OJOS QUE NO VEN (95)
Diversidad de religiones (9)
Es sabido que las religiones mayoritarias actuales nacieron como nuevos movimientos religiosos escindidos de tradiciones más antiguas: el budismo nace del brahmanismo, el cristianismo del judaísmo y el sijismo del hinduismo. Como en toda evolución, han salido favorecidas las que han sabido adaptarse a las necesidades sociales o pactar con la autoridad civil para constituirse en religión oficial de un estado o comunidad, necesitada de una cohesión religiosa para alcanzar la unidad política. Religión y Política han ido de la mano en numerosas ocasiones, aunque en otras ha corrido la sangre en abundancia. Pero solamente han luchado espada en mano las religiones monoteístas, para defender al dios único, frente a los ‘atrevidos avances' de los dioses rivales.
El Trono y el Altar han sabido beneficiarse mutuamente, sobre todo en los regímenes monárquicos y autoritarios. Por el contrario, las creencias politeístas, acostumbradas a unos dioses nada intransigentes, como que tenían que convivir entre ellos, repartiéndose el poder y la veneración de los fieles, no han conocido las guerras de religión a gran escala. Ocurre lo mismo con las que practican la no violencia (nunca veremos empuñar las armas a los budistas, por ejemplo) y quienes no son partidarios de hacer prosélitos, la gangrena más evidente de los monoteísmos. ¿Qué cristiano de fe profunda no se avergonzará de su historia, repleta de hechos violentos, conversiones forzadas, torturas inquisitoriales, eliminación física del disidente? Todavía hoy existen Estados que apoyan una determinada religión. Sin embargo, la tendencia actual es la no confesionalidad estatal, y por tanto la libertad religiosa de los ciudadanos. El futuro será, sin duda, del laicismo, doctrina respetuosa con todos los credos, basada en el respeto a las creencias individuales, como derecho de toda conciencia libre (Henri Peña-Ruiz y C. Tejedor de la Iglesia, Antología laica, Universidad de Salamanca, 2009)..
El artículo 18 de la Declaración universal de los Derechos humanos (aprobada en 1948) dice así: "Cualquier persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión, lo cual implica la libertad de poder cambiar de religión o de convicción, así como la libertad de manifestar su religión o convicción en solitario o en grupo, tanto en público como en privado, mediante la enseñanza de las prácticas, el culto y la realización de los ritos".Parece que la humanidad, por fin, ha entrado en la mayoría de edad, que supone la absoluta libertad de pensamiento, sin someterse a ninguna autoridad ideológica que no haya pasado la prueba de aptitud en el tamiz de la propia razón. Las nuevas generaciones vivirán en guardia contra el síndrome de Peter Pan, en el que ha consistido la tradicional educación religiosa: "Si no os hiciereis como niños no entraréis en el reino de los cielos" (Mc: 10,15).
La multiplicidad de religiones que pueblan la Tierra (tanto si son monoteístas como si son politeístas) sólo se pueden contemplar bajo dos supuestos: o bien todos los dioses adorados por los hombres son verdaderos, o todos son falsos. No es posible que tantos ‘entes' eternos puedan ser verdaderos a la vez., por tanto, la falsedad es manifiesta. O tienen existencia real fuera de la materia, a la que crean ‘de la nada', o no la tienen, y son pura ilusión virtual. Si lo primero, como defiende el creacionismo, sería indiferente el pertenecer a una u otra religión; la polémica sería exclusivamente ‘partidaria' entre politeísmos y monoteísmos, primero, y entre las religiones de un solo dios, después, para dilucidar cuál de ellos es el único y verdadero. Si la respuesta es la ‘virtualidad' de los dioses, es decir, su inexistencia real, ya que sólo viven en la imaginación del homo sapiens, se ha de reconocer que la humanidad ha vivido en un engaño permanente, subyugada por la idea de que esta vida terrena, tan desgraciada, se ha de continuar en otra, más placentera. Mi razón me dice que esto es pura ilusión.
