OJOS QUE NO VEN (96)
Diversidad de religiones (10)
El Concilio Vaticano II, que reunió a las autoridades eclesiásticas católicas en 1965, al reconocer (doctrina ‘novedosa' en el seno de la Iglesia) la libertad religiosa como uno de los derechos humanos fundamentales, promovió un proceso ecuménico de unión doctrinal de todas las religiones (al menos las monoteístas) por motivos ‘utilitarios' de beneficio espiritual para hombres y comunidades. Idéntica finalidad a la que tuvieron en 1986 los representantes de las principales religiones en la basílica italiana de Asís, "para orar en común". Este sincero movimiento de diálogo inter-religioso será un excelente y eficaz medio para promover la paz y la justicia social entre los pueblos, pero nunca la solución al problema de la diversidad religiosa. Lo único que podría demostrar es la falsedad de todas las religiones y de todos los posibles dioses.
La misma Iglesia Católica está dividida, a pesar del Papa y de los Concilios. El cardenal Carlo María Martini, un eterno ‘papable', sostiene que "la salvación es posible al margen de cualquier Iglesia, si cada uno sigue la gracia de Dios y la conciencia moral". Por su parte, la Congregación para la Doctrina de la Fe, presidida por el entonces cardenal Joseph Ratzinger (ahora Benedicto XVI), hizo pedazos el proceso ecuménico iniciado por Juan XXIII, al publicar en el año 2000 la Declaración vaticana Dominus Iesus, firmada por Juan Pablo II, en la que se sostiene, como era doctrina tradicional desde San Cipriano, obispo de Cartago (siglo III), que "fuera de la Iglesia Católica no hay salvación". Idea que fue refutada inmediatamente por casi cien teólogos, los más pertenecientes a la corriente moderna que se intitula "Teología de la Liberación". Para los ultraconservadores cristianos, por el contrario, quien piense que todas las religiones son iguales, cae en el autoengaño y comete el triste pecado del ‘indiferentismo'. En otras palabras, "quien no está conmigo, está contra mí", según el conocido adagio evangélico, que puede respaldar cualquier doctrina integrista, de dominio absoluto, sea civil o religiosa.
Nunca se ha educado a nadie ‘en' la libertad y ‘para' la libertad de pensamiento, que es lo único que debe interesarle a cada persona. Porque siempre se ha confundido ‘religión' con ‘moral', idea defendida, por ejemplo, por un profesor laico de ética, como Aranguren, y rechazada por otro, el rector Unamuno, siempre angustiado por la reflexión religiosa, para quien la "ética (o moral) es una cosa, y religión otra. No es lo mismo ser bueno que hacer el bien" (La agonía del cristianismo). Ser bueno es perfectamente compatible con la falta de fe. Una persona de bien puede ser un agnóstico, un ateo o un indiferente en materia de religión. Incluso un no creyente como el materialista Eugenio Trías puede ser un escritor excelente, que pone en la ética su ‘filosofía del límite', al mismo tiempo que defiende como ideología una especie de ‘materialismo sagrado' (La edad del espíritu, Destino, 1994) . Porque la religión no se puede reducir a una moral, ni al misticismo, ni a la filosofía, ni a la poesía, aunque todo ello forme parte de su entorno. Su estructura básica es una doctrina de ‘salvación', que no puede estar reñida con la ética o moral, con la que se confunde. Como dice José Antonio Marina, "la ética acaba marcando el camino a la religión" (Dictamen sobre Dios, Anagrama, 2002).
La religión moldea a la persona en su infancia, pero después cada una es responsable de su compromiso religioso, sin tener que seguir, a modo de borrego, el cayado del pastor, como canta el salmista: ("Tú guiaste a mi pueblo, cual rebaño,/ por la mano de Moisés y de Aarón". Sal 77, 21). Es lo que suele ocurrir cuando se nace en el seno de una familia piadosa, de una sociedad confesional, circunstancia determinante para el futuro del creyente. Una religión se hereda, como una propiedad, y para constituirse en persona racional y libre es preciso, al llegar a la mayoría de edad, decidir si se acepta o se rechaza, eventualidad que queda abierta hasta la última hora. Pero la reflexión inteligente y crítica con lo recibido ha de enfrentarse a menudo con una tradición agobiante, que empuja con fuerza en una dirección determinada. Esto permite hablar de la religión ‘colectiva', que se asume como un valor familiar y comunitario que hay que preservar y defender ante la influencia proselitista de otras religiones, siempre miradas con recelo. Y quizás con mayor motivo se recela de la ‘conversión' intelectual, de la apostasía de la fe recibida, que puede dañar la ‘comunión' salvadora del grupo, tanto si se da el paso hacia otro sistema doctrinal, como si se termina abrazando el agnosticismo, el ateísmo o el indiferentismo.
