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La Coctelera

La bitácora de Vandalio

Temas variados sobre humanismo, sociedad y religión

2 Abril 2009

OJOS QUE NO VEN (77)

 

El mito de las revelaciones (4)

Para la criatura racional se plantea una primera dificultad, de carácter metafísico: ¿Cómo es posible la "comunicación" entre dos seres tan diferentes como el creador y su criatura? Para ello hay que admitir, con anterioridad, la existencia de un sujeto creador y de un acto creador, con lo que hemos entrado en un círculo vicioso, en un laberinto del que no podemos salir, porque la entrada y la salida conducen al mismo sitio. Creo en la existencia de Dios, porque me lo dice el mismo Dios, a través de su palabra ‘revelada'. Para unas mentes escasamente críticas puede ser ‘razonable' que exista un Ser Superior, creador omnipotente. Pero este juicio, por muy extendido que esté, no conduce a la fe religiosa, que implica la creencia firme en una serie de dogmas, que, como la propia revelación, se basan en la palabra de otras 'autoridades' proféticas, cuyas ‘palabras' se predican como ciertas por una supuesta ‘inspiración' divina, que nadie puede contrastar. Si, como creo, la existencia de un dios es meramente simbólica, difícilmente podrá comunicarse con el ser creado, ni por sí ni por  intermediarios

La revelación no es más que un subterfugio para hacer prosélitos sumisos y fieles. No es pensable que un Dios, sabio y amante de sus criaturas, haya optado por comunicarse con ellas a trasvés de intermediarios, a menudo de tan escasa talla moral y de textos tan contradictorios, que bendicen la violencia al mismo tiempo que el amor al prójimo, la pobreza en medio del lujo de sus jerarcas, la sumisión al poder despótico tanto civil como eclesiástico. ¿No han sido las guerras de religión las que más sangre de humanos ha regado la tierra? ¿Cómo es posible que la Iglesia Católica nos proponga como modelos de santidad a dos antagónicos religiosos del siglo XIII, Francisco de Asís, amante de todas las criaturas, con el español Domingo de Guzmán, martillo de herejes, paladín de la sangrienta Inquisición? Del dios infinito tenemos derecho a esperar otro tipo de literatura, otros modelos de santidad y otra clase de intérpretes, más cercanos a la pureza ideal que predican.

Si ese supuesto Dios omnipotente y misericordioso pudiera ‘comunicarse', en forma de inspiración personal, como la simbólica musa inspira al poeta, ¿hubiera tardado tanto en fijar la doctrina de la salvación, que ni aún hoy conocemos en todos sus detalles, y que mañana puede variar? Realmente, si no fuese tan trágico, sería cosa de burlarse despiadadamente de tantos crédulos, incapaces de liberar a su propia razón de las ataduras de la fe impuesta. Por más que se empeñen los teólogos modernos, la doctrina cristiana no puede ignorar las contradicciones y vesanias que ensombrecen los textos bíblicos. La palabra de Dios, por muy ‘revelada' que sea, no puede incitar al error, al odio, a la venganza y al crimen, como ocurre en esa especie de ‘novela negra' que es la Biblia. Para un comentarista libre de prejuicios, no sería posible resumir aquí la serie de disparates que expone como verdades demostradas el profesor de Filosofía de la Religión en la Universidad de Santiago de Compostela, Andrés Torres Queiruga, en las breves páginas que dedica a la ‘Revelación' en la voluminosa obra colectiva que tiene por título Conceptos fundamentales del cristianismo (Trotta, 1993)

No hay religión que no predique una fe. Ni fe religiosa que no necesite de unas ‘verdades'  supuestamente ‘reveladas' por un Dios ajeno al hombre y al mundo en que vive, repetidas y predicadas por unos ‘intermediarios' entre la humanidad y la divinidad. Para un creyente católico la oración del credo encierra en unas breves líneas el contenido fundamental y dogmático de su fe. Aprendida en la niñez, pocos se han  parado a meditar sobre su origen y significado. Origen que en vano buscaré en los evangelios, puesto que no se redacta hasta el Concilio de Nicea (325 d.C.), sin que se generalice su enseñanza como dogma hasta la Baja Edad Media. La doctrina sobre la divinidad de Jesús de Nazareth contenida en el credo fue el resultado escrito de la victoria teológica sobre el arrianismo. Es decir, que la predicación de Pablo de Tarso no quedó formulada expresamente hasta el siglo IV, precisando la ortodoxia doctrinal del cristianismo, movimiento religioso que ha tenido que batallar férreamente desde sus orígenes con opiniones y creencias adversas para ir dibujando durante varios siglos la doctrina que hoy se considera ‘oficial' de Roma.

