OJOS QUE NO VEN (82)
OJOS QUE NO VEN (82)
Del politeísmo al monoteísmo (2)
La Sierra de Atapuerca, en Burgos (España), es un lugar único en el mundo. Aquí se han encontrado los fósiles más viejos de Europa; aquí se ha nombrado una nueva especie (Homo antecesor); aquí se ha descubierto el más antiguo caso de canibalismo; y aquí, finalmente, se han hallado restos de la más primitiva práctica funeraria. De "regalo envenenado" califica Arsuaga la capacidad intelectual con la que se enriquecieron. No sabemos cuándo se alcanzó entre los últimos eslabones del género Homo la conciencia de la vida y de la muerte. Esta ‘conciencia' es el "regalo envenenado" de que habla Arsuaga, porque "aquellos burgaleses de hace 300.000 años deben ser admitidos como miembros de pleno derecho en la misma familia de seres atribulados a la que pertenecemos nosotros". En la llamada Sima de los Huesos se acumularon cuerpos, de hombres y animales, algunos todavía completos, "en un estado de conservación sorprendentemente bueno a pesar de los años transcurridos".
Las prácticas funerarias descubiertas en Atapuerca tienen un enorme interés para rastrear los orígenes de la religión. De momento, se puede asegurar que las únicas criaturas que lloran a sus muertos y tratan con respeto a los cuerpos sin vida somos los humanos (con excepciones que confirman la regla). En la Sima de los Muertos no hay enterramientos, propiamente dichos, sino acumulación de cadáveres, "en un lugar especial". Lo que ya indicaría una conciencia de ‘otra vida' sería el hallazgo de cadáveres enterrados junto a cualquier objeto de su vida terrena. Esta costumbre podría estar ya asentada entre los neandertales de hace 60.000 años, como indican los registros fósiles. Pero, desde luego, eran habituales en la época del arte rupestre, de los adornos personales y de las figurillas femeninas que se han considerado como representación simbólica de las primeras diosas de la historia (hace unos 32.000 años). El culto a los antepasados, siguiendo la opinión de Herbert Spencer, "es la fuente y origen de la religión". Idea que completa Marvin Harris, al tratar del tótem de los pueblos primitivos: "Gran parte de lo que se conoce como totemismo no es sino una forma de culto difuso a los antepasados" (Nuestra especie, Alianza, 1995). Pero el tótem no era más que un objeto sagrado, que ‘representaba' el espíritu de los antepasados en cada tribu o clan familiar.
"La invención de los dioses se debe fundamentalmente al miedo". Esta frase de Petronio, que resume todo lo dicho con insistencia anteriormente, nos devuelve al origen del género Homo, y más concretamente al Homo sapiens, consciente ya de su propio miedo y de esos seres ‘sobrenaturales', a los que debía acudir para eliminarlo. Pero transcurrieron muchos años hasta que ese sentimiento de impotencia ante el miedo dejara de ser individual y tribal para convertirse en colectivo y social, inaugurando la verdadera historia de las religiones. Durante el periodo Epipaleolítico (18.000-9.300 a.C.) los cromañones vivieron en cuevas y abrigos naturales, como cazadores y depredadores, consumidores casi exclusivos de carne, incluida la humana, pero ya con sensibilidad artística y simbólica, que dejaron documentada en las primeras pinturas rupestres. Con el Neolítico (9.300-7.000 a.C.) llegaron los asentamientos, las agrupaciones sociales, las ciudades, la agricultura, la ganadería, la alfarería y la minería, además de la ‘invención' de los dioses y los cultos colectivos. Estas son las coordenadas temporales en las que se ha de encuadrar el nacimiento de las religiones, diversas aunque con un sustrato común: la angustia de la muerte y la ilusión de seguir viviendo ‘más allá'. También se puede aducir que la ciudad más antigua de Europa, Çatal-Hüyük, en los montes turcos de Anatolia, con una antigüedad de unos 7.000 años, contaba con algún palacio custodiado por animales imaginarios, símbolos de entidades sobrenaturales.
La gran expansión urbana se produjo 4.000 años a.C. en Mesopotamia, la "Tierra de los cinco Mares" (Mediterráneo, Caspio, Negro, Rojo y Golfo Pérsico) entre los Montes Zagros (actual Irán) y el desierto de Siria. Enorme extensión regada por los dos grandes ríos, Tigres y Eúfrates, donde se fueron formando durante miles de años grandes depósitos sedimentarios que favorecieron la agricultura. Estas fértiles llanuras fueron el escenario privilegiado del origen de las primeras religiones ‘ritualizadas', en un entorno ciudadano en el que se inventaron, además de los dioses, la escritura, la rueda, el ladrillo, la cerámica, la fragua, la domesticación de algunos animales, las industrias del metal y de la construcción, las necrópolis y los templos. Sin olvidar la jerarquización de la sociedad, con sus reyes y su capital, Uruk (Erec) la más importante de la región durante casi cinco mil años (4.000 a.C.-siglo III d.C.), centro religioso de primer orden, con varios templos célebres, como Kullaba, donde se veneraba al dios An, ‘señor del Cielo', y Eanna, donde recibía culto la diosa de los sumerios Inanna, la Isthar de los acadios y la Astarté de los fenicios. En los templos mesopotámicos había siempre un altar para los sacrificios cruentos. (Michael Roaf, Mesopotamia y el antiguo Oriente Medio, Ed. del Prado, 1992). (Continuará).

