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La Coctelera

La bitácora de Vandalio

Temas variados sobre humanismo, sociedad y religión

20 Septiembre 2009

OJOS QUE NO VEN (91)

 

Diversidad de religiones (5)

 

ISLAMISMO. En la primera mitad del siglo séptimo de la era cristiana, un singular profeta semita, de nombre Mahoma,  ‘animado' del espíritu divino, predicó una nueva religión monoteísta a los pueblos árabes, cuya doctrina se recoge en el ‘Corán', libro supuestamente inspirado por el único Dios, que toma el nombre de Alá en esta nueva doctrina. Mahoma (o Mohamed, el nombre más común), que nació en La Meca hacia 570 d.C. y falleció el 8 de junio del 632, está enterrado en la ciudad santa que le vio nacer. Lo mismo que Buda, Mahoma gustaba de la meditación en soledad, para encontrarse con un Dios único, que superase en poder a todos los demás del politeísmo imperante en su época, incluso al Dios Supremo de judíos y cristianos, que ya habían abatido, en gran parte, el politeísmo pagano. Lo halló, por fin, en Alá, una deidad de La Meca (santuario pagano anterior al Islam), entre tantas otras, pero cuya realidad fue haciéndose para él cada vez más evidente. ‘Imaginó', pues, que Alá era el Dios único y verdadero, cuya religión había de extender por orden del arcángel Gabriel, ‘autor' de esta ‘revelación' que había tenido en sueños. Su poderosa imaginación no sólo fue la creadora de esas ‘divinas' revelaciones, sino que, además, le ayudó a imaginar un ‘viaje' al paraíso a lomos de una fantástica cabalgadura de nombre Buraq, que en nada tiene que envidiar al Clavileño de nuestro crédulo Sancho Panza.

 Huido a la ciudad de Medina el 24 de septiembre de 622, (fecha de la hégira o era musulmana), Mahoma comenzó su predicación "con los ojos puestos en Alá y con un sentimiento de gratitud infinita por el don divino de la vida". Impuso a sus fieles el lema de que "No hay otro Dios que Alá, y Mahoma es su profeta", y les obligó a los cinco rezos diarios, a la práctica de la caridad, a respetar el mes del Ramadán, y a peregrinar a La Meca al menos una vez en la vida. No obstante su éxito como líder religioso y político, su vida íntima deja mucho que desear, ya que su pasión por las mujeres le llevó a desposarse hasta diez veces, primero con una viuda rica y después con una niña de ocho años; su pasión militar fue exterminar a sus enemigos políticos y a las tribus judías de Arabia. A su muerte en 632 comenzaron las disensiones entre los califas, sus sucesores, aunque todos mantuvieron la orden de extender el Islam mediante la ‘guerra santa' contra quienes lo rechazaran

 Ismael, hijo de Abraham y de la esclava Agar, es tenido por antepasado de los árabes, el Corán le atribuye el título de profeta, como a Mahoma, y es mencionado entre los que recibieron la revelación de Alá. A la muerte de Mahoma, su sucesor Abú Baker lanzó a los fieles de las tribus árabes a la conquista de otros territorios, convirtiéndolos en guerreros sanguinarios.  Los ejércitos árabes tomaron Siria en 636, Jerusalén en 638 y Egipto en 642, conquistas que fueron   preludio de una expansión cruenta por el norte hasta Turquía, Irán y la  frontera china, y por el oeste al norte de África y España. La enorme y rápida expansión de los ejércitos islámicos por buena parte del mundo habitado es un fenómeno tan sorprendente que desafía toda posible explicación lógica. El califato vivió siglos de esplendor, hasta que fue suprimido en 1924.

En la actualidad, Arabia saudí, Egipto, el Irán de los Ayatolás y Pakistán son la reserva espiritual del Islam, los grandes ‘exportadores' de la fe musulmana por todo el planeta, con numerosas comunidades en América, Filipinas, Indonesia y Europa oriental. Los conflictos con la comunidad judía del Próximo Oriente, ocasionado por la creación del Estado de Israel en 1948, afectan especialmente a los musulmanes de Palestina, Líbano y Siria. Con los cristianos son, no sólo los más numerosos, con más de mil millones de creyentes, sino los más activos proselitistas: es la ‘yihad' o el compromiso de propagar a todos los infieles la palabra de Alá, incluso por medios violentos (Pilles Kepel, La Yihad, Península, 201).  Tienen su centro espiritual en La Meca (Arabia), donde veneran una piedra negra (en realidad, un meteorito), atracción de peregrinos de todo el orbe musulmán, aunque conservan en Jerusalén una de las más importantes mezquitas, superior en simbolismo religioso a las de Damasco, Estambul, Ispahan o Córdoba, entre las antiguas, y la deslumbrante de Bahrein, entre las modernas.

