OJOS QUE NO VEN (97)
III
El dios bíblico (1)
Las tres grandes religiones monoteístas se fundamentan en las páginas ‘reveladas' de la Biblia, un conjunto de ‘Libros sagrados', escritos por ‘inspiración divina' casi siempre nocturna, como se ha visto en la Segunda Parte de este libro. Es decir, por imágenes contempladas durante el sueño, o por un enteógeno (sustancia que induce la manifestación de lo divino en la conciencia del usuario, como lo define Fernando Sánchez Dragó -"quien lo probó lo sabe"- añadiendo que es un "fármaco sacramental", prácticamente inocuo) estudiado por Antonio Escohotado en su Historia general de las drogas (Alianza Editorial, 1998). Una de ellas, la burundanga, productora de alucinaciones, es también ladrona de voluntades, bien conocida sobre todo en América hispana, donde se usa, bebida o inhalada, para culminar una violación. Por otra parte, las drogas endógenas son unas sustancias naturales generadas por el cerebro y otros órganos corporales para ayudar a responder a algún estímulo externo, inhibir el dolor y calmar los nervios. Toda clase de sustancias alucinógenas pueden degenerar en esquizofrenia y anulación de la personalidad, que cada vez se aleja más de la realidad material para vivir en su ‘realidad onírica'. "Los enfermos, dice el psiquiatra español Carlos González Juárez, oyen una voz en su cabeza que les da órdenes". Son episodios psicóticos, delirios extravagantes de los que el sujeto está convencido, y que pueden durar toda la vida. Incluso los conocidos como "viajes astrales" pueden hoy ser inducidos en el laboratorio mediante una desconexión momentánea de los circuitos cerebrales.
Insisto una vez más en esta valoración de las imágenes soñadas, porque es una inestimable ayuda para la comprensión de la ‘realidad imaginada' que, según nos dicen los psicólogos y psiquiatras, puede sobreponerse en un individuo a los requerimientos de la razón. Más recientemente, las neurociencias nos han ayudado a descubrir el poder de nuestra imaginación y las relaciones, casi siempre conflictivas, entre nuestra razón y nuestras emociones, ambas en el cerebro, que no es más que "un conglomerado de neuronas", según Eduardo Punset, quien añade que "casi todos los seres humanos compartimos unas creencias concretas, pero cuando ascendemos en la categoría de las ideas abstractas en la jerarquía del córtex, las creencias difieren. Cada religión, por ejemplo, tiene un conjunto diferente de creencias distintas, y no todas pueden ser correctas" (El alma está en el cerebro, Aguilar, 2006). Todos los ‘libros sagrados' que se escribieron al dictado de una ‘revelación divina' son producto de una imaginación desenfrenada, por escribas que creían en la veracidad de sus visiones y que, quizás con buena fe, quisieron transmitir a sus coetáneos, que los proclamaron ‘profetas' o pregoneros de los deseos de la divinidad. No los descalificaré como fraudulentos, pero sí como visionarios y emocionalmente desequilibrados. En especial los autores bíblicos.
Escrita a lo largo de más de diez siglos (VIII a.C.-II d.C.), traducida, copiada y recopiada en los monasterios medievales, la Biblia fue el primer libro impreso en Europa, el más demandado y del que más ediciones se han hecho en las diversas lenguas y dialectos. Resulta impresionante la visita a bibliotecas especializadas, como la Vaticana de Roma o la Augusta de Wolffenbüttel, donde se conservan espléndidas colecciones bíblicas de todo tiempo y lugar. Con sus miles de comentaristas que, desde el prejuicio de la fe, han intentado salvaguardar para la posteridad el estimado como "depósito de la revelación divina". Revelación que dan por cierta, magnificando el mensaje de virtud, amor y esperanza, pero ocultando las múltiples ocasiones en que el mensaje se transforma en moral depravada de los héroes bíblicos o, peor aún, del propio Yahvéh. Es lo que ocurre, por ejemplo, en la más conocida publicación de hermenéutica bendecida por la Iglesia Católica, excelente, por otra parte, como introducción histórica a la transmisión secular del texto sagrado (Julio Trebolle Barrera, La Biblia judía y la Biblia cristiana, Trotta, 1993).