Quien haya nacido en el Extremo Oriente, probablemente será budista o sintoísta. Si su patria fuera el Medio Oriente, su dios sería Alá y su gran ilusión sería peregrinar a La Meca. Si hubiera llegado al mundo entre los indígenas de la selva americana o africana, lo más probable es que sus creencias no se apartarían de la religión natural, sin hacer caso de más iglesias ni dioses antropomórficos, y seguirían sacrificando seres humanos a sus dioses invisibles para conseguir su protección, como la más santa de sus costumbres. Pero si el inevitable destino quiso que abriera los ojos en una sociedad confesionalmente católica, así sería su educación y su ‘circunstancia', como diría Ortega. Esta ‘circunstancia' vendría marcada por las ideas de quienes se recibe el amor, la instrucción y la fe religiosa.
Pero también por la geografía, la historia, el arte y el mismo sistema lingüístico en el que se desenvuelve la personalidad. ¿Cómo no tener en cuenta las impresiones recibidas en los viajes, el testimonio de una historia manipulada, de unos tesoros artísticos que con preferencia nos hablan de temas religiosos? En todos los pueblos, por pequeños que sean, un templo siempre domina el caserío. Acá y acullá, en las grandes ciudades catedrales y basílicas, iglesias y conventos, monasterios en los más retirados y bellos rincones naturales. Por todo el mundo, iglesias, mezquitas, sinagogas, pagodas, templos de las más variadas confesiones, las más de las veces lujosos hasta la extenuación. El viajero deduce que la religión -cualquiera- es tan natural como el paisaje. Aunque la palabra ‘religión' evoque espíritus invisibles, materializados en edificios grandiosos, imágenes edulcoradas y liturgias sugestionables, el homo sapiens, autor de todo, sea piedra, color o creencia, todo lo admite como auténticamente verdadero gracias a su poderosa fantasía, que anestesia su potencial raciocinio. La razón seguirá siempre dominada por la imaginación, y ésta por la pereza intelectual. Porque las religiones han ido abandonando, a lo largo de su historia, el carácter ‘sagrado', el misterio simbólico de sus inicios, para convertirse en una institución social más, y su liturgia, para la inmensa mayoría, en ritos mecánicos, sin vida interior ni capacidad de alumbrar en el corazón la febril emoción de la virginidad espiritual, perdida en la trepidante vida moderna.
La historia, escrita casi siempre por los vencedores y por los líderes de masas, no hace sino justificar todas las crueldades en nombre del Dios de la Victoria, sin hablar del Dios de la Misericordia; se magnifican las obras misioneras, siempre admirables en su labor altruista, pero muy equivocadas al predicar dioses tan diferentes. El idioma en que nos entendemos, por su parte, cumple a las mil maravillas el objetivo de seducir las conciencias con el uso constante de los términos religiosos, y sobre todo la palabra Dios, enquistada en lo más profundo de la conciencia lingüística, en modismos y expresiones habituales. El arte, sufragado en todos los siglos por el dinero eclesiástico, ha conseguido sus obras maestras al tratar los temas religiosos. El cristianismo, sobre todo desde el siglo IV, ha sabido emplear sabiamente sus fondos, crecientes desde que supo atraerse a la nobleza y a los acaudalados, en la protección y mecenazgo de los grandes artistas, fuesen arquitectos, escultores, pintores, orfebres o músicos hasta conseguir el patrimonio más impresionante de la humanidad, siempre al servicio de su ‘divina causa', traicionada por su ambición de poder, como ha descrito con múltiples ejemplos el historiador Antonio Castro Zafra (Los círculos del poder. Apparat Vaticano, Editorial Popular, 1987).
Pero no ha conseguido la obediente sumisión de la ciencia, que no admite ‘revelaciones' ni dioses inventados por la neurastenia, la angustia o el miedo. Antes bien, la ha perseguido y anatematizado en tantas ocasiones que J.William Draper pudo publicar un extenso estudio de esa rivalidad histórica, en su Historia de los conflictos entre la religión y la ciencia (1885). Es más, los más eminentes científicos de hoy, por más que les pese, no tienen más remedio que dar la espalda a las incongruentes y absurdas doctrinas religiosas, forjadas por quienes nada sabían de genes, bacterias ni neurociencias. Con claridad meridiana lo ha manifestado hace unos meses en una entrevista periodística el sabio bioquímico español Santiago Grisolía: "El hombre fue quien hizo a Dios", para rematar sobre el sentido último de la vida que "no hay ningún plan. Sólo bacterias". Un resumen insuperable de esa "ilusión trascendente" en que consiste la religión (todas las religiones) se puede encontrar en Ateísmo y religiosidad (Siglo XXI, 1997), de Gonzalo Puente Ojea, gran propulsor del debate religioso desde las más recientes proposiciones de la filosofía y de la ciencia. (Continuará).