Si la falsedad es consustancial a todas las religiones, hay que clamar, aunque sea en el desierto, contra esa múltiple, continuada y fanática alienación que adormece las conciencias, impidiendo ver con claridad el camino para salir indemne de tan loca servidumbre. Algo que solamente podrá llevar a cabo la reflexión imparcial y profunda, el sometimiento de los sentimientos a la razón y de las costumbres supersticiosas a los dictados del juicio racional, huyendo como de la peste de la fe impuesta y propagada por los falsos profetas, que suelen presentarse bajo el rótulo engañoso de la ‘auctoritas'. (No admito más ‘autoridad' que mi propia conciencia, de donde nace mi propia dignidad). Cuando el delirio se adueña de la mente humana, deja de ser racional para someterse a las exigencias de la emoción delirante. Al hombre racionalmente sano le basta y le sobra con su razón bien informada para dilucidar sobre la verdad de las cosas, sin necesidad de seguir ningún ‘criterio de autoridad', aprendido en las escuelas del ‘pensamiento único', donde nadie enseña a vivir y pensar en libertad, que es el marchamo interior que me distingue del animal, y que debe guiar todas mis acciones.
La primera reflexión que se presenta a la consideración humana, por tanto, es la de sustanciar si existe un solo Dios, diversificado, o si todas las religiones son iguales, o mejor, igualmente falsas. En este supuesto, ninguna ha de ser preferida si admite la utilidad como el único criterio válido de la fe. Tesis muy práctica, pero egoísta, además de incompatible con el sentido de la espiritualidad. Siguiendo la idea de Freud de que la religión es una ilusión necesaria, sin la cual el hombre no podría sobrellevar las calamidades de la vida, escribió Antonio Gala (1995) que "todas las religiones son innecesarias, pero mientras una religión aquiete al hombre, lo mantenga en paz con sus semejantes y ordene su espíritu para que se sienta acompañado, sea bienvenida". Idea recogida también por Fernando Savater, al exponer en una entrevista que "cualquier mitología alegremente asumida cuenta con mis simpatías". Este ‘utilitarismo' individual pasa a ser ‘políticamente correcto' cuando la misma sociedad lo acoge como propio: es la paz colectiva la que está en juego. Se admite la religión en tanto en cuanto ‘sirve' al proyecto político de la comunidad.
Pero esta postura acomodaticia atenta contra la dignidad del pensamiento humano. No importa que los fundamentos religiosos sean absurdos ni que sus dogmas anulen la razón y la libertad. Por encima de todo, dicen los ‘utilitaristas', por encima del ser humano individual, se impone la ‘razón de Estado'. Es preciso que el amor a la verdad se someta al sosiego social, como ha ocurrido a lo largo de los siglos. ¿Por qué, si no, han protegido siempre las autoridades civiles las crueldades de la cristiandad contra los disidentes y aun los meros sospechosos a los inquisidores de la fe? ¿Por qué admiten los seguidores del Islam la pena de muerte contra el adulterio y la homosexualidad? Más aún, ¿por qué las autoridades musulmanas obedecen el mandato coránico de "matar a los que no creen en Alá" (Corán, s.IX.v.28)? ¿No es la creencia religiosa el aglutinante violento y agresivo del nuevo Israel? Para un observador imparcial, resulta incomprensible que estas tres religiones recen al mismo Dios y busquen, por medios tan diversos, la unidad política y la salvación eterna para sus fieles creyentes. En vez de la razón, la esquizofrenia es la enfermedad que parece dominar al hombre.
Quienes consideran que la ‘veracidad' de una fe depende del número de adeptos, yerran también escandalosamente, porque un consenso generalizado no prueba que una creencia sea cierta. En el colmo del ‘utilitarismo', se propugna una solución tan ‘diplomática' como poco efectiva para salvaguardar la dignidad de la razón, es decir, una mezcla de todas ellas, un ‘sincretismo universal', un ‘consenso' generalizado entre las autoridades religiosas, como hacen los políticos, aunque ello supusiera ceder en sus fundamentos doctrinales. Incomprensiblemente, para algunos filósofos, tenidos por sensatos, como Eugenio Trías, "la única religión verdadera sería aquella que fuese capaz de sintetizar las existentes" (Pensar la religión, Destino, 1997). Como ya dijo, años antes, con similares palabras, Raimon Panikkar, en El silencio de Buda, al propugnar una "fecundación mutua" de las religiones, porque ninguna está en posesión de la verdad absoluta. (Buda. 53 sutras y cartas de meditación para el silencio y la paz interior (Edaf, 2004). Se hallará la paz interior, pero no la verdad. (Continuará).