Los tres pilares sobre los que se asienta el fenómeno religioso son la autoridad, la tradición y la experiencia. Ignorando este último, ya que forma parte de la intimidad personal, una mente verdaderamente libre no puede conformarse con lo que predique una autoridad que se ha constituido a sí misma, al margen de toda racionalidad. La aceptación de un texto pretendidamente ‘revelado' (como los dos ‘Testamentos', el Antiguo y el Nuevo en la religión cristiana) ha de fundamentarse en un juicio crítico de valor, no en piadosas creencias ni en exégesis interesadas de los propios comunicadores de una fe excluyente, siempre impuesta y nunca sujeta al debate de la razón. (Un paréntesis para aclarar que la palabra ‘Testamento' fue una mala traducción, primero de los griegos, que tradujeron la palabra hebrea berit, que significa ‘alianza', por diathéke, ‘disposición testamentaria', traducida más tarde al latín por ‘testamentum', que es el término que aparece en la versión Vulgata , oficial de la Iglesia Católica desde el Concilio de Trento, en 1546).
En su citado libro, el profesor Trebolle incluye un capítulo dedicado a la hermenéutica y a la crítica textual, en el que claramente expone que "los profetas se inspiraban en tradiciones antiguas para interpretar los acontecimientos de su época" y que "sus discípulos no hicieron más que continuar este proceso interpretativo, creando y recreando el texto". Al encontrar nuevos significados del texto sagrado, "la interpretación de la Biblia se convirtió en verdadera revelación, a través del trabajo exegético". He aquí un nuevo significado del verbo ‘revelar' que excluye la ‘visión' de la que nos venían hablando todos los profetas. Es, sin duda, una mera ‘interpretación moderna' de los teólogos para sacudirse el yugo de la letra, por muy profética que sea. Es más, justifica con la mayor naturalidad las modificaciones, que expone con múltiples ejemplos, de las Sagradas Escrituras, ya que "durante la época persa, e incluso en una época posterior, la Escritura estuvo abierta a toda clase de interpolaciones y reelaboraciones". Nadie, pues, debe escandalizarse ni rechazar como impías las acusaciones de falsificación de los originales bíblicos, como ocurre, por otra parte, con toda la literatura antigua.
Dada la vulnerabilidad de sus argumentos y la pudorosa resistencia de los creyentes ante las barbaridades e inmoralidades contenidas en el Antiguo Testamento, la Iglesia Católica no ha tenido más remedio, a fin de acallar comentarios peligrosos, que declarar como dogma de fe la ‘revelación divina' de la Biblia. Así lo establece la constitución dogmática Dei Verbum, del Concilio Vaticano II, donde se puede leer que "la Santa Madre Iglesia, según fe apostólica, tiene por santos y canónicos los libros enteros del Antiguo y Nuevo Testamento con todas sus partes, porque, escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios como autor". Los escribas elegidos por Dios se vieron limitados y determinados en su redacción, porque escribieron "todo y solo lo que Él quería". Así, pues, concluye el texto: "hay que confesar que los libros de la Escritura enseñan firmemente, con fidelidad y sin error, la verdad que Dios quiso consignar en las Sagradas Letras para nuestra salvación". Al leer estas palabras, me pregunto sobre la salud mental de sus redactores: ¿Es una ‘ceguera voluntaria' o un cinismo condenable sin paliativos?
Con todo respeto para los sesudos varones que intervinieron en la discusión y redacción de esta constitución dogmática, he de poner de manifiesto, haciendo uso solamente de mi pobre raciocinio y juicio crítico mi rechazo más absoluto, primero, a que ningún ser humano pueda imponer a otro dogma alguno de verdad supuestamente ‘revelada', y segundo, a tamaña sarta de incongruencias, expuestas sin soporte racional. El primer y único pasaje de la Biblia en que se afirma la inspiración divina -ajena a la profética- salió de la pluma de Pablo de Tarso, en una de sus cartas (2 Tim.3:16-17), ya avanzado el siglo II de nuestra Era. Tesis que han aprovechado hasta el máximo los teólogos de todos los tiempos y que fue recogida formalmente por el Papa León XIII, declarando que la Biblia era, no sólo un venero de verdades históricas, sino de enseñanza moral conducente a la salvación (Encíclica Providentissimus Deus, 1893). Y más recientemente, se ha escrito que "El Antiguo Testamento es una parte de la Sagrada Escritura de la que no se puede prescindir. Sus libros son libros divinamente inspirados y conservan un valor permanente, porque la Antigua Alianza no ha sido revocada" (Catecismo de la Iglesia católica, 1992, 121). Con estas palabras, tan esclarecedoras, nadie debe llamarse a engaño: La Biblia completa, con sus enormes atrocidades inhumanas, que no se pueden ocultar a ningún lector, es aceptada como ‘palabra de Dios' íntegramente, en todas sus páginas. No hay mayor incongruencia en los dogmas religiosos. Yahvéh, el sangriento dios bíblico, es el Dios de los judíos, pero también de los cristianos. No merece ni el reconocimiento, ni la adoración de unos ni de otros. (Continuará).