La teología dogmática posterior pretendió imponer a la razón humana el misterio de Dios, pero lo único que consiguió fue enemistar cada vez más a la razón con la fe. El citado credo quia absurdum ("creo porque es absurdo"), a pesar de su irracionalidad, llegó a presentarse como la verdad suprema, el único medio de vencer, muy cómodamente, cualquier clase de duda. El sacerdocio cristiano ha predicado, generación tras generación, con sumisión intelectual a la jerarquía, las conclusiones siempre cambiantes y acomodaticias, de los intérpretes más conspicuos de la palabra divina, sean la tradición apostólica, los conocidos como Padres de la Iglesia, definidas como verdades necesarias por los Concilios y los Papas. Para evitar cualquier desviación doctrinal, la Iglesia ha inventado la infalibilidad de la Biblia como "palabra de Dios" y del Sumo Pontífice, como Vicario de Cristo, que, por solo este título, ‘no puede engañarse ni engañarnos'.

Gonzalo Puente Ojea, en su última publicación (La andadura del saber, Siglo XXI, 2003) ha resumido admirablemente la trayectoria eclesiástica que va de la ‘inspiración' a la ‘inerrancia' bíblicas. Comienza por indicar que la autoría de la Sagrada Escritura pertenece, según la Iglesia, al mismísimo Dios que predica. En el siglo XI (Carta de León XI, que incluye el "Símbolo de la fe", año 1053) se afirma que el "Dios y Señor omnipotente es el único autor del Nuevo y del Antiguo Testamento". Profesión de fe que se reitera en 1208, en 1267 y en 1274 por diversos Papas, indicando a los historiadores las duras batallas teológicas libradas en el siglo XIII. Pero "la primera definición dogmática de que la Sagrada Escritura no contiene mentira o error" se encuentra en la Constitución papal Cum inter nonnullos de Juan XXII (1323) y después en la carta Superquibusdam de Clemente VI (1351), donde ya se dice expresamente que "el Nuevo y Antiguo Testamento, en todos los libros que  nos ha transmitido la autoridad de la Iglesia Romana, contienen en todo la verdad indubitable" (la cursiva es de Puente Ojea). La Bula de Eugenio IV (1442) Cantate Domino insiste en que "por inspiración del mismo Espíritu Santo han hablado los santos de uno y otro Testamento".

Pero ha de llegar el Concilio de Trento (1546) para que la Iglesia de Roma declare que el Evangelio cristiano es la fuente de la verdad, y asuma la veneración de todos los libros, así del Antiguo como del Nuevo Testamento, comoquiera que un solo Dios es autor de ambos, mediante sucesivas ‘revelaciones', a lo que se suman  las tradiciones apostólicas, "por continua sucesión conservada en la Iglesia Católica", declarando anatema a quien no recibiere como sagrados y canónicos los libros mismos íntegros con todas sus partes, y se contienen en la antigua edición de la Vulgata latina. Pasados los siglos, el Concilio Vaticano I (1870) aprobó la "Constitución dogmática sobre la fe católica", en la que se defendían los libros bíblicos no sólo porque "contengan la revelación sin error, sino porque, escritos por inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios por autor". Tesis repetida por otros Papas (1907, 1915, 1920, 1950) hasta llegar al Concilio Vaticano II (1965) en el que se insiste en la verdad de la Escritura: "los Libros Sagrados enseñan sólidamente y fielmente y sin errar la verdad que Dios hizo consignar en dichos libros para nuestra salvación".

Como señala el mismo autor,  "La Iglesia es quien define sus fronteras. Pero, además, es también la Iglesia quien establece soberanamente su interpretación". Parapeteada en el misterio de la ‘revelación' y en la sucesión jerárquica apostólica, desde el mismo Pedro, la Iglesia Católica puede permitirse el lujo de ser juez y parte en toda posible discusión dogmática. Por lo visto, ni el propio Jesús de Nazareth, ni los apologetas de la religión después, tuvieron claro el contenido total del canon católico, ya que la Iglesia jerárquica ha ido añadiendo, en el correr de los siglos, nuevos dogmas y creencias al primitivo (siglo IV, al menos) depositum fidei. Así ha ocurrido, por ejemplo, con los dogmas referidos a la madre de Cristo, la Inmaculada Concepción y su Asunción a los cielos, o más recientemente, con la infalibilidad pontificia. (Continuará)

 

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