El templo o mezquita del Islam se compone de una estancia vacía, reservada para la oración, con el mihrab orientado a La Meca,  y el mimbar o púlpito del predicador. La decoración, que carece de imágenes, se limita a las pinturas murales, con frases del Corán o elementos vegetales. En el exterior, el alminar es la torre, desde la que el muecín convoca a la oración. En el Corán se puede leer que "Se han de preferir los hombres a las mujeres, pues Alá otorgó a los primeros cualidades que negó a las segundas". Ellas no tienen obligación de asistir a las mezquitas para la oración, y si lo hacen han de estar separadas de los hombres, a las que han de estar sometidas. Como se puede comprobar también en el tratamiento a la mujer, que ha de cubrirse desde la cabeza a los pies, incluso el rostro, en algunos países extremistas: (Desde el pañuelo o hiyab para cubrir el cabello, hasta la niqab o túnica que sólo deja al descubierto los ojos y las manos entre los suníes, pasando por el burka de Afganistán que cubre los ojos con una rejilla y el chador de los chiíes, que deja ver la cara). La mujer islamista vive inmersa en la  consentida poligamia y en  la eterna subordinación al varón, a quien su religión concede todos los derechos sobre todas y cada una de sus mujeres, incluso la muerte. Recientemente, un ‘enloquecido' musulmán ha degollado a su propia hija de 18 años en Italia, por el gran ‘pecado' contra Alá de haberse enamorado de un cristiano.

El Islamismo es una religión machista y  conquistadora que se propuso extender sus dominios en la Edad Media y que retrocedió al ser expulsada por los ejércitos cristianos una y otra vez. Pero no desfallece y hoy parece que quiere intentarlo de nuevo, siempre al grito guerrero de "¡Alá es grande!" o con métodos más ocultos y sofisticados Como en otros tiempos los cristianos, el Islam mata hoy en el nombre del Dios Clemente y Misericordioso a todo aquel que se oponga a su fe, compatible con las más sangrientas actuaciones, como la autoinmolación por motivos políticos. Es la triste y nefasta consecuencia de todo monoteísmo intolerante. Pese a tanto fanatismo, el Islam (palabra que significa ‘sumisión' a Alá), que está dividido en dos ramas, incompatibles entre sí (Javier Martín, Suníes y Chiíes, los dos brazos de Alá, Catarata, 2008)), y cuyos mensajes son potencialmente violentos (Antonio Elorza, Los dos mensajes del Islam, Ediciones B, 2008), predica la bondad de las acciones, la inmortalidad del alma, la resurrección y el juicio universal, lo mismo que su eterna competidora, la religión cristiana, como que ambas se alimentan de la misma savia, el Antiguo Testamento judío.

Aunque el Corán se escandaliza de la fe cristiana en Jesús como "hijo de Dios" (Corán, 19:17-29¸21-91), lo venera como profeta que inspira su propia búsqueda espiritual. Esta veneración no impide en la actualidad las persecuciones, porque, así como los islamistas son acogidos y respetados en los países democráticos occidentales, los cristianos sufren acoso, torturas y asesinatos en más de 50 países musulmanes. Excepto en Jordania, que disfruta de libertad religiosa, en Arabia saudí impiden no sólo la construcción de templos católicos, sino la exposición pública de la cruz. En Egipto los católicos carecen de opciones para practicar libremente su fe y se les niega la posibilidad de tener representación política. En Irán los conversos al cristianismo son perseguidos a muerte, y en Pakistán la minoría católica está tan humillada y escarnecida que el obispo católico John Joseph se suicidó en 1998 para protestar por la persecución y condena de sus fieles. (¡Una manera no muy católica de protestar!).

 Sin embargo, no hay que considerar a todos los musulmanes como ideológicamente integristas, sino que de su seno, históricamente, han brotado personajes insignes por su caridad, su amor a la belleza, a las ciencias y a las artes, que fecundaron la barbarie europea medieval.. En Andalucía (al-Andalus para los musulmanes) dejaron huella profunda después de casi ocho siglos de dominio del valle del Guadalquivir. Debemos a su cultura el maravilloso minarete almohade de la Giralda sevillana, y la inefable mezquita de Córdoba, desgraciadamente amputada por los reyes cristianos. Sin contar la herencia filosófica y científica, económica, medicinal, palaciega, gastronómica y sensual que ha beneficiado tanto a los pueblos de Occidente (J. Vernet, Lo que Europa debe al Islam de España, El Acantilado, 1999). Pero el respeto, la gratitud y la admiración -si las hay- no son recíprocas.

Unos y otros aseguran que nadie entrará en el paraíso hasta después del Juicio Final, después de una aniquilación general que precederá a la resurrección de los cuerpos, perfectos e incorruptibles, que serán juzgados por Alá y sentenciados al infierno o al paraíso eternos. Paraíso que para los musulmanes es tan fantasioso y falaz como el cristiano: ríos de leche y miel para satisfacer el gusto y doncellas eternamente (?) vírgenes y efebos para satisfacer la sexualidad de los elegidos (¡siempre varones!) en un ininterrumpido gozo sensual. Lo más curioso de esta doctrina de ‘salvación' es que a todos los elegidos les será concedida la gracia de que el ‘Altísimo' los invitará a visitarle todos los viernes (?). No obstante, las diferencias doctrinales son tan grandes que nunca han logrado superar el antagonismo que ha llevado a esas dos religiones monoteístas a enfrentarse en el pasado, con enorme derramamiento de sangre, y en la actualidad amparando la destrucción de Occidente, por obra del terrorismo fanático. (Continuará).

Tags: islamismo

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Soy filólogo ya jubilado, me gusta escribir y deseo mantener mi propia bitácora para ofrecer mis experiencias, ideas y sentimientos sobre la vida a quienes -jóvenes o viejos- las quieran compartir.
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