por miles de millones en todo el mundo. Si la Biblia es el conjunto de libros sagrados, y por tanto verdaderos, para el judaismo y el cristianismo, el Corán constituye la revelación última y definitiva de Dios. Todo depende, pues, de una imagen cerebral, una ‘revelación' sin existencia real fuera del cerebro.

La fe en Cristo no necesita de milagros ni de más testimonios que la propia palabra de Cristo: "Bienaventurados los que no ven y creen" (Jn. 20:29). Con esta sola frase evangélica se destruye la intención del invocado Creador, que dota a los humanos de razón y de libre albedrío para después pedirle, como a Abraham, el sacrificio de esas dos propiedades que los distinguen de la simple animalidad. La fe en la palabra de un Ente desconocido, sin más testimonio que los escritos de las llamadas ‘Sagradas Escrituras' y de unos interesados comentaristas, cuya hermenéutica se basa, a su vez, en las enseñanzas de  esas Escrituras, es, con toda evidencia, el suicidio de la razón humana y la negación de su libertad. Confianza, sumisión y obediencia, tanto a la divinidad como a sus intermediarios. Sobre estas premisas se han levantado gigantescos y frágiles edificios de espiritualidad a lo largo de la historia del hombre. ¿Cómo es posible tanta credulidad en unos textos ajenos a la razón,  sin el menor viso de verosimilitud, que han seducido a millones de humanos? ¿No es suficiente como demostración de su falsedad la dispersión de la fe en cientos de sectas, todas diferentes y rivales entre sí?     

La clave del arco, que sostiene todo el entramado teológico, está en la palabra revelación o manifestación de los misterios sagrados, es decir, comunicación de la divinidad creadora con la criatura mortal. Esa comunicación ha quedado registrada no hace mucho (la más antigua no llega a tener cuatro mil años) en los conocidos como "Libros sagrados", cuya primera expresión pudiera ser el Libro de los muertos del pueblo egipcio, pero con escasa influencia en la vida posterior del mundo occidental, que divide sus creencias religiosas en los tres monoteísmos rivales: el judío, con el Antiguo Testamento y la Torah; el islamita o musulmán, con el Corán; y el cristiano, basado en las enseñanzas del Antiguo y del Nuevo Testamento. En la historia de la evolución humana no hay un momento preciso que pueda señalarse como el de la ‘invención' de los dioses. La ‘actualización' de los sentimientos religiosos depende a su vez del crecimiento lentísimo del cerebro. Se calcula que los primeros individuos de la humanidad se fueron multiplicando hasta llegar a los ochenta y tantos millones en el año 6.000 a.C., y a los más de seis mil millones de la actualidad (Fiorenzo Facchini, El origen del hombre,  Aguilar, 1990). . Es decir que la historia ‘computable' del homo sapiens  equivale a la del homo religiosus, siempre a la zaga de la evolución cerebral.

Además, como expone Gonzalo Puente Ojea (Elogio del ateísmo. Los espejos de una ilusión, Siglo XXI, 1995)), la revelación, "cuya definición es imposible tanto conceptual como históricamente, permite modificar, corregir o ampliar el conjunto de enunciados que constituyen su objeto, en función de circunstancias contingentes y cambiantes". Así se llega a la idea absurda de la ‘revelación abierta', admitiendo una fe que puede evolucionar, dejando inerme al pobre creyente, cuyas más firmes creencias religiosas puede ver modificadas de la noche a la mañana. Si hoy la fe me advierte de la existencia de verdades irrefutables, mañana la ortodoxia teológica puede decirme algo distinto, dejando mi fe al albur de la cambiante circunstancia. A menos que alguien asuma que su fe es sencillamente seguir la senda marcada por el pastor, es decir, confundir la fe con la obediencia ciega, porque sólo el pastor conoce el camino del aprisco.  Contra los interesados en el ‘entendimiento' entre la fe y la razón,  en especial algunos científicos católicos, no hay componendas posibles. La razón nunca podrá admitir  como cierto el ‘absurdo', mientras que la fe se basa en él, como dice la sentencia eclesiástica: credo quia absurdum ( "creo porque es absurdo").  ¿Hay mayor desvarío intelectual? (Continuará)

Tags: fe, revelacion

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a dijo

El tema de la fe ha dado mucho que hablar desde los pelagianos y antes, pasando por Port-Royal.

En mi opinión sí se puede admitir una cierta libertad. Pero el problema de la fundamentación de la ética sigue vivo, ¿qué debo hacer? se preguntaba Kant en la "Crítica de la razón práctica".

¿Por qué tengo que actuar de manera ética? El imperativo categórico,
¿es realmente válido universalmente? ¿Cómo convencer a "los malos" sin violencia?

La globalización está extendiendo su ala negra sobre las personas. El nihilismo, como seguridad de que no es posible otro mundo, no es fácil de combatir. Porque el nihilismo pienso que no es no creer sino creer que no es posible la ética.

9 Abril 2009 | 05:21 PM

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Soy filólogo ya jubilado, me gusta escribir y deseo mantener mi propia bitácora para ofrecer mis experiencias, ideas y sentimientos sobre la vida a quienes -jóvenes o viejos- las quieran compartir.
